PROHIBIDO PROHIBIR

Jaque Mate

Jaque Mate
La línea.

El famoso detective T. Perrín, solo, junto con su gato, El Calavera, se evade en la celda de la prisión destinada al confinamiento de policías y expolicías sujetos a procedimientos legales de investigación.

Recuerda con insistencia los detalles de la última escena de una misión que hubiera querido evitar. Púdicamente cubierta como entre sueños, cerró los ojos a su amante asesinada de un balazo en la frente.

Ahí mismo, a los pies de la cama, yace un joven desnudo aparentemente desconocido, sin lengua, cubierto en varias partes de sangre, con obvia rigidez post mortem en todo el cuerpo. Sólo él supo de inmediato su identidad.

Mientras recordaba la escena, recorría cada milímetro de la piel de su amada, tan cerca y tan lejos.

El detective amante de la ópera, sabía bien que su encarcelamiento era cuestión de rutina policial, aunque también contaban los envidiosos y enemigos que quisieran hacerle a un lado, incluyendo a un par de agentes extranjeros que había insistido en expulsar del país por usar métodos violentos de tortura, de calcinación de muertos migrantes: hombres, mujeres, jóvenes y niños; otra infamia legaloide, como siempre.


Mientras jugaba ajedrez contra sí mismo. Cubrió en su mano con placer a la reina. Recitó en voz baja a su admirado Borges:

“En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian los colores
.”

El Calavera reconoció la cadencia y se enrolló como invitándose a sí mismo al ansiado sueño: cazar ratones frescos y un buen plato de leche tibia. Un premio a la fidelidad de otros tiempos, sin encierro obligado.

Sin ser ajeno a la reacción del felino, lo acarició y en correspondencia aquél se estira plácidamente como invitándolo a continuar. ‘A Borges no se le debiera interrumpir’, quiso decir con un leve maullido.

“Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero
oblicuo alfil y peones agresores

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
como el otro, este juego es infinito
.”

Agatha Christie y John le Carré, son otros autores ingleses donde lo detectivesco, el misterio y los enredos son magníficos. La intriga, las muertes, el suspenso y la tensión, la solución del complot, van de la mano y dirección de Hércules Poirot, siempre pulcro y elegante. Y del caballeroso prototipo inglés de George Smiley, que para proteger a una mujer hace del respeto su divisa.

Veo a mi querida tía Chavis, una mujer adelantada a su tiempo, siempre lectora, recostada en su cuarto de gran ventanal en la casa de Tlalpan, siempre leyendo aventuras de misterio. Las muertes rondaban en sus lecturas preferidas como si quisiera entender, asir el ambiente del caso. O tal vez era un mundo del imaginario, un retrato fascinante al que era imposible negarse a pertenecer como testigo del crimen. La novela policiaca y su encanto.

La pandemia, por su parte, nos ha acercado más a la muerte. Ya no en abstracto, lejana o circular, sino como una manifestación diaria, cercana, lineal, que puede irrumpir en cualquier momento. Qué tanto miedo y dolor significa, agazapada tras la puerta. O como un flechador del cielo que atravesará el corazón de los elegidos al completar el último viaje de esa parábola.

Incluso, después de un largo tramo de contagios y muertes nos hemos vuelto más insensibles al dolor, a la certeza que es inevitable, como lo es la indefectible máxima de la secundaria: nacer, crecer, te reproduces y mueres.

Aunque a muchos nos hubiera gustado quedarnos en la reproducción, sus risas y sus placenteras emociones y sensaciones. En esta materia, seguimos todos nosotros, no hay punto de retorno.

Y en este tiempo de encierro más me aficiono a estas obras de intriga. He llegado hasta inscribirme como voluntario en los inquietantes grupos para fotografiar a los miles de muertos, como una última oportunidad de capturar su aliento, o un acto reflejo, o un alma en ascensión.

Sirve mi nueva afición porque se mantiene la violencia encapsulada sin posibilidad, por fortuna, de manifestarse más en las calles, donde cientos en su mayoría mujeres, protestaron en la Ciudad de México y en otras ciudades del mundo contra los feminicidios, que para vergüenza de todos se cuentan por miles sin aparente solución, en otra trama de continúa indignidad. Donde también los infiltrados tendrían que pagar y los opositores meten hebra y se lavan las manos, siempre para su propio beneficio. Los vándalos destruyendo todo.

Sean Connery, de los más sobresaliente 007, tampoco pudo evitar el camino sin retorno, con todo y la Walther PPK o la más moderna P99, con supresor de gases o silenciador y la lasciva mirada de todas las chicas Bond, James se fue al inframundo, pero dejó sus películas inmortales como homenaje a una época singular, irrepetible, con espías certeros y confiables en la guerra fría, de un lado bueno y del otro maligno.

Quién pensara hace apenas un año y meses que la vida cambiaría tanto con la encerrona, los niños en casa, sin ver a los abuelos, sin disfrutar a los amigos. Quién se imaginó esta película de ciencia ficción.

Los afortunados con trabajo en casa. Los más responsables con sana distancia, con uso de mascarillas, mientras la gran mayoría se balancea, aún hoy, entre la incredulidad y el desafío. Mientras los muertos se acumulan como cifras de lotería y los informales creciéntemente desaparecen.

En efecto, cuando la muerte nos alcanza no hay remedio. Hay avisos como el jaque anunciado. A veces, gracias al amor, la voluntad y los médicos, salimos adelante, más cuando la raya aparece de ahí no pasamos. Ricos y poderosos, débiles y pobres habremos de cumplir a tiempo. Ser un capítulo más de enseñanza para los demás; o una simple anécdota de risa, de perfidia, de vergonzoso dolor, anónimo, como el joven sangrante.

Recuerdo a cachos una fábula del medioevo. Se dice que hace mucho tiempo la muerte a caballo buscaba a un tal Pedro, cerca de Madrid, en un casorio cercano. Pregunte y pregunte llegó la noche y tuvo la muerte que guarecerse del frío y la lluvia. Pronto encontró una posada, una especie de Airb&b de entonces. Se acurrucó en la puerta y espero a ver pasar a Pedro. Oyéndola éste que dormitaba dentro y siendo avisado por la CIA, o por la Guardia, salió por la puerta trasera y corrió hasta la mañana siguiente para descansar en el Bernabeu, obvio llegó fatigado, estresado, muy cansado.

La muerte preguntó otra vez por Pedro y oyó que estaría en el estadio viendo el clásico. Esperó a la salida, disfrutó un par de goles de Messi y en el alboroto hizo un gesto de hartazgo cuando por el peso y los excesos se desplomaron las tribunas de sol, aplastando a la porra.

La muerte vio de lejos todo: “Eso pasa cuando te toca la raya. Si te hubieras quedado en la posada no te hubieran apachurrado y yo con otros militantes me hubiera conformado, no caben más en mi morral, que los de la cuota diaria. Viva el Barsa”.

Bienvenido Pedro a tu nueva casa.

Caronte y su barca esperan, ¿tendrás para pagar la cuota? Asegúrate de llevar la moneda en la boca, bajo la lengua.



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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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