La nueva caída del sistema
Hilaria corría tarde para preparar la comida, el cabo Juanetes había estado más que convulso aquella mañana, de suerte que era difícil saber si lo despeinado de su cabellera, lo desfajado de su camisa, la falda a medio abrochar y el aliento en un hilo correspondían a sus prisas o a sus retozones.
Ya con el portón a la vista el alma se le vino al suelo, la camioneta artillada del general Descrescencio cruzaba el umbral. Para cuando Hilaria llegó todo era torbellino, Adriel, el pavo real, operaba varios teléfonos a la vez, Acacio le pedía llamadas, reclamaba nombres y mentaba madres; Adriel marcaba un celular, hablaba por otro y en uno más decía “un momento, por favor”.
-Comunícame con Nahle, qué paso con Manuel, márcale a Inverso, que venga el Fisgón, dónde está Chilpachole, qué paso con Ariadna…
Descrescencio empezó a marcar celulares. Entre los dos no se daban a basto.
-Que vuelen a Candy acá ahorita mismo, a-ho-ri-ta, me entienden, gritó Acacio.
Cuando vio llegar a Hilaria le urgió unas memelas bien picosas para todos, sus delirios lo primero que despertaban era hambre.
Desde la cocina aquella seguía de oídas el aquelarre, Acacio daba órdenes por el auricular: “Hay que aprovechar la salida de la gorda”; calmaba ánimos: “No, más que un tropiezo es una gran oportunidad”; urgía llamadas: “Qué pasa con Manuel, ¡por un carajo!”.
-No me importa lo que haya ordenado Espástica, atajó a Inverso Ramírez con violencia, arma el proyecto y pídele lana a Esquer, que se va a necesitar y harta.
De repente el timbre del teléfono rojo impuso silencio, solo los pájaros y grillos siguieron su conversación. Por él ya solo una persona marcaba.
-¡Espástica!, qué gusto, a qué debo el placer.
Tras un breve silencio continuó con enfado.
-A la pendeja debiste de controlarla, te dije que le gustaba la lana y le cuidaras las manos y las enaguas, pero no te preocupes, sus sinvergüenzadas nos caen como anillo al dedo, solamente que no lo alcanzas a ver.
Nuevamente silencio. Hilaria, chismosa profesional, se unió al silencio en el pórtico de la casa; junto con Adriel y Descrescencio seguía las escenas de Acacio, escuchando, meciéndose el cabello y aventando todo lo que estaba a su alcance: lápices, papeles, celulares, memelas.
-Mira Espática, esto no es de tu liga, así que calla y escucha, ya estoy buscando a Manuel que anda en España para hacer con el INE y la Tlalluda una nueva versión de la caída del sistema, déjalo en nuestras manos y por favor: ¡ya no hagas pendejadas! Colgó con enfado.
En eso entró otra llamada, Adriel contestó y con prisa pasó el celular a Acacio:
-Es Bartlett, señor.
Todos los personajes de esta serie son ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia
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