PARRESHÍA

Oscurantismo

Oscurantismo

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Pensamiento mágico religioso.

El oscurantismo nunca muere; cual el herpes florece una y otra vez a la menor provocación; con él sus atavismos, dogmas, tinieblas y consecuencias. “No solo la razón de milenios, sino también su demencia eclosiona en nosotros. Es peligroso ser heredero.” (Nietzsche)

Los humanos necesitamos despertar del pasado aquello que el presente necesita y hemos olvidado; no lo que no requerimos, nos daña, y nos es atávico.

A mediados de los noventas, la revista Etcétera, bajo la dirección de Trejo Delarbre, publicó un conjunto de artículos sobre la brujería y superchería en México. Sorprendía la variedad de especies y el número de seguidores. Los artículos movieron a José Woldenberg a escribir un texto sobre las tinieblas y la ilustración de lo mejor que he leído.

En recientes días Woldenberg volvió sobre el tema, ahora preocupado por los brotes de oscurantismo ante la actual incertidumbre nacional.

El oscurantismo se nutre, dice, de “la fragilidad de la vida, la incertidumbre ante el futuro, las catástrofes naturales ‘inexplicables’, en fin, las múltiples interrogantes que genera la existencia”. Y fragilidad e incertidumbre son el cuadro que enfrenta hoy la humanidad ante el coronavirus y el derrumbe económico global, así como el miedo que se esconde tras el valemadrismo y epidemia de memes entre los mexicanos. Entre unos y otros, las tinieblas se cuelan como la humedad.

De allí que, señale Woldenberg: el “desprecio a los códigos de la ilustración y el fomento a recetas de pensamiento asentadas en la sociedad y contrarias a la argumentación racional” amenazan sin reparos y con arrogancia.

Hace días recordábamos a Agamenón sacrificando a su hija para calmar las aguas del océano; de igual forma, de las pestes se culpó primero a los dioses paganos, luego a los judíos; al final, cuando las culpas no remitían el flagelo, se dijo que era un castigo divino por los pecados y falta de fe del pueblo infectado. Ante la peste negra el oscurantismo medieval recetó la auto flagelación que, al abrir en llagas la espalda del flagelado, multiplicó exponencialmente las muertes, en vez de detenerlas. Pues bien, señala Wodenberg: “ante el intento de dilucidarlas (las interrogantes de la existencia) por medio de la razón, siempre ha existido la tentación de ‘resolverlas’ a través de ‘verdades reveladas’ que, por su naturaleza propia no se pueden controvertir.”

Spinoza, que sufrió en carne propia la expulsión, maldición y execración religiosa, inauguró la exégesis moderna para por ella interpretar racionalmente las escrituras y diferenció la filosofía de la teología: la primera busca la verdad, la segunda la obediencia y el fervor; la primera se funda en la libertad de pensar, la segunda está al servicio de la fe. “Una y otra tienen sus mundos propios: la razón, el de la verdad y la sabiduría; la teología, el del fervor creyente y la sumisión.”

Lo mismo pasa entre la medicina y fe; una atiende salud, la otra las creencias. Así como la frontera entre la teología y la superchería es muy delgada; también lo es entre la ciencia dura y el pensamiento mágico religioso.

La moralina, sostiene Nietzsche, se suele llenar de “heraldos de la trivialidad moral y del filisteísmo”, pero por igual de tentaciones se sumisión y control religioso.

Las verdades reveladas forman parte de la libertad de creencia, pero no del quehacer público, más cuando de por medio va la vida de decenas de miles de personas.

Coronavirus y “detente” y “tréboles son mundos distintos y se procesan aparte. La especie de que el coronavirus solo afecta a los ricos y no a “pobres”, es una expresión que ofende por ignorante e ideologizada en el peor de los momentos para querer hacer del drama humano bandera política.

Si la distancia entre la medicina y la superchería no existiera, las licitaciones consolidadas no serían de medicamentos, sino de escapularios y, ante la escasez de medicinas de principio de año, hubiera bastado con “detentes” en la entrada de los hospitales públicos.

Nada mas peligroso para una sociedad en crisis y con miedo que entregarse a fetiches, dogmas de fe o consejas populares. No se trata de que los creyentes no recen a sus divinidades en busca de auxilio y serenidad; pero sí que las autoridades encargadas de garantizar la salud actúen como eso, autoridades sanitarias y políticas.

Para tranquilidad de Wodenberg, le pasó desapercibido el discurso en Guelatao el 21 de marzo pasado y las referencias espiritistas de Madero, por las que: “¡recibía mensajes de Benito Juárez!” desde el más allá.

La fe mueve montañas, se dice, pero el coronavirus no es una montaña, es un virus que se combate con medidas sanitarias y tratamiento médico, y que cada quien en su vida personal los salpimiente con sus particulares creencias y descreencias.

Dice Woldenberg que probablemente el presidente hizo uso la muletilla superchera para mandar un mensaje de tranquilidad. Cada quien su mensaje, por lo pronto, el maldito inconsciente trae a mi memoria el Churchill: “Nada puedo ofrecer aparte de sangre, sudor y lágrimas”, que no tranquilizó a nadie, pero preparó a su pueblo para lo que se le venía encima.

Por otro lado, sin deméritos de nuestros connacionales que creen en estampitas y tréboles de la suerte, ¿qué pensaran del mensaje presidencial los sectores ilustrados de la nación, que son numeroso gracias a los esfuerzos educativos de mas un siglo; qué los médicos, biólogos, químicos y enfermeras en el frente de la batalla jugándose la vida a cada instante y reclaman, no estampitas, sino equipo y material médico; qué quienes no comparten sus creencias ni le apuestan a la suerte; qué quienes se debaten y debatirán entre la vida y la muerte en estos aciagos días; que la organización Mundial de la Salud?

El presidente lo sabe bien, es un hombre inteligente. Cuando le falló su sistema cardiovascular acudió a un hospital, no a un chaman; se dice que un equipo de médicos extranjeros cuida de su salud permanentemente. Él mismo ha declarado que toma un coctel de medicamentos todos los días. Su hijo menor ha sido atendido recientemente en hospitales y el hijo del mayor (su nieto) nació en nosocomio extranjero. Jamás antes había mencionado los detentes y tréboles, de otra suerte los hubiera utilizado a su favor en 2006 y 2012. Y, de hecho, desde hace varias semanas acompaña sus intervenciones con epidemiólogos expertos y reconocidos, no de místicos ni tahúres. Pero aún así, los momentos de gran incertidumbre y pánico son propicios para el resurgimiento del oscurantismo, atajémoslo en todas sus expresiones, antes de que empecemos a sacrificar hijos o que Barbosa y Toledo inciten a Progroms.





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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