PARRESHÍA

Los desaforados del 18

Los desaforados del 18

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Las elecciones las gana quien menos errores comete.

Las elecciones, dijo Woldenberg a los micrófonos de Alternación101, son momentos en que las sociedades y sus actores políticos desentrañan sus circunstancias; deliberan, valoran y deciden sobre sus soluciones, y construyen los acuerdos necesarios para llevarlas a buen puerto.

Así debieran ser: un ejercicio pleno de ciudadanía. No lo son. Al menos no en México.

Pareciera que el mundo fenecerá el próximo primero de julio y que los contendientes no tendrán que tratarse nunca más.

La verdad es muy otra, todos compartirán el poder en diferentes posiciones que funcionalmente deberán articular en gobierno. Para el ciudadano, gobierno es tanto el policía de la esquina, el recolector de basura, el prestador público de servicios de salud, como los diputados, gobernadores y Presidente.

Por ello sorprende el cariz de todo o nada que va tomando esta contienda.

Puedo entender el tenor y tono de Ricardo Anaya por su inmadurez, voracidad e inexperiencia, aunque no lo justifiquen.

Pero no del titular del Ejecutivo federal, legal y políticamente responsable de que las elecciones no se salgan de cauce.

Ya en otra ocasión he hablado de que el juego se llama entregar el poder completo, no mendrugos de país.

Observo en el ánimo gubernamental un elemento disrruptor de naturaleza emocional y preocupante.

En política se vale descarrilar al adversario. Quienes aspiran al poder, señalando y sobredimensionando los errores del gobierno; quienes lo ejercitan, enunciando deficiencias e inconsistencias de sus contrarios.

Pero todo ello se inscribe y circunscribe a estrategias y tácticas racionales, frías y objetivas para ganar la justa a los contrarios, no destruirlos calcinando en ello al País. Se trata, a fin de cuentas, de definir gobierno y representación; que nada significan si no queda qué gobernar ni a quién representar.

Pues bien, en el lance contra Anaya se vislumbra una estrategia racional para ligar los moches que obtuvo como diputado con los 54 millones lavados por Barreiro, de comprobarse ambos supuestos.

Ello implica información fidedigna, acreditable y disponible, además de una ejecución prístina, eficaz y contundente.

Lo que se va perfilando, sin embargo, hace pensar que más que información y ruta crítica para lograrlo, se cuenta únicamente con un manejo de medios.

De haber habido estrategia, quien ordenó la difusión del video del vestíbulo de la PGR la hizo chicharrón.

Quien maneja los tiempos le dio oportunidad a Anaya de reaccionar y maniobrar hasta pertrecharse a la defensiva. La contienda ya no es entre Anaya y Meade, sino de aquél contra Peña a sangre y fuego.

Flaco favor le han hecho a Meade marginándolo del escenario electoral al servirle en charola de plata a Anaya el circo mediático contra el Presidente.

Y quien debiera acreditar sin sombra de duda la probable responsabilidad penal, nos queda mucho a deber.

Crece la duda sobre la verdad de lo afirmado y la capacidad para probarlo y, peor aún, operarlo.

Más molestan y enfadan la ineptitud e inepcia, que el lodazal.

Todo ello permite suponer que en este lamentable asunto ha privado más el enojo que la razón.

Se dice que Anaya traicionó a Peña, entre una larga lista de traiciones y traicionados, y es por ello que Peña Nieto pudiera conducir la embestida con más enajenación que estrategia.

Las elecciones las gana quien menos errores comete.

Regresando al inicio del texto, en lugar de aprovechar la oportunidad para construir una casa común en ejercicio de una ciudadanía libre y activa, jugamos de espectadores en un circo romano de una pelea a muerte entre gladiadores desaforados.

#LFMOpinión
#Elecciones
#Enajenación
#PeñaNieto
#RicardoAnaya

Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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