PARRESHÍA

Aislamiento y poder

Aislamiento y poder

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El poder no se atesora, se usa.

Hubo una vez hombres que hablaban y actuaban en comunidad: vida compartida en deliberación y acción. Hombres que forjaban acuerdos discursando la disparidad de sus pareceres y los cincelaban en realidad. Los diversos agrupados en proyectos y beneficios. Política, pues.

“Compartir palabras y hechos”, decía Aristóteles. Memoria, dijo Pericles.

Hombres que actuaban inaugurando comienzos, dando luz a nuevos mundos. Agentes de movimiento, no simples engranajes. Decisión y voluntad hechas acto. Libertad hecha acción. Vida.

Actuar proviene del griego archien: comenzar, conducir, gobernar; poner algo en movimiento.

“Para que hubiera un comienzo, fue creado el hombre, antes del cual no había nadie”, dijo San Agustín. No había nadie… tampoco tiempo; porque el hombre no fue creado en el tiempo, sino con el tiempo. Antes de él no había tiempo ni comienzos, porque no había agente ni libertad que actuaran para dar comienzo a lo que se conoce como mundo. Porque el mundo es un artificio humano, en tanto que el planeta es obra sideral. Sin palabra y sin acción humanas la tierra sería un montón de cosas sin relación ni nombre; los asuntos humanos serían hojas al viento, olvido. Es la esfera humana el espacio donde los hombres pueden aparecer, deliberar y actuar. Pero es siempre un espacio plural. Cualquier intento por suprimir la pluralidad “equivale a la abolición de la propia esfera pública.” (Arendt) Discurso y acción solo son posibles en la esfera pública, de ahí su naturaleza acentuadamente política.

Ahora bien, toda organización social genera poder: “el poder surge entre los hombres cuando actúan juntos y desaparece en el momento en que se dispersan (…) El único factor material indispensable para la generación de poder es el vivir unido del pueblo. Solo donde los hombres viven tan unidos que las potencialidades de la acción están siempre presentes, el poder puede permanecer con ellos.” Por ende, toda pérdida de poder socava a la comunidad y delata su desgarramiento. En consonancia, todo debilitamiento de los lazos comunitarios y políticos merman al poder.

Pero, el poder no es como el dinero: no se almacena, no se atesora, no se difiere para mañana: “solo existe en su realidad” actuante. Lo comentamos hace unas semanas: poder que no se usa hoy ya jamás se usó. (Patear el bote) “Donde el poder carece de realidad, se aleja, sostiene Arendt, (…) El poder solo es realidad donde palabra y acto no se han separado, donde las palabras no están vacías y los hechos no son brutales, donde las palabras no se emplean para velar intenciones sino para descubrir realidades, y los actos no se usan para violar y destruir sino para establecer relaciones y crear realidades.”

El verdadero poder y la auténtica autoridad no son hijos del aislamiento ni la polarización


Quien se aísla segregando, polarizando, estigmatizando, pierde poder, camina a la impotencia, “por muy grande que sea su fuerza y muy válidas sus razones”.

No nos confundamos, la división del poder genera equilibrios y contrapesos en una dinámica de acción reciproca propia de la pluralidad que redunda en fortalecimiento del propio poder; mientras que la división de la sociedad debilita, destruye y mata al cuerpo social. La historia lo muestra hasta el cansancio. La primera divide funciones, la segunda esencia.

Paradójico, fue Montesquieu, teórico de la división del poder, quien mejor analizó la división social en la figura del tirano. Toda tiranía, sostiene, se aísla: aísla el soberano de su súbdito, lo encierra en un mundo raro; y aísla a los súbditos del soberano y entre ellos mismos por temor y desconfianza. Para Montesquieu, la tiranía es la deformación de gobierno que atenta contra la pluralidad y el poder, niega la naturaleza política humana de discursar y actuar en consonancia, y en ello lleva por penitencia terminar impotente. Pero la impotencia de la tiranía permea a la esfera pública en su totalidad y por ello cosecha su propia destrucción. El poder debe concitar no repudiar; el discurso y la acción deben tejer comunidad, no división. Nadie en el quehacer político es prescindible, pero tampoco imprescindible. No existe poder, por más fuerte que sea, que sea indemne, incluso, al menor de los poderes de la pieza más débil del eslabón.

El verdadero poder y la auténtica autoridad no son hijos del aislamiento ni la polarización.

Finalmente, empecé recordando aquellos tiempos cuando los hombres deliberaban y actuaban juntos porque hoy, al decir de Byung-Chul Han, el hombre teclea en lugar de actuar: “el homo digitalis, no actúa.” Los aparatos digitales, además, sostiene, llegan con una nueva coacción y esclavitud: “Nos explotan de manera más eficiente por cuanto, en virtud de su movilidad, transforman todo lugar en un puesto de trabajo y todo tiempo en un tiempo de trabajo (…) el aparato digital hace móvil el trabajo mismo (…) Ya no podemos escapar del trabajo.” Pero también invaden nuestro ocio, nuestras conversaciones y formas de convivencia. Dice Byung-Chul: digital viene de dígito, dedo, y con los dedos se cuenta. Hoy contamos seguidores, reenvíos, amigos, likes; no narramos historias, no deliberamos vivencias, no creamos juntos futuros, no actuamos. Todo se agota en un teclazo.

Los populismos son expresión de la ausencia de deliberación y acción, y avanzan mientras nosotros contamos seguidores, likes y retwitts.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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