PARRESHÍA

Extremos y brecha

Extremos y brecha

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Extremos

El problema de polarizar no son los extremos, sino la brecha que entre ellos media: el abismo en su distancia, profundidad y sordidez.

Una brecha que separa y silencia. La conversación y narrativas son acaparadas e impuestas por los extremos, su agenda y confronta.

Todo es responde a su naturaleza y función: los extremos extreman, enfrentan y distancian; las brechas son como las fronteras: separan, pero unen; alejan, pero comunican a aquellos que apartan.

Toda brecha es camino, puente, comunicación; posibilidad. Mientras haya brecha hay contacto, interlocución, pluralidad.

En el extremo hay mismidad, ombligo, encierro, incomunicación. El extremo habla al espejo. Fuera de él nada existe y, de existir, es enemigo.

Todo extremo tiene por destino el desencuentro, la soledad, la desconfianza universal; exigirle contacto, comunicación, comprensión y conmiseración, es perder el tiempo; no tiene ojos sino para la fuga.

Luego entonces, no hay que trabajar con los extremos, incapaces de entender todo lo que no sea distancia y conflicto. Yunque y Vox son gasolina e inspiración para la 4T; los unos están hechos para los otros; diría Juan Gabriel, “Te pareces tanto a mí.

Tenemos que entender que lo que López Obrador construye no son extremos, sino brechas, distancias y desencuentros. No es lo que afirma lo que importa, sino lo que niega y excluye. Ésa, y no otra, es su tarea.

La nuestra, sin embrago, es no combatir su extremo y su contrario, sino sus consecuencias: la marginación y exclusión en el limbo.

Tarea difícil es convencer a un adicto de su enfermedad, aún al borde de la muerte. Imposible dialogar con un cruzado en busca del Santo Grial; pero no deben ser ellos nuestros interlocutores ni objetivo, sino los que median entre los bandos en conflicto, la mayoría de los mexicanos, esos que no se ven reflejados en la dicotomía entre conservadores y los 4T.

Veamos encuestas, López conserva aprobaciones a su persona por arriba del 60%, pero en las pasadas elecciones alcanzó tan solo un 38% en las urnas y un mes después movilizó a un modesto 7% en su consulta popular.

Cuando se pregunta por los desempeños de su gobierno los números son apabullantemente negativos y en picada. Se le aprueba y aplaude su quimera, que vende aire y regurgita rencores, pero se reprueban sus acciones, consecuencias y resultados.

Es fácil y hasta heroico apoyar proclamas por el bien de todos, más si, supuestamente, son por “primero los pobres”; pero difícil sumarse al esfuerzo que empobrece y ofende.

Por ello los números son favorables en el propósito que extrema y negativos en la brecha que ensancha.

Nuestro reto es abandonar los extremos, su confrontación y epopeyas; olvidarnos de sus idiomas y catecismos —hechos para sus conversos y cruzados— y concentrarnos en acortar los abismos y desencuentros, hablar para y con los expulsados de los extremos, dotarlos de narrativa, identidad y perspectiva.

Lo decíamos ayer, todo es en las mañaneras, excepto la realidad misma. Vivimos un gobierno ensimismado sobre sí, un hoyo negro que se traga a México.

Dejemos a los extremos en sus conflictos, complejos y psicosis; apliquemos nuestros esfuerzos a los expatriados en su propia casa, a los marginados del proyecto de nación, a las víctimas del ostracismo por rencor y, aún más, por temor, que todo extremo esconde más miedo que propósito, más inseguridad que fe. En su marginación y estigma se expresa más turbación que convicción.

Es con los marginados en la brecha, los abandonados en el camino por los extremos; esa mayoría silente arrojada al abismo entre los extremos, donde tenemos que recuperar voz, lenguaje, identidad y nación.

Olvidémonos de López, sus calenturas, molinos de viento, fijaciones y psicopatías. No tienen más destino que la lejanía, el soliloquio y el autoconfinamiento.

Nuestro espectro y auditorio son los marginados de los extremos, los arrojados del camino, los olvidados en la brecha. Esa mayoría silenciosa, esa clase media tan odia cuanto temida.

No veamos los extremos, la carnita está en el centro hecho abismo, olvido y escarnio. Amasijo primigenio ávido de recuperar patria, pertenencia y destino.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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