Elenita
Elenita, como él le llamaba, descansó con su muerte, no porque tuviese que cuidarlo en su agonía, sino por la que él le significó en vida. Qué hubiera dado aquél por observarla con los brazos implorando a su madre en el cielo aquella mañanera del 10 de mayo del 2019: “Mira mamá, tú que estás aquí, tú que estás en el cielo míranos aquí (…) mira mamá, yo creo que estás muy contenta, has de estar sintiendo que México ha cambiado mucho, que México va por un camino que nunca tú recorriste con los presidentes anteriores (…) mira mamá creo que somos muy felices este día entre mariachis y tantos corazones que nos acompañan”. Aquí o allá, ¡qué más da!, si yo creo que estás contenta porque yo estoy entre un pinche mariachi y acarreadas para la foto.
Atrás de ella López Obrador mal contenía el júbilo y la sonrisa, Elenita lo había hecho de nuevo: ¡qué día de las madres ni que madres!, como Jesucristo en las bodas de Caná, haciendo del agua vino, Elenita hizo de un festejo a las mamás mexicanas, un acto proselitista en favor del prócer iluminado, el mismo al que en un ya lejano 20 de noviembre del 2006 le había impuesto la banda presidencial en el Zócalo como presidente legítimo, en un acto circense de manicomio en el que era difícil escindir la locura del ungido dela de las vestales que en ese momento eran el mismísimo Congreso de la Unión. Acompañaban ese día a Elenita: Rosario Ibarra de Piedra, Jesusa Domínguez y ¡Claudia Sheinbaum! Y entre todas no lograban abrocharle la banda al Legítimo y Verdadero.
Para Uranga Elenita siempre fue una “muchacha maliciosa y traviesa” de “estudiada ingenuidad”, como cuando en su libro de entrevistas preguntó al expresidente Cárdenas: “por qué no es usted presidente”. Ingenuidad que por lo visto le acompañó aún incolumne hasta su versión: “¡Mira mamá!”
Ingenuidad, por otro lado “recetada” y “sin misericordia”, que acaba “por hostigar como una ración enorme de arroz con leche Nestlé”: “Mamá, ¡creo que somos muy felices!”
Para Emilio Uranga las entrevistas compiladas por Poniatowska en su libro, Palabras cruzadas, “son indefensas, su conjunto hace resaltar sin remedio su feo tono de monotonía, la edición me parece casi un acto de venganza de alguno de sus enemigos”. La obra toda, dice, “tiene un sabor a esfera de navidad (…) un alarde editorial moderno puesto al servicio de un mazapán”.
Pero si eso refiere de la obra, veamos lo que dice de su autora: “su hobby de niña bien es estar metida en un cenáculo de gente de izquierda (…) curioseando en una chorcha de radicales (que) ponen a Elenita a recitar slogans de propaganda sectaria. Después de un rato esto aburre en serio”.
En diversa crítica a otro libro de Elenita, Hasta no verte Jesús mío, halla la misma ingenuidad que le permite pasar “de la estética a la política con una simple dedicatoria”, refiriéndose a la de la autora: “A Jan, mi hermano (y como andaba por el vecindario); a todos los muchachos que murieron en 1968”, igualito que brincar de festejar a las madres a la matraca y la proclama.
Pero ese apostolado cansa y nada mejor que arrastrar su desastrada y exigua sombra, su cansancio existencial, su pesaroso escribir a otra proclama, porque tras Tlatelolco “todos nos hicimos viejos” y por tanto y a propósito de los fenicios: “¿Quién resucitara a los muertos?” Ya desde allí todo fue descoserse: “Siento que no hacemos nada, que nadie se mueve. Me siento cómplice por impotencia (…) ¿Dónde está nuestra indignación, nuestra rebeldía?” Y toda esta pintura como marco para poder llegar a preguntar “¿por qué no tenemos grandes dirigentes”, menos mal que no dijo salvadores, porque de lo que se trataba era de ver al Jesús suyo.
Para su mal fario se consiguió a un dirigente grande en locura y ya montada en ella hasta se lo presumió a su mamá en el cielo porque al fin había visto al Jesús suyo en la tierra.
¿Qué hubieran dicho Uranga y el mismo Ibargüengoitia de Elenita invocando a su mamá en Palacio Nacional, desaforada bajo la mirada de su Jesús entre mariachis y corazones?
El viejo PRI tuvo a Torres Bodet, a Agustín Yáñez, a Mauricio Magdaleno, a Mariano Azuela y a Martín Luis Guzmán… la 4T tiene a Elenita y a su mamá recorriendo tierras sin caminos.
PS.- Y ¡claro, a la gran poetiza Müller!
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