PARRESHÍA

Maestro de ciudadanos y ciudadanos entre los maestros

Maestro de ciudadanos y ciudadanos entre los maestros

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El daño hecho a la educación en México es de lesa humanidad y nos costará generaciones resolverlo, si no es que nuestra subsistencia misma como Nación.

Puntual como al recreo, la CNTE abandonó una vez más a sus alumnos para venir a extorsionar al gobierno, sembrar miedo y caos en los ciudadanos de bien, y convertir la vida en México en una peregrinación a la mierda, como dice mi querido amigo José Newman.

Por otro lado, nada nuevo bajo sus carpas: los mismos plantones, marchas, pintas, proclamas, pancartas, comales, tendederos, orines y basura. Los mismos energúmenos.

Muchos fueron los orígenes de este monstruo, pero quiero rescatar uno narrado con maestría por un actor de primer nivel, como lo era el secretario de Educación Pública. Me refiero a Torres Bodet, quien en sus Memorias nos obsequia su testimonio de la “Tormenta Magisterial”.

Daba inicio 1960, 3 mil aulas se habrían de construir, se entregarían más de un millón de libros de texto gratuito, el presupuesto para el ramo había subido de 1.5 millones a 1.9 para ese año, se habían revisado los programas de enseñanza de primaria, secundaria y normal, la UNESCO reconocía, en el marco del programa de la educación primaria en Latinoamérica, los resultados en México, pero la Escuela Nacional de Maestros había arrancado años antes al gobierno que cuando sus egresados no encontrasen acomodo por falta de aulas en el entonces Distrito Federal, recibirían un nombramiento oficial, que no implicaba hacer algo, es decir, por ¡no hacer nada!, y se les otorgaría bajo la figura de “comisión” para hacer ¡trabajos sindicales!... que tampoco hacían.

En 1959, gracias a la construcción de mil 700 aulas en la capital del país se había sacado de “comisión” a más de 3 mil maestros que, por tanto, ya cobraban por ¡trabajar verdaderamente! Pero, qué hacer en febrero de 1960 con los nuevos egresados con la demanda de infraestructura educativa prácticamente satisfecha en la capital del país. Conforme las inscripciones para ese año escolar, solamente se podrían contratar de 300 a 450 maestros, de un total de mil 200 egresados.

Leamos ahora a Torres Bodet: “Comisionar —con goce de sueldo— a los no empleables hubiera sido un error, sobre todo a principio de un año en que el plan aprobado por el Ejecutivo nos comprometía a atender a decenas de millares de niños carentes de escuelas en otras ciudades de la República”. En realidad, hubiese sido un crimen comisionar con goce de sueldo en la capital nacional a maestros para que no hicieran nada, en detrimento y discriminación de estudiantes de provincia privados de aula y maestro, así como a los demás educadores que sí devengaban su salario sudando la frente.

En diciembre del 59 López Mateos había turnado una iniciativa al Congreso de la Unión para expedir un decreto para que los egresados de las normales dependientes de la Federación cumplieran su servicio social —debidamente remunerados— en los sitios que la secretaría les asignase. Igualmente, se obligaba a todo joven al inscribirse en alguna escuela normal a suscribir tal compromiso, acorde a las necesidades del país y considerando, hasta donde fuese dable, la ubicación de residencia de su familia. El decreto entró en vigor el 9 de enero de 1960.

Ahora bien, la Escