PARRESHÍA

Las fisuras abismales del 21

Las fisuras abismales del 21

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Caos.

A Borges siempre le obsesionaron las fisuras, esas pequeñas rendijas por las que se puede colar el caos.

En eso era muy nitzschieano. Nietzsche entendía el caos como el “carácter general del mundo” en razón de que en él “falta el orden, la articulación, la forma, la belleza y como quieran llamarse todas nuestras estéticas categorías humanas”. Por caos entendemos “abrirse”, “lo que se abre, lo que se separa”. En la teogonía de Hesíodo, el caos es el abismo que se despliega inconmensurable, sin fondo, sin punto de apoyo, la hendidura entre el cielo y la tierra, la fisura que posibilita toda posibilidad.

Pues bien, estas elecciones arrojaron una fisura, delgada, casi insignificante. Sin duda vilipendiada por unos y otros, pero una rendija lo suficientemente delgada para abrir y separar, para abismar dos partes antes una, ante su inconmensurable profundidad que de suyo posibilita toda posibilidad.

Esa fisura telúrica se observa, delgada a cuál más, en la Ciudad de México, pero si se ve sin la pasión propia de lo electoral, la fisura se repite y ahonda prácticamente a lo largo y ancho de todo el territorio nacional que se pobló de rendijas que separan a los mexicanos en dos continentes.

Hay quienes llaman a uno de los continentes “Aspiracionista”. Los que nombran, aunque se publicitan como los de la esperanza, nombran a su territorio “La Austeridad” para así evitar el término precarización, de ecos baumianos.

Las fisuras son las grandes ganadoras de las elecciones del 2021. Pero admiten dos lecturas, por un lado, muestran que México no es monolítico ni responde a una sola voz. Que los mandatos de las urnas son cambiantes, caprichosos, finitos. Por otro, que México se escinde peligrosamente, porque el abismo más pequeño es el más difícil de salvar (Nietzsche).

Pero el caos también se entiende como océano de posibilidades. Es cierto, no hay posibilidad sin riesgo; sólo en la parálisis y la muerte no hay riesgo.

Vivir es siempre un riesgo. Las fisuras resultados de las elecciones son, sí, abismos que separan, pero también alerta y posibilidad de salvarlos, así como riesgo de perderlo todo en el intento o perderlo por no intentarlo, o por rendirnos ante él.

México vive el peligro de abismarse


Quienes esperaban unas elecciones que acabaran con nuestros problemas se engañaban. Recuerden, el carácter general del mundo es el caos, éste es insalvable. Lo que las elecciones nos traen al tapete de la discusión es que, como todo en el mundo, México está al borde de un nuevo y viejo abismo, el de sus desencuentros, resentimientos y rencores.

Como Zaratustra, México vive el peligro de abismarse, pero también la posibilidad de superar sus abismos, de alcanzar la cima, que mientras más profundo es el abismo, más alta la cumbre.

No hay cumbre sin abismos, ni ascenso sin peligros, ni virtud sin tentación. Como no hay México sin contradicciones de origen. Somos una nación mestiza y sincrética, llevamos la lucha en la sangre, pero nuestro origen es destino. Nuestras contradicciones no nos separan, ni nos abisman, ni nos enfrentan; nos unen, nos complementan, nos enriquecen.

El abismo que hoy separa a la ciudad de México en dos bloques perfectamente definidos, y que cada población encuentre en su territorio la fisura que los separa de sus familiares y vecinos, está ahí para recordarnos que México se hace todos los días y que se nos puede ir de las manos, se puede perder, escindir, en cualquier momento.

Pero antes de concluir, habrá que reconocer que estas fisuras no son producto de movimientos telúricos ante los que los humanos estamos indefensos. No, los abismos que nos separan los forjamos nosotros mismos. Unos por explotar las contradicciones en su beneficio y voracidad; otros por ciega reacción, pero muchos también para hacer evidente la división, para llamar a arrebato, para hacer consciencia: el camino de las fisuras, nos dicen, nos separa, nos desconoce, nos cercena; mata a México instante a instante.

He aquí, nos dicen, los abismos que estamos creando, las profundidades a las que nos abismamos, la división que amenaza nuestra subsistencia como nación libre, soberana, propia.

De nosotros depende ahondar diferencias o salvar abismos.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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