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Acapulco

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Foto Copyright: lfmopinion.com

La Perla.

Con la llegada de Semana Santa, Acapulco era un hervidero de ilusiones. Éramos jóvenes. Todos íbamos con ganas de disfrutar a pesar de las aglomeraciones. Aviones, corridas de camiones y carreteras se reportaban siempre repletos. Los Ángeles Verdes eran apreciados, no así las Patrullas de Caminos que al acecho completaban la mesada con la cooperación ‘ad ovo’ de los infractores menos influyentes.

Nosotros vacacionamos en Acapulco desde que me acuerdo. Pancho, Tobías y el Popochas nos llevaban a esquiar a mis hermanos y a mi. Con el tiempo dominamos la técnica y de ‘dos’ pasamos a slalom y a disco. Mi padre les prestó algo de dinero para pagar la lancha y poder liberarse de la concesión que una guapa estadounidense decía tener en la playa. Como nunca les cobró, la lancha estaba siempre lista para nuestras aventuras tipo Salgari, de tal manera que dijeron que pagarían con tiempo de renta. Ya adolescente, me llamaban para ayudar a esquiar a jóvenes con sentido de aventura, ansiosas de aprender el arte de deslizarse sobre el agua sin ahogarse. Me especialicé en gringuitas y mexicanas deportistas de Teques. Por cierto, que un día conocí a una chica espléndida que fue campeona de no sé dónde y me enseñó algunos trucos para cortar la estela.

En la preparatoria alguna vez después de clases de siete de la mañana, lo que era una infamia, fuimos al puerto mi amigo Rosas y yo, en su Rambler guinda. Cuatro horas y media después desayunábamos cerveza y mariscos en la playa. Para el anochecer, cada uno regresaba a su casa, asoleados de tanto estudiar anatomía y felices de haber pasado el día en la playa, entre arena, mar y sol.

En algún viaje a Los Ángeles, por la afortunada selección del vino ordenado durante la cena, conocieron mis padres, con Carmelita y Darrell, a Cary Sinclair, dueño o empleado de ese famoso comedero, quien más tarde trabajó en el Casablanca, cerca de La Quebrada, donde por muchos años presentó a los Voladores de Papantla, entre margaritas, cubas libres y el asombro de los grupos de turistas en paquetes todo incluido. Un día fui ahí, y al verme, me preguntó por mis planes. Claro, le dije, voy a bailar. ¿Con esa camisa típica de estudiante citadino? Y sin darme tiempo regresó con una camisola blanca de holanes, como de cubano director de orquesta del Tropicana. El cambio fue un éxito.

Después Cary iba a Tlalpan y creo que empezó a cultivar a mis primas. Era eso un drama porque las tres eran muy bonitas, así que ninguna le hizo caso o no lo suficiente.

Cary regresó a Acapulco, arregló su situación migratoria con otra chica del puerto e inauguró el Barbas Negras, que mucho tiempo fue un ‘must’ famoso en la Costera.

Acapulco decayó con el tiempo y la competencia de Cancún, éste en permanente busca de identidad, entre lo que quiere ser y no puede. En cambio, Acapulco aún decadente, a veces descuidado y con serios problemas de violencia y marginación es siempre auténtico, fiel a su estrella.

Deberá resurgir como Ave Fénix, no el Salgado que espero a estas alturas sea juzgado y sentenciado o liberado si acaso es inocente, lo que francamente dudo. Como se sabe, la mala fama no se quita ni con lejía, si no, pregúntenselo a un exjefe ardilla y barbón, vocero mafioso.

Un fin de año, tres parejas de amigos fuimos a cenar a Armando’s le Club, las mujeres habían comprado morrales en la playa que sirvieron para transportar algunas botellas de repuesto. Nuestra vecina era María Félix con su último esposo, fumando ambos puritos delgados con boquilla dorada y bebiendo champaña. Nos divertimos mucho, bailamos, cantamos, creo que hasta recité. La Doña se reía con nosotros, más interesada en nuestras travesuras que en su pareja. Nunca se acabó el alcohol de los morralitos bien aprovisionados, previa compensación al mesero designado. Saludamos al nuevo sol del año nuevo y caminamos felices a nuestro hotel.

