PARRESHÍA

El mal de Sheinbaum

El mal de Sheinbaum

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México jamás pudo compaginar el diseño de un Estado liberal, que solo ve individuos, con las estructuras diversas, enfrentadas y dispersas de órdenes e intereses comunales.

Sheinbaum sufre el mal endémico del poder en México: la impotencia regional.

La estructura piramidal prehispánica prevalece aún hoy en día sobre desplantes regionales caciquiles. Ese mundo idílico que sin estudiarlo adora el obradorato no era otra cosa que un conjunto de comunidades pobres, ignorantes, dispersas y sencillas, dominadas por un gran cacicazgo teocrático militar y bajo él una gran pirámide dominada por caciques de calibre diverso que corren de la base periférica al vértice central del Gran Tlatoani mexica. Esto se expresaba en una hegemonía territorial, en comercio, impuestos y guerras floridas, preeminencia que era expresada y vivida en miedo y en silencio. En este orden se vivía entre el miedo y el interés: miedo al poder caciquil y a sus sanguinarios dioses; interés por congraciarse en lo individual con la cadena de poder y beneficiarse de ello.

Cortés supo leer esa arquitectura y simplemente se hizo del vértice: los caciques sojuzgados a Tenochtitlán dejaron de obedecer al poder mexica y depositaron sus esperanzas, interés, sujeción, lealtades y ¡guerreros!, en el castilan recién llegado. Los macehuales sujetos al tejido caciquil siguieron a sus autoridades locales, una vez más, por miedo e interés. El español construyó un sincretismo de símbolos religiosos, militares y políticos sobre esa estructura piramidal y territorial que tradujo el miedo y el silencio prehispánicos en el «obedecer y callar» de la Colonia. La gobernación de la Nueva España fue eficaz porque simplemente ocupó el penthouse de la pirámide, cobró rentas por ello y dejó a la deriva, cual Clara Brugada en la Ciudad de México, el resto del edificio.

En el siglo XIX, el recién nacido México dejó intactas las estructuras societales y culturales del virreinato, al interior de las comunidades autóctonas regían sus propias reglas y eran sus autoridades quienes intermediaban por ellos, más no directamente con un poder nacional lejano e incomunicado, sino con un entramado de caciques, jefes militares, comerciantes, hacendados y hasta bandoleros que hacían las veces de cadena de transmisión del centro a la periferia. En los hechos México fue una lucha caciquil por un poder central que no pasó de ser una entelequia, tan lejano como lo fueron los tlatoanis mexicas o los reyes de lo que terminó siendo España. Si Estados Unidos pudo robarnos casi la mitad del territorio fue porque estaba despoblado, además de algunos pequeños asentamientos humanos y rancherías pérdidas en el horizonte, el único Estado mexicano que había en ese extenso territorio fueron unos cuantos presidios olvidados a su suerte con un cabo o sargento como máxima autoridad y un destacamento de cuatro a ocho soldados, más aislado de México que Robison Crusoe en su isla.

Juárez logró dar un perfil de República al enjambre de intereses locales que era entonces México y Don Porfirio luchó 35 años por tratar de montar ese potro, hasta que se cansó y se fue entre arcos triunfales y marimbas a ver desde Europa lo que no pudo haber sido otra cosa que una guerra civil salvaje y sanguinaria. La facción triunfante se impuso a sangre y fuego, y ya en el poder se empezó a matar a su interior por un poder más ficticio que efectivo. Calles propuso pasar de un México de caudillos a uno de instituciones y Cárdenas lo logra diseñando un Estado corporativo y regionalmente intermediado por caciques. (Farías, 2025).

