PARRESHÍA

Derrota autoinflingida

Derrota autoinflingida

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Costos y enredos innecesarios

En política todo tiene precio. A veces es insignificante y se arrostra temerariamente; a veces sorprenden por sus efectos devastadores a quienes juegan con ellos como si de canicas se tratará.

Difícilmente se pierde todo en una jugada, aunque llega a suceder. En general, hay ganancias y perdidas que se intercambian a cada movimiento en el tablero. Hay jugadores que dados por muertos se recuperan y campeones con quijada de cristal.

Por eso los políticos suelen ser cautos, los más avezados prueban en corto, hacen ensayos y miden cada síntoma del humor social antes de emprender cambios de gran calado, reformas trascendentales y medidas amargas.

Hay sin embargo, situaciones límite que colocan a los gobernantes en condiciones de rehén; pase lo que pase una medida se tiene que tomar, los riesgos que afrontrar y los costos que pagar. Es algo que viene con el cargo y se llama responsabilidad.

Miguel De la Madrid hubiera dado todo por no tener que enfrentar la devastación del sismo del 85, Salinas el levantamiento zapatista, Zedillo el error de diciembre y Calderón a López Obrador.

Pregúntese a Sir Winston Churchill cuando solo puedo ofrecer al pueblo inglés “sangre, sudor y lágrimas”.

Por ello sorprende los riesgos y costes que López Obrador decidió afrontar sin necesidad alguna, enredándose en una consulta popular de origen ciudadano de turbia manufactura, que retomó como suya y llevó a la Corte, y cuando ésta reprobó la redacción a su pregunta, orilló al máximo tribunal a un desvarío que, con todo el aparato comunicativo y omnímodo del Estado, no pudo desmontar y hacer creer a la gente que decía lo que a ojos cerrados no dice.

Ya montado en ella, dobló su apuesta en dos: contra los expresidentes y contra el INE, a una misma vez. Para hacerlo, maniató al INE con una reforma impuesta a sus diputados sin presupuesto y con tiempos recortados. La idea era cortar cabeza y rabo.

Vendría luego su conocido sí, pero no. Sí a la consulta, pero “no voy a votar, lo mío no es la venganza”; respeto la veda electoral pero la violó un día sí y otro también. Salgo de gira, para no poder votar porque no hay casillas especiales y me quejo de ello. En México, hace ir a su señora a la casilla que no corresponde a su domicilio para repetir el numerito y es exhibida en ello. Sabe que se trata de una legislación no partidista (consulta ciudadana), pero reclama no dejen a los partidos participar. Y si no deben participar, por qué el suyo lo hace sin rubor. Hasta ese final de Poncio Pilato: “no estoy metido en eso”, cuando nada hizo durante las últimas semanas, víctimas de la Linea 12 de por medio, que promover la consulta.

Y así llegó ésta. 93 por ciento de la Lista Nominal de Electores le dio la espalda al ejercicio. Con poco 99.97 de las actas computadas, la participación ciudadana fue del 7.11 por ciento, con un total de 6 millones 662 mil 599 opiniones depositadas, entre afirmativas, negativas y nulas.

¿Más que en otras farsas de ejercicios similares? Sin duda. Ligeramente por debajo de la cuarta fuerza electoral —tercera para todo efecto práctico— Movimiento Ciudadano, y por arriba de las votaciones del Verde, PT y PRD, respectivamente, el pasado 6 de junio. Así fue.

Y aún así y su abrumador 93 por ciento a favor de la pregunta que no admite respuesta alguna —ni se esperaba—, acuerpado por todo el aparato comunicacional del Estado mexicano para vender la Consulta como el Vellocino de Oro, queda, sin embargo, un dejo amargo de derrota generalizada.

Derrota con sabor a engaño y a autoengaño. Un vericueto de enredos que pesan más que la derrota. ¡derrota autoinflingida!

Nadie ganó con este ejercicio. Menos quienes claman para sí victoria.

¡Lamentable el triunfalismo con aires de Olimpo del guatemalteco Epigmenio Ibarra!


La gente espera un mínimo de seriedad en el ejercicio del poder



Todos regresamos a lugares peores en salud, seguridad, economía, confianza, ánimo social, esperanza, realidad.

Se acabó la fiesta; todo sigue peor y nada interesante que contar.

Vergüenza dará narrar en pocos días esta gesta bufa.

Tal es el resultado de un esfuerzo ciudadano con costos formales de 528 millones de pesos por parte del INE y sabrá Dios cuantos más de fondos y orígenes que, aún, se desconocen. Una campaña nacional para tergiversar una pregunta que fue hallada inconstitucional por el propio Poder Judicial de la Federación y en lugar de desecharla la hizo imposible. Campañas que todos sospechan su origen, pero de la que nadie asume su paternidad. ¿Por qué?

Y por qué en medio de desabastos de lo mas elemental.

López Obrador canta victoria, señala una nueva meta y distractor, pero carga a sus espaldas un rechazo del tamaño de una catedral e innecesario. La cuarta parte de quienes votaron por él hace tres años lo abandonaron en esta ocasión, la tercera parte de quienes votaron hace dos meses por Morena y sus aliados no salieron a refrendar su apoyo.

Los millones de beneficiarios de sus programas de bienestar no respondieron al llamado de sus “Siervos”.

¿Cansancio democrático? Puede ser, pero también debiera ponderarse que la gente espera un mínimo de seriedad en el ejercicio del poder.

Mal le va al campeón que gasta toda su fuerza en rounds de sombra y enredándose solito entre las cuerdas del cuadrilátero. Llegaran los tiempos en que la realidad se imponga y los arrestos necesarios se hayan gastado en fuegos fatuos.



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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