PARRESHÍA

La política de pulgones

La política de pulgones

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El problema no es exclusivamente de Morena, el fenómeno es generacional.

La última vez que me encontré inmerso en un circuito partidario -una vez mas de lamentar- fue muy doloroso por una entrañable amistad dilapidada en nada.

De repente, en un esfuerzo apartidista de dos años, de largo aliento y perspectiva, tras innúmeros, diplomáticos y amigables intentos de retirarme en paz, me descubrí rodeado en una mesa ajena a aquel proyecto plural y político, así como de sus miembros, poblada ya para entonces de burócratas partidarios de poca monta y extraños a la agenda y propósito de nuestro verdadero cometido político. Aquello era lo de menos, me encontraba inmerso en Montessori en abierta guerra intestina por sobresalir al costo que fuese en una pírrica carrera a candidaturas a lo que fuera, guerra en la que no estaba interesado y menos dispuesto a jugar en esa mesa o en ninguna otra.

Se me pedía entonces simular una consulta nacional para el colectivo verdaderamente político ya para entonces marginado, en un ejercicio pérfido de miseria publicitaria de lo que hoy se pretende, sin gran éxito, sea la participación política ciudadana. En su afán protagónico y miserable, la voracidad partidaria de los entonces allí sentados me confirmó en unas cuantas horas que me abismaba a una locura de alfiles.

Amistad de por medio me despedí.

Ayer que publiqué “La ausencia de piso histórico de Sheinbaum”, me asaltó la escena pantagruélica de aquel desayuno. Un partido convertido en parque de conservación de especies políticas en extinción, en guerra fraticida de protagonismos y avaricias destinados a desaparecer fulgurando efímeramente. Podrán durar como el pulgón, pero su extinción es como el diluvio, necesaria.

El individualismo del que hablábamos ayer, sin sentido político ni solidaridad, hecho vida partidaria y blasón de político de grima, aderezado, además, de una publicidad estúpida que solo genera estupidez.

Pero no nos equivoquemos, el problema no es exclusivamente de Morena, el fenómeno es generacional y tal será su fin.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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