PARRESHÍA

Miserias

Miserias

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Nobleza.

Quién pudiera llamarse más a ofensa que Priamo, Rey de Troya, con sus murallas sitiadas por diez años, la gran mayoría de su población y aliados muertos y Héctor, domador de caballos, el mejor de sus hijos, héroe epónimo, asesinado por Aquiles.

Llegado el momento, Zeus desplegó las balanzas y las parcas inclinaron el peso en contra de Héctor; Apolo lo abandonó a su suerte y Atenea, tomando la figura de Deífobo, hermano de Héctor, lo engañó para llevarlo ante Aquiles. Previo al combate, Héctor le prometió a aquél que en caso de quitarle la vida entregaría su cadáver a los aqueos para las debidas exequias. “Haz tú también lo mismo”, lo exhortó. “¡Héctor! ¡No hables, maldito, de pactos!, le contestó fuera de sí. Igual que no hay juramentos leales entre hombres y leones (…) tampoco es posible que tú y yo seamos amigos, ni habrá juramentos entre ambos.” Héctor, entonces, se prometió: “¡Que al menos no perezca sin esfuerzo y sin gloria, sino tras una proeza cuya fama llegue a los hombres futuros!”

Héctor cayó cercenado por la tráquea mientras Aquiles gritaba: “De ti tirarán y humillarán los perros y las aves, tan cierto es eso como que no hay quien libre tu cabeza de los perros, ni aunque el rescate diez veces o veinte veces me lo traigan y lo pesen aquí y además prometan otro tanto y ni siquiera aunque mandara tu peso en oro Priamo Dardánida.”

Luego le quitó de los hombros las armas ensangrentadas y acudieron corriendo los aqueos a deshonrar al caído: “nadie hubo que se presentará y no lo hiriera.”

Aquiles “le taladró por detrás los tendones de ambos pies desde el tobillo al talón, enhebró correas de bovina piel que ató a la caja del carro y dejó que la cabeza arrastrará (…) gran polvareda se levantó del cadáver arrastrado.”

Durante doce días arrastró al amanecer el cadáver del troyano alrededor del montículo mortuorio de Patroclo, primo de Aquiles muerto la víspera por Héctor. Los dioses se apiadaron de sus restos evitando su putrefacción.

Fue entonces que Priamo, escoltado por Hermes, acudió de noche hasta el campamento griego y sólo ingresó a la tienda de Aquiles a quien estrechó las rodillas y besó las manos. ¡Piedad! pidió entre lágrimas: yo que “he osado hacer lo que ningún terrestre mortal hasta ahora: acercar a mi boca la mano del asesino de mi hijo.”

He ahí la grandeza y hazañas de hombres de talla, ajenas a humores y veleidades.


Aquiles, aquel semidiós que sólo buscaba la gloria; vengativo, despiadado y egocentrista, quedó perplejo e indefenso. Tenía ante sí al enemigo troyano cuya muerte le aseguraría el fin de la guerra y nombradía eterna, ante el que más podría hacer realidad los juramentos de no pacto y dejar a los perros y zopilotes los restos de héroe caído. En vez de eso, sumó sus lágrimas a las del viejo postrado a sus pies. Comprendió por vez primera las congojas del humano, tan ajenas a las cuitas de los dioses. El dolor paterno, dispuesto a lo que fuere para llevar los restos del hijo muerto al último beso de madre.

Entre ambos había ofensas añejas y sangrantes, mediaba una guerra que cruzaba el corazón mismo del Olimpo y ambos perderían la vida antes del último canto de la Ilíada; pero Priamo rogó y Aquiles concedió. Los restos de Héctor fueron llevados por su padre a Troya para sus exequias y en respeto a ellas Aquiles pactó una tregua de doce días, no sin el enojo y reclamo de sus compañeros de armas.

He ahí la grandeza y hazañas de hombres de talla, ajenas a humores y veleidades.

Que en una democracia republicana y federada del siglo XXI haya quien de visita a la casa de su adversario no se digne a saludarlo, es infantil y bochornoso: el mandato de las urnas no está sujeto a berrinches. La bilis no puede negar la pluralidad. La nobleza no admite taxativas.

Es el voto ciudadano quien da y quien quita. El poder es siempre derivado, no es atributo personal. El mandatario no se representa a él mismo, sino al pueblo que democráticamente lo invistió. Y lo mismo vale el voto para presidente de la república que para síndico de ayuntamiento. Ambos tienen las mismas propiedades, derivan del mismo derecho y son atributo del poder inmanente en el ciudadano.

En política la forma es fondo. También pedagogía. Todo sienta precedente, dispara reacciones y hace escuela. Para bien y para mal.

Por eso canta Homero: “Quien sólo da miserias lo hace objeto de toda afrenta, y una cruel aguijada lo va azuzando por la límpida tierra, y vaga sin el aprecio ni de los dioses ni de los mortales.”



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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