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Un cuento de Navidad

Un cuento de Navidad
La estrella.

La estrella



Hace mucho tiempo en un país de cuyo nombre no quiero acordarme, nació un niño con una estrella en la frente.

Su papá y su mamá consultaron a los chamanes, sacerdotes y clérigos, brujos y hechiceros de la región y todos dijeron más o menos lo mismo, aunque en diferentes idiomas, “se trata de una marca de nacimiento, de seguro se durmió antes de nacer, con la mano pegada a la frente y los deditos dibujaron la estrella”.

Todos agregaron que era un buen presagio. Que las estrellas a lo largo del tiempo habían anunciado la llegada de los Reyes Magos a Belén y otros eventos felices de la Historia, como cuando el hombre llegó a la Luna y cuando trajeron agua de Marte.

Los astrofísicos más adelantados confirmaron que todos los días se descubren más estrellas en el firmamento y que todas sin excepción brillan con luz propia.

Uno de ellos, de Monte Palomar, le regaló al niño su primer telescopio para ver que se aficionara a estudiar el universo.

Para entonces, ya todos conocían al pequeño no por su nombre de pila: Jesús, sino por el más descriptivo Chucho del cielo. Al mismo tiempo, la estrella en la frente empezó a brillar con mayor intensidad y hasta deslumbraba en el atardecer y al Sol le daba rubor.

Chucho del cielo empezó a usar calados hasta las cejas los gorros que su abuela tejió. Tenía azules, verdes, rojos, amarillos, blancos y negros según anduviera de ánimo.

Con el paso del tiempo, se volvió más callado y hasta taciturno. El plazo libre lo pasó viendo por el telescopio y así descubrió las principales constelaciones en la bóveda celeste, que identificó con los nombres de sus equipos preferidos de fútbol.

Desde luego, su héroe infantil fue Ptolomeo que catalogó más de mil estrellas antes de Cristo.

Tanto lo admiraba que le decía primo y pariente, y hablaba a solas con él.

Y un día, al anochecer, mientras platicaban del más allá sin su gorro puesto, la estrella en la frente deslumbró a su primo quien pidió revisarla con el telescopio.

Chucho del cielo quedó encantado por la opinión de un experto y oyó como el sabio le dijo: “Busca a tu pareja en la tierra. Tiene que ser alguien que tenga estrella y cuando la veas platícale de Casiopea, de su arrogancia y del sacrificio de su hija Andrómeda, que desnuda fue encadenada en una roca al borde del mar. Sin embargo, Perseo, otro marcado con la estrella, como tú, después de decapitar a Medusa, se enamoró de Andrómeda.

Busca a tu Andrómeda, sedúcela, con ella deberás luchar contra los virus y todos los males del mundo. Tendrás la fuerza de la verdad para terminar con la guerra y la violencia.

Juntos, enamorados, vencerán las injusticias y las carencias. Con la condición de acercar siempre sus estrellas y beber de vez en cuando una buena copa de vino, que Ganimedes debe de escanciar.

Con sólo desearlo los dos, acabarán con la falta de respeto de millones y usarán convencidos tapabocas para aminorar la epidemia. Todos deberán quedarse en casa.

Cuando termine su tiempo se unirán en el firmamento y desde ahí, seguirán brillando.

Desde entonces y por los siglos de los siglos las abuelas les enseñan a los nietos a voltear al cielo y pedir deseos y regalos, especialmente en Navidad cuando la estrella de Chucho brilla más.

Desde entonces, cada vez que nacen los niños y las niñas, y que son muchos millones, las abuelas les descubren estrellas en la frente, pero muchas veces solo ellas pueden verlas.

En silencio los encomiendan a Chucho, a Andrómeda y a Ptolomeo, según sea su religión.

Y se ponen a tejer gorros de todos los colores del mundo, que reparten a diestra y siniestra.

Y cuando les preguntan, simplemente dicen, que es para que no tengan frío, para que no se enfermen, para protegerlos, para cuidarlos.

Y de vez en cuando las abuelas se ponen a bailar, locas de contento viendo al firmamento y cuando les preguntan, dicen que están celebrando por lo que va a pasar el año que entra.

Se la pasan baile y baile, teje y teje, cocinando pasteles y deseando que tengamos la fuerza y la destreza para arreglar los problemas del mundo.

Así que esta Navidad voltea al firmamento, descubre tu estrella y pide el deseo que más quieras.

Colorín colorado este cuento se ha acabado.



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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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