PARRESHÍA

Prohibido prohibirme

Prohibido prohibirme

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Estado sin ley.

“Prohibido prohibir”, sostiene el presidente cada vez que se le exige gobernar.

La frase se remonta al 68 parisino, pintada en una vetusta pared de Barrio Latino en alguna manifestación de libertad, vino y sexo. Es llenadora, atractiva y lo suficientemente fuerte para aceptarla sin discusión. Es, diría, revolucionaria. En lo personal me gusta y una de las secciones más leídas de lfmopinion.com, de la autoría de Arturo Martínez Cáceres, así se titula.

La frase surge al despertar de libertades una vez que la economía mundial logra zanjar los efectos devastadores de la Segunda Guerra Mundial y todas sus privaciones.

Pero detengámonos un instante en la expresión. Prohibido prohibir es universalizar lo permisivo. En ella caben homicidio, violación, tráfico de menores, robo, traición a la patria, contaminación ambiental, narcotráfico. Si entran a tu casa y violan a tus hijas, prohibido prohibir. Si tu hijo muere por alcohol adulterado, prohibido prohibir. Si te asaltan en el micro y te desollan por cincuenta pesos, prohibido prohibir.

En México nadie puede ser obligado a usar cubrebocas, pero se cierran comercios y escuelas, los parques públicos están acordonados, se decreta ley seca, se prohiben reuniones de más de diez personas y a los gobernadores se les amenaza con cárcel de no admitir a ciegas el semáforo Gatell. ¿Prohibido prohibir?

A presidentes municipales se les rocía con gas lacrimógeno en las puertas de Palacio y a algunos gobernadores y grupos innúmeros de víctimas se les niega ver al presidente por macular su investidura. ¿Prohibido prohibir?

Vayamos al fondo del asunto. Todo derecho implica una prohibición. El respeto a tu derecho es una prohibición al mío. Para que mi derecho sea, tu prohibición debe de ser. De esta suerte al prohibir prohibir, lo que en realidad se prohibe es la ley.

Partamos de la obligación constitucional protestada ante la representación política nacional el primero de diciembre del 2018: “Protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen”. A eso se concreta el mandato constitucional del presidente, a cumplir y hacer cumplir. ¿Cumplir qué? La Constitución y las leyes. ¿Qué son éstas? Expresiones del deber ser: conductas que deben ser y conductas que no deben ser.

Se considera que matar debe prohibirse, que violentar a la mujer castigarse, que traficar sexualmente con menores es un crimen. Todas y cada una de estas conductas prohibidas son un deber ser que se expresa en negativo; conductas que no deben ser y que si son, deben ser penadas.

Ahora bien, para que el debe ser se cumpla, la sociedad requiere de un instrumento coercitivo que obligue a la observancia de la ley y, en su caso, sancione su violación.

Ese instrumento es el Estado, dotado para ello del uso legítimo de la fuerza. Y es legítimo el uso de la fuerza porque se ejerce por mandato de ley para que el deber ser sea y, en caso de no ser, se castigue su transgresión. Dura lex, sed lex, decían los romanos: “la ley es dura, pero es ley”; si no, no sería ley, sería guía ética, moralina, sermón.

La razón de ser del Estado es hacer efectivas las prohibiciones que hacen posible la vida en sociedad.

Al prohibir prohibir, lo que en realidad se prohibe es la ley


Pero las primeras prohibiciones que se imponen son al Estado en tanto agente del uso legítimo de la fuerza; se le prohibe actuar al margen de la ley, se le prohibe actuar discrecionalmente, se le prohibe actuar en la opacidad, se le prohibe violar él mismo la ley, se le prohibe ser omiso.

El Estado de Derecho, visto desde esta perspectiva, es la prohibición al Estado de no cumplir y de no hacer cumplir la ley.

El poder es para ejercerse. Detentarlo y no ejercerlo es violar por omisión la primer prohibición que tiene el poder: abstraerse de la ley.

Prohibido prohibir está bien como consigna juvenil contra el Estado, pero desde el Estado, además de una contradicción en sus términos, es peligrosa desmesura. Prohibido prohibir es abrir un limbo infinito donde el poder se abstrae en sí mismo y no responde a nadie ni a nada.

Prohibido prohibir entendido en primera persona es prohibido prohibirme; tan antiguo como Adán, que lo hizo suyo al comer de la fruta prohibida y Lucifer al impersonar la soberbia. Stalin y Hitler prohibieron prohibirles.

Por eso los romanos decían: Fiat iustitia, ruat caelum: “Que se haga Justicia, aunque se caiga el cielo”. Porque un poder que no prohibe, es un poder que tampoco admite prohibición.

Límites, le recordaron esta semana al Presidente desde el INE, límites al poder traducidos en república, representativa, democrática, laica y federal. Estado de Derecho, pues; lo que es lo mismo a Estado derecho, recto.

Igual pasa con la frase : “Yo ya no me pertenezco”, que recuerda aquel arranque místico alcohólico de Muñoz Ledo en la toma de posesión presenciando “la transfiguración” de López Obrador más allá del poder y la gloria “en un hijo laico de Dios”. Hoy los arranques del poder divino presidencial de Fray Porfirio son de otro tenor, sin dejar de ser etílicos; pero el tema nunca ha sido de pertenencia sino de responsabilidad ante la Nación y juicio inapelable.

De límites, de prohibiciones.



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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