PARRESHÍA

Mentar

Mentar

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Hacer sí mismo.

A comprender invitaba en agosto del 19. La asignatura sigue pendiente.

Si no aceptamos lo que desde los rincones se nos quiere imponer como verdadero, no nos queda más que pensar: “mentar” en nuestra mente el objeto que salta a nuestra atención; no tenerlo por decretado, fijo, cerrado, digerido.

Todo pensar humaniza lo pensado. Al tener algo en nuestra mente, lo mentado (el objeto) se incorpora en quien lo menta(liza), el sujeto; que a un tiempo representa y nombra el objeto en su mente y, al hacerlo, lo hace suyo. Ya no es sólo objeto, es pensamiento.

Quien piensa captura para sí aquello que pasa frente a él en el constante fluir de la vida; le da consistencia y sentido; lo in-corpora, lo hace “sí mismo”. El pensamiento es siempre desde quien lo piensa y éste, el pensante, es siempre algo más y algo distinto a lo pensado.

Yo ya no creo en nada, porque el creer, en tanto tener por verdadero, es pasivo, impotente y estéril. Admite, no in-corpora; no crece, acumula; no diferencia al creyente de lo creído, antes bien diluye en su creencia. El creer no mueve por sí mismo a crear; se redunda y agota en sólo creer. El creer sacia, el pensar mueve.

Sólo pensando somos dueños de nosotros mismos, no simples receptáculos de creencia dadas. Así podemos acceder a decisiones supremas que crecen por encima de nuestros alcances.

Pero nuestro tiempo es uno de pesimismo, sin sentido; en el que todas las cosas pierden peso y valor: se diluyen en la nada: “¡Ay! ¡Llega un tiempo en el que el hombre dejará de lanzar la flecha de su anhelo más allá de sí mismo y en el que la cuerda de su arco ya no sabrá vibrar!” Eso es el nihilismo, el sinsentido absoluto, la carencia total de peso, de importancia, de densidad, de valores. Lo mismo valen 150 mil muertos que una caricatura de Don Gato; vacunas y vidas humanas que simulacros; verdad que proclamas. No hay valor que valga, no hay condición alguna para la vida, ni impulso que la haga surgir por sobre sí misma. Todo es oscuridad, absurdo, hastío.

Sólo pensando somos dueños de nosotros mismos


El hoy nos agobia y obedecer y callar, creer ciegamente la utopía dictada, nos da sólo una falsa salida.

Entregarse al parloteo constante y ensordecedor imposibilita pensar: “El decir del pensar es un callar”, decía Hiedegger, y la cháchara no sólo aliena sino fuga a la deriva.

Qué mejor forma de sacarle la vuelta al nihilismo que ignorándolo. Pero quien ignora huye, ni piensa ni comprende.

Quien comprende ha enfrentado y aprehendido (hecho suyo) lo comprendido y con su comprensión crece desde sí mismo a nuevos pensamientos, nuevas preguntas, nuevos sí mismo. Quien comprende amplia su horizonte y claridad, alumbra tinieblas.

Pero no nos equivoquemos, la verdadera comprensión viene de lejos y de lo profundo, desde su propio fundamento en aquellos que se atreven a pensar, a dudar, a renegar; que tienen el valor de desaprenden para aprender y la paciencia para que la comprensión sutilmente toque cada poro de su entendimiento. No hay comprensión sin esfuerzo y sin dolor. No hay amanecer sin ocaso. Pero tampoco hay creación sin comprensión. Puede haber acción y ruido, pero no sentido ni destino.

Cuidémonos de los que dicen comprender por moda o inmediatez, por creencia o ideología, por iluminación, comodidad, interés o miedo. Cuidémonos de los que comprenden por nómina o dádiva: nada peor que la comprensión por delirio, por odio, por hambre, por sujeción.

La verdad no se entrega a la soberbia del miedo en armadura, ni a lo a-sinfónico del merolico; tampoco a la desesperación claudicante y bajo yugo. La verdad sólo se entrega a la humildad del horizonte abierto, a la sed de valentía, al silencio que busca.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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