PARRESHÍA

Un nuevo comienzo

Un nuevo comienzo

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Abismo de luz.

“De cien formas probaron y erraron hasta ahora tanto el espíritu como la virtud. Es más, el propio hombre fue un ensayo. ¡Ay, cuánta ignorancia y cuánto error se han hecho carne en nosotros!” Nietzsche

La tercera transformación fue en niño, en “inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego”.

No, no hablo de las transformaciones de nuestra efímera estirpe política (diría Sileno); hablo de las transformaciones hacia la libertad en Zaratrusta. La primera fue en camello, el animal que se inclina en veneración para cargar voluntariamente un gran fardo y enorgullecerse de ello. El hombre camello desprecia la ingravidez de la vida cotidiana, busca tareas que pongan a prueba su fortaleza ante mandatos arduos y rigurosos; sostiene Eugen Fink: “se somete sumiso y voluntarioso al mandamiento de ‘tú debes’.”

La segunda transformación fue en león, que se desprende de los pesos, combate los valores de la sumisión y, con ello, el hombre león obtiene la libertad. Pero ésa es solo una “libertad de”, no “libertad para”. Una libertad que niega lo anterior, pero no crea nada nuevo. Si me permiten el parangón provinciano, es algo así como “sacar al PRI de Los Pinos” sin “¿y luego?” Es un león que opone al “tú debes” el “yo quiero”, sin saber a ciencia cierta cuál es el objeto de su querer. Solo quiere querer. Hay en ese querer más crispación, rechazo, enojo, frustración, que proyecto.

No tiene el león, dice Nietzsche, la soltura del creador. De allí la tercera transformación, en niño: “El niño es inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego”. Juego entendido como libertad y riesgo.

Por su inocencia y soltura el niño se sorprende de todo, está dispuesto a conocer y experimentar, carece de miedos que lo inhiban; es esencialmente libre. Hay ya aquí un querer de futuro, un querer a lo posible, a lo abierto. Un querer (poder) para prodigarse en una vida cada vez más rica y plena, una vida desbordante que se trasciende, buscándose y acrecentándose, a sí misma. Una vida creadora en una existencia que juega libremente. “Hay mil senderos que aún no han sido recorridos, mil formas de salud y mil islas ocultas a la vida. El hombre y la tierra del hombre siguen sin haber sido agotados ni descubiertos.”

Pero el juego es un juego trágico: “solo donde hay tumbas hay resurrecciones.”

“La totalidad de nuestro mundo es la ceniza de innumerables seres vivientes: y aunque lo viviente sea tan poco en comparación con el conjunto, todo ya ha sido alguna vez transformado en vida, y así continuará siendo.”

“Lo viviente es solo una especie de lo muerto.”

“El arte griego nos ha enseñado que no hay verdaderamente superficie bella sin una profundidad horrible.” La tensión entre Apolo y Dioniso, es la que media entre la apariencia y el sufrimiento; entre la representación y su sensación de seguridad, y el choque de realidad y lo que en ella hay de oculto, de descontrolado, de desmiento de las cataplasmas tranquilizadoras de la apariencia, de caótico.

Crear es siempre superar lo finito. Quien crea siempre viaja entre el auge y el ocaso. No puede haber, como lo piensa el capitalismo y la modernidad consumista, un crecimiento continuo e ilimitado hasta lo imprevisible. Y es así como llega la “hora más silenciosa”: Zaratustra se retira a su caverna, se dirige a la soledad última y suprema, donde enfrentará la última transformación, sí, la Cuarta Transformación.

No puede resultar más paradójico para nosotros y nuestro tiempo esta Cuarta Transformación, porque en ella Zaratustra no habla para todos, ni para unos cuantos; solo habla para sí, habla consigo mismo. Y para hablar consigo mismo hay que guardar silencio. Recurso deficitario en el poder nacional en estos tiempos.

Pero no perdamos nuestro tiempo en trivialidades distractoras. En el espejismo de un ascenso ilimitado, se pregunta Zaratustra, “¿de dónde vienen las montañas más altas?” Vienen del mar, se contesta: “este testimonio está inscrito en sus rocas y en las paredes de sus cumbres. Lo supremo tiene que alcanzar su altura viniendo de lo más profundo.” Y mientras eso piensa, el fardo que aún carga a sus espaldas, le dice al oído: “Te lanzaste a ti mismo tan alto. Pero toda piedra arrojada… tiene que caer.”

Y sí, todos los proyectos del hombre tienen que acabar hundiéndose de nuevo, no es posible el ascenso infinito, pues lo finito, la vida, lo impide. Ante ello toda grandeza empequeñece; no la de Zaratrustra, quien reconcilia libertad con destino y necesidad en el instante: lo que vaya a ser descansa en este instante. El tiempo es lo fijado y, a la vez, lo abierto; lo decidido y lo por decidir; el pasado es la mano invisible del futuro y el futuro palpita en el pasado, todo ello en el instante del hoy y el aquí. Esta Cuarta Transformación, si se me permite el atrevimiento, es conciencia en el devenir.

Nada es para siempre. “Todo muere, todo vuelve a florecer, eternamente transcurre (…) Todo se rompe, todo se recompone; eternamente se construye la misma casa del ser. Todo se separa, todo vuelve a saludarse; eternamente permanece fiel a sí mismo el anillo del ser. En todo momento comienza el ser”; el devenir es un niño jugando un nuevo comienzo.

Todo caduca, y los nuestros son tiempos del ocaso de los dioses de la modernidad y su modelo económico, del consumismo y la precarización. Frente a nosotros se abre un “abismo de luz”, cuyo vértigo deslumbra y aterra, aún más que el mundo de tinieblas, apariencias e injusticias del que salimos... ¡confinados!

Todo caduca, para que todo renazca.

Solo una cosa es hoy cierta: ya nada será lo que fue. Quien crea que al terminar estas pandemias sanitaria y económica el río retornara al cauce conocido, yerra terriblemente. En lugar de abrirse, experimentar y pensar; se encierra en certezas fallecidas. La mediocridad para Nietzsche se reduce a la disminución de las referencias del mundo, en instalarse en lo cercano y conocido, en un pasado sin apetito de futuro, en la complacencia, en el miedo, en la “virtud empequeñecedora”, de “almas sahumadas, caldeadas, consumidas, marchitas, amargadas”, en la “moral del esclavo”.

La tierra de diciembre pasado ya no es ni volverá a ser.

“Abismo de luz”, escribe Nietzsche. “Abismo que se abre”, es el significado etimológico de caos, océano de posibilidades.

Solo nos queda ser como niños, jugar un nuevo comienzo en el juego del devenir.

Restituirle a la vida su carácter de desapego es abrirla a la osadía, donde la libertad humana recupere espacios. Las transformaciones en Zaratustra, dijimos, eran en pos de la libertad; libertad que, para que sea verdaderamente creativa, debe ser independiente, impredecible, individual, libre. Esperemos que así sea y que este nuevo mundo, no sea de masas, totalitarismos, sometimiento camellar, oscurantismo.

Al final de sus transformaciones, hay que decirlo, Zaratustra parte a lo desconocido. Hacia allá nos dirigimos.

Quizás sí exista en México hoy una Cuarta Transformación, pero en nosotros y estemos en el tránsito de camello, león, niño y devenir.





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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