Hoy entiendo que por la pandemia y la crisis muchos hoteles y restaurantes han cerrado. Entre pocos sólo queda El Paradise, muy diferente al de antes, como que se acabó el glamour, especialmente del Madeiras, con la vichyssoise de diferentes frutas y el pescado al mojo de ajo con puré de espinacas o escalopas de papa.

Tarzán vivió y murió en el Flamingos, con vista al mar. Ahí en sus buenas épocas se hospedaron, entre otros, Eroll Flyn, Frank Sinatra, John Wayne y, desde luego, Johnny Weissmuller.

Hizo época Tin Tán con su yate El Tintanvento y sus interminables fiestas de mar-mota y tan tan.

En Acapulco han pasado también tragedias y dramas de toda índole.

Un querido amigo mío, con el carro último modelo, la modelo última y la última tarjeta de platino fue asaltado y asesinado.

Sofía Bassi, artista y pintora, fue condenada por el asesinato de su yerno, un supuesto Conde, de quién se dice prostituyó a su hijo.

Entre los negocios icónicos del puerto sobresale ‘La Botica’, fundada en 1858 por una familia de California de apellido Link.

La vieja Botica tenía muebles de cedro de Líbano y una placa de mármol de Carrara

“Alrededor había enormes morteros en donde el boticario preparaba las fórmulas delante de los clientes, en la parte trasera estaba una caja registradora que únicamente marcaba hasta cien pesos, también una pequeña báscula especial, que se utilizaba para pesar las substancias que se empleaban en las fórmulas, tres medicamentos fueron muy famosos y solicitados constantemente, un jarabe para la tos, un tónico para el paludismo y un talco para el salpullido”. (Ref: Alejandro Martínez Carbajal).

En la zona roja había shows imitación de Las Vegas y baile por unos pesos la tanda.

Entre las historias conocidas se cuentan la del millonario estadounidense que aterrado por los virus y bacterias vivió sus últimos años encerrado en un último piso del Princess.

Mientras que la isla del Faro, cerca de La Roqueta, fue asilo para leprosos.

Se dice que marinos de la Octava zona militar reportaron la aparición frecuente de 6 monjes después de la medianoche, que desaparecían al amanecer, después de visitar a turistas seleccionados.

Permanece aún la Cruz que, como memorial a su hijo, fallecido en un accidente de aviación, Carlos Trouyet, magnate de Teléfonos de México en la segunda mitad del siglo pasado, mandó erigir frente a la magnífica vista de la bahía.

Carlos Slim, por su parte, magnate actual de Telmex, ha sido promotor del puerto y parece interesado en inversiones de nuevos atractivos turísticos como un teleférico en el Acapulco tradicional.

Han destacado otros impulsores de la vida cotidiana de Acapulco, que es mucho más que un tradicional destino de playa.

Fue, durante muchos años, sede anual de la Reseña cinematográfica y el desfile de directores, actores y actrices. Se exhibieron entonces verdaderas joyas de arte, más allá de Hollywood.

Ahí se celebra año con año la Convención Nacional Bancaria y a veces nos enteramos, los simples mortales, de ajustes venideros al peso, de niveles de inflación, de programas de créditos y de intenciones e inversiones, de la famosa confianza para atraer inversionistas, más allá de la tasa de ganancia. ¿Cuándo bajarán los intereses?

Se celebra también anualmente el Abierto Mexicano de Tenis y hasta recientemente el Tianguis Turístico, ahora objeto de peregrinaje oficial al mejor postor.

Mención especial merecen acapulqueños de cuerpo y alma que a lo largo del tiempo han trabajado por mejorar la vida en el puerto.

Por descubrir y conservar playas limpias, algunas aún solitarias, semi vírgenes como La Langosta. Por difundir la cara más atractiva de la perla. Por apoyar la calidad de vida de los locales y mejorar la educación.

Mención especial merecen, entre otros muchos, el promotor Teddy Stauffer, el autor de teatro Mario Ficachi, la activista Robin Sydney afincada y defensora de Acapulco desde hace 50 años y mi amigo Albrecht Stute que han trabajado con ahínco en beneficio del turismo y en beneficio de los acapulqueños.

Para la numeralia: ¿Cuántas parejas habrán disfrutado de su luna de miel en Acapulco?

Si usted no lo ha hecho aún, visite Acapulco, no lo olvidará nunca jamás.


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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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