Cárdenas pudo, no sin problemas, con el Maximato, pero con Maximino se vio obligado a condescender cuando en 1935, “en plena confrontación con Calles, Maximino (Ávila Camacho) se enfrentó al gobernador Mijares Plascencia y a su candidato a sucederlo. Las evidencias históricas revelan que Maximino no ganó la mayoría de votos y que, sin embargo, se apoderó de la gubernatura, a pesar de lo cual Cárdenas lo respaldo, sin reservas” (Hernández Rodríguez 1958). No fue el único, la generación de caciques en esa época, además de profusa, forjó el ADN político nacional con personajes atrabiliarios, adorados, ignorantes, hábiles, corruptos, desvergonzados, pintorescos y matones. Pasamos, así, del México de las rebeliones militares, al de los cacicazgos regionales que no requerían imponerse por las armas, salvo por excepción y que eran dúctiles y eficaces al poder presidencial. Pero ni Cárdenas ni sus sucesores tuvieron de otra, sólo podían gobernar el territorio intermediando con los poderes regionales de facto. Hoy ya no son los caciques ni su funcionalidad es para el poder central, sino es el crimen organizado con poderes en los tres niveles del gobierno fallidos, sometidos y rebasados.

Aquel México institucional para sobrevivir tuvo que aprovecharse de unos cacicazgos regionales que gozaban de amplios de márgenes políticos y excepciones legales, de poder y de recursos, de autoritarismo y corrupción; sobre todo, de influencias al interior del gobierno federal. Una especie de señores feudales que, a su vez, intermediaban con las diversas expresiones de las organizaciones comunitarias en sus regiones. Por sobre esa estructura, recordemos que el diseño organizacional y operativo de Cárdenas fue corporativo, el PRM (antecedente inmediato del PRI) se constituyó con sectores, no por ciudadanos y su manejo fue sectorial, patrimonialista y autoritario.

Las sucesiones presidenciales inmediatamente después de la Revolución se cocinaron con rebeliones armadas, la institucionalidad civilizó al poder y las muertes entre los militares terminó por debilitarlos en el contexto de un México que cada día más complejo, de suerte que las sucesiones requirieron, además de la fuerza, de maña. La presidencia de Ruíz Cortines fue una de grandes caciques incrustados en el propio gabinete disputando la candidatura presidencial, no sólo gozaban de poder político y económico en sus regiones, también de cargo nacional, presupuesto federal y peso al interior del poder. Recordemos que con Ávila Camacho, su hermano Maximino, cacique poblano, abandonó Puebla y le tomó la Secretaría de Comunicaciones, en abierta lucha por la presidencia y murió misteriosamente en condiciones jamás aclaradas. Con esos antecedentes y varios caciques incrustados en su gobierno, el viejo zorro de Ruíz Cortines inventó el juego del tapado, una gran trama política de prestidigitación y entretenimiento con un golpe final pasmoso e irresistible.

Pero más allá de lo anecdótico, ese México jamás pudo compaginar el diseño de un Estado liberal, que solo ve individuos, con las estructuras diversas, enfrentadas y dispersas de órdenes e intereses comunales. La vinculación de aquellas para con el Estado sigue siendo mediada con liderazgos locales, como en el México prehispánico y colonial (Escalante Gonzalbo, 1992). El PRI tardío pasó de los caciques a los gobernadores, no sin el costo político de que cuando salían malos y hasta peores tenía que deshacerse de ellos, trastocando gravemente los intereses y el devenir de la región, así como la intermediación misma, la solución en una buena proporción terminaba en un conflicto agravado. Y tanto fue el cántaro al agua que terminó por quebrarse: Zedillo quiso quitar a Roberto Madrazo en Tabasco y las élites locales se rebelaron. Fox, que nunca entendió nada, les soltó la rienda y el presupuesto a los gobernadores llevando los niveles de corrupción y voracidades a condiciones propias de la demencia que terminaron por acabar con el poco prestigio que aún quedaba en esa figura. Hoy los gobernadores no gobiernan más allá de sus redes, que son su realidad y alcance real.

El Estado mexicano, pues, jamás ha tenido la articulación estructural para relacionarse institucionalmente con el ciudadano y sus organizaciones a lo largo y ancho de la República, tenemos en los hechos un régimen centralista disfrazado de federación intermediado por poderes fácticos regionales, y el poder central necesita y desconfía a su vez de sus intermediarios.

