¿Es soberano un Estado que no puede cesar a un funcionario?
La presidente (con E) dijo que no iba a leer el libro de Scherer Ibarra. No se pierde de gran cosa, pero tampoco gana, mejor le hubiese ido contestando que no ha tenido aún oportunidad de hacerlo y mandar el tema al cajón de los cachivaches, pero ya sabemos que las entrevistas, aún las arregladas, no se le dan. Bueno, en realidad nada le sale.
Lo que sorprende es su lógica: “No lo he leído y no lo voy a leer, dice, porque la crítica y la autocrítica son importantes”, ¡qué confusa tiene la cabeza esta pobre mujer! No lo lee, ni lo leerá porque la crítica y la autocrítica son muy importantes, ¿luego entonces? Si son importantes, ¿no habría que leerlo? ¿o bien ni la crítica y le autocrítica le importan y le valen un sorbete?
Continuó la presidente: “nosotros somos parte de un movimiento de transformación -y repito que, aunque la crítica y la autocrítica se valgan-, siempre hay que ser consecuentes”. Otra vez salta al mismo y único sartén y sostén que tiene: nosotros somos un movimiento. Esa necesidad y necedad de estarse afirmando: “somos un movimiento”, “no somos iguales”, “soy hija del 68”, me recuerda a Nietzsche, quien decía que el que mucho habla de sí mismo, en los hechos se oculta, y también a Paz que nos dice que más que simular, los mexicanos disimulamos; simular es representar o fingir, es un acto de ocultamiento, en tanto que con el disimulo nos mimetizamos, imitamos a otros y por tanto nos negamos confundiéndonos con lo que nos rodea hasta reducirnos a una apariencia entre otras; a un nadie, a un ninguno. La máscara, decía el poeta, oculta pero al mismo tiempo delata, al ocultar, lo mismo que disimula.
Así, por el hecho de ser un movimiento hay que ser consecuente, dijo la señora Sheinbaum. La acepción de consecuente que usa es la de un obrar conforme a principios, pero ella no habla de principios, además, Morena no tiene principios, tiene una fraseología hueca y un catálogo de narrativas para sortear toda discusión y evitar una definición de sí. Pero, aunque los tuviera, la presidente ya dijo que hay que ser consecuente con el movimiento, ni con los principios ni con nada más. Por ello se niega a leer el libro, porque la pondría en la situación de tener que tomar una postura oficial a las denuncias de conductas probablemente constitutivas de delitos, lo que, a su vez, significaría ser consecuente para con las leyes mexicanas y la Constitución que protestó cumplir y hacer cumplir, por encima de con el movimiento.
Ser consecuente, siguió la señora presidente, “siempre, porque uno no está aquí por el poder ni nos impuso nadie más que el pueblo y llegamos a transformar y hay que ser consecuentes con lo que uno lucha en la vida".
¿No están allí por el poder? ¿No? ¿Y Marx Arriaga, y Adán, y Rocha, y Jesús Ramírez, y Villamil? ¿Le sigo? Es más, cada segundo que el loquito de Marx Arriaga alarga su montaje y atornilla su trasero al sillón del escritorio de la oficina pública que ha tomado para su insurgencia niega en los hechos el dicho presidencial. Insiste la presidente que lo suyo no es el poder, ¡se nota!, pero sí la transformación y para con ella hay que ser consecuentes, cualquier cosa que ello sea.
Sea como sea, el hecho es que no pueden. No puede el Estado mexicano cesar a un funcionario delirante, se les descarrilan los trenes, se les cae la economía, no han podido en siete años comprar medicinas ni vacunar niños y se deschongan los a unos a los otros peor que Alito a Noroña. Por cierto, Arriaga habla de asambleas y de un magisterio insurgente, pero no se sabe de nadie que lo acompañe en su sicosis. Y no dude usted que el propósito de enviar a Arriaga de embajador haya sido para probar suerte con el canciller, que no es diplomático, más si psiquiatra, a ver si así logra controlar al loquito, habida cuenta que Mario Delgado ya no pudo.
Pero sigamos con Sheinbaum, quien de lo consecuente nos llevó primero a los principios en un abstracto topus uranos, de allí a la inconsecuencia de no leer las críticas y autocríticas, a pesar de que le son muy importantes y hasta válidas, para luego saltar a que no llegaron al poder por el poder, ¡y ni para qué, si tampoco pueden! y, de allí, en un triple salto desde el ropero, a que nadie la impuso (no se ría), aunque los hechos afirmen lo contrario y tan la impusieron que se le siguen imponiendo. ¡Bueno, hasta Don Marx!
Termina así con que llegaron, no impuestos, a transformar y uno tiene que ser consecuente con lo que se lucha en la vida. De ser así, presidente: ¿si su lucha, según la fraseología de la secta, es no robar, no sería consecuente, no ya que usted lea, sino que las autoridades competentes investiguen las denuncias por robo al erario y malversación de recursos públicos que se achacan a varios prohombres y promujeres de su movimiento en el libro del que dice ser su asesor casi desde que usted nació? y aplique la misma medicina a los estribillos de no mentir y no traicionar.
Por cierto, en lo que nunca han dejado de ser consecuentes las tribus hoy en Morena, desde la arqueológica antropofagia del Partido Comunista mexicano en las catacumbas políticas, es en traicionarse.
Pero ¡qué le puedo yo decir, si Usted las vive todos los días!
En fin, distinguida presidente: ¡ni cómo ayudarla!
PS.- Favor de no distraerlos.
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