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Navidad

Navidad

Foto Copyright: lfmopinion.com

Es esta una Navidad de un país polarizado, donde la violencia se padece a diario, donde no hay suficientes medicinas y a los migrantes los asaltan cuando regresan a casa.

Había una vez, en un país muy lejano de cuyo nombre no quiero acordarme, una niña inteligente y muy bonita que entretenía a sus hermanos y primos con cuentos, adivinanzas y chascarrillos.

Los más chiquillos, asombrados, abrían la boca de sorpresa con cada final reinventado.

Los mayores aplaudían entusiasmados ante la destacada interpretación de la niña, que en realidad era su tía.

La Cenicienta se escapó con su vecino a una playa de Tulum y nunca más uso zapatillas ni escobas ni un solo recogedor.

Peter Pan llevó a todos a Nunca Jamás y ahí creció una colonia de felicidad, entre construcciones de rompecabezas y naves de madera rumbo a las estrellas.

Ahí mismo, Pinocho no era mentiroso y entre risas y aplausos hacia lo que quería. Cierto: la nariz le creció por un tumorcillo fácil de extirpar. Y se dedicó a la equitación.

Los Tres Cochinitos eran un dechado de pulcritud. Uno bañaba al otro y lo zacateaba hasta sangrar.

Como en todo cuento original, la niña no era princesa, pero los convenció que allá lejos verían a una bruja hermosa, de cuando en cuando un pirata honrado aunque otras veces, subrayó, la vida parecía una porqueriza.

Éramos 17 y la buena semilla la sembramos por todo el mundo. Hubo algunos que se adelantaron en el viaje eterno. Otros envejecimos con mayor o menor dignidad y otros con vergüenza.

Lo que nunca faltó es esa nostalgia de llevar siempre a cuestas la felicidad del tiempo compartido en La Nona, donde algunas cuantas mágicas hectáreas, nos hicieron felices, metimos goles y jugamos a policías y ladrones.

Nos prepararon para trascender, para ser mejores, junto con vecinos y el resto de la palomilla que crecía cada fin de semana.

Ese mundo fue nuestro ostión. Parece que sólo se requiere una prima o tía cuenta cuentos, unos abuelos para crecer y una novia que seducir.

En realidad, ninguna Navidad fue igual, unas mejores que otras, todas con enseñanzas de vida y memorables circunstancias que cada uno guarda, aunque es cierto decir un poco transformadas por la personal percepción particular.

Unos somos más ciegos que otros.

No todos vemos el amanecer igual y a cada uno nos llega el tiempo de batallar de distinta forma e intensidad.

Éramos felices y así lo demostramos siempre, aunque no faltaron las desavenencias y los trompones, como cuando un par de los primos preferidos se enfrentaron a golpes y terminaron frente a frente en la biblioteca del viejo, después de una lección de caballerosidad y humildad. Los hombres convencen, no abusan. Se veían y leían.

Conforme el tiempo ha cambiado, recuerdo con mucha alegría el gusto de haber crecido como lo hice, rodeado de todos ustedes, mis parientes y amigos.

Ahora, ya en plena madurez y a las puertas del capítulo final, disfruto de haber vivido en esta aventura de subidas y bajadas donde he conocido gente maravillosa.

Aprendí y enseñé. Di y recibí. Disfrute, sufrí. Amé, sigo amando y odié.

Conocí gente extraordinaria, como algunos maestros y jefes ocasionales y amigos que siempre me apoyaron.

Como todo en la vida, también he padecido a cucarachas marginales de cuyos nombres no quiero acordarme, en esta Navidad, aunque no tenga aguinaldo ni reconocimiento alguno.

Aunque el averno los confunda y las hernias los ataracen hasta finales del año que entra.

Es esta una Navidad de un país polarizado, donde la violencia se padece a diario, donde no hay suficientes medicinas y a los migrantes los asaltan cuando regresan a casa.

Un país donde lamentablemente las mañaneras han sustituido planes y acciones serios de gobierno para resolver carencias y no solo para dorar la píldora y jugar a ser ejemplar estadista, donde las intenciones buenas sin duda, sustituyen la caótica realidad de esta Navidad… y no sea capaz de conciliar.

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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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