López Obrador aprendió la intermediación desde que trabajó con grupos indígenas en Tabasco y luego la explotó como ningún otro (Ver El intermediador), por eso, cuando se hizo de todo el poder, pulverizó toda organización intermedia política y de la sociedad civil, para ser él el único posible intermediador, siendo además el poder, para monopolizar toda relación posible con los individuos en México a través de un asistencialismo clientelar; el nuevo diseño del Estado mexicano responde a ese paradigma.

Pero, el vacío de intermediación regional no se llenó con sus ejércitos de chalecos guindas, sino por el crimen organizado y hoy Claudia no tiene ni gobernación ni gobernanza ni comunicación, ni cuerdas de transmisión, ni operadores. Bueno ¡ni partido!

A la presidente le impusieron a todas las corcholatas que, claro, la ven como incapaz; a todo el aparato de Gobierno, a diputados y senadores, a gobernadores, alianzas políticas, compromisos gubernamentales, astringencia presupuestal y financiera y, posiblemente, hasta criminales encamados en las alcobas del poder. Todo ello sin contar con la familia de López.

¿Cómo gobernar un país en el aislamiento absoluto, sin líneas de transmisión, sin leales propios, con gobernadores, sin estructuras intermediadoras, con el territorio tomado por el crimen y las secretarías por las tribus morenistas y compromisos políticos ajenos, rodeada de cancerberos, presionada por todos, retada hasta por las queridas, hermanos, esposas de políticos y por sus aliados electorales?

Por eso para Sheinbaum son tan importantes las elecciones del 27, para ver si le dejan meter la mano en la conformación del Congreso y postulación de gobernadores. Claudia, a diferencia del PRI, es una presidente que gobierna sin su partido y hasta con el partido dándole la espalda. El beso en la mano a Manuel Velasco recibió por respuesta una cachetada en la mejilla presidencial tan pronto los espacios de la extorsión política se pusieron sobre la mesa. Bueno, hasta el loco rabioso de Marx Arriaga no solamente le levanta el magisterio en su contra, sino que la reta acampando en una oficina pública sin ya tener cargo alguno configurando posibles tipos penales y faltas administrativas, pero, sobre todo, pretendiendo poner en jaque a poder Ejecutivo federal. Sheinbaum debiera estar más enojada con Mario Delgado que con Arriaga, habida cuenta que en lugar de solucionarle un problema le incendió la secretaría desde dentro. Si Claudia no puede correr a un desquiciado como este personaje insignificante y, en su caso, fincarle responsabilidades, ¿quién cree que le vaya a ser caso de ahora en adelante? Quita a Adán Augusto, pero no toca su fuero y lo manda a donde más daño le puede hacer: Morena. Sus aliados le rayan su reforma, Pablo Gómez y nada resultan lo mismo y más gravoso en los ámbitos de la operación política, el sarampión se le sale de control, se descarrilan los trenes, desde Washington se pitorrean de ella, en Morena por igual. ¿Está en condiciones de poder crear una red de intermediarios eficaces y leales en el 27? ¿Con quién en el territorio?

De hecho, el territorio se lo ha tomado el crimen organizado, así como la intermediación, ¿cómo romper esa trama perversa y suicida? ¿Con quién?, si no puede poner orden ni en su círculo más cercano.

Sheinbaum va al frente de una carreta desvencijada jalada por caballos enardecidos y desbocados, sin ninguna rienda de mando a su alcance, corre entre abismos e infiernos, la carga arde en llamas y la tormenta arrecia; no lleva a nadie de la región que conozca el territorio y sus secretos, quien al menos le pueda alertar oportunamente. Voltea a todos lados, nadie a la vista; clama por ayuda, nadie responde, todos están allí, lo sabe, pero la dejan sola, lo sufre.

La carreta es México, pero los compañeros de viaje de la presidente son capaces de abismarla al precipicio con todo carreta y caballos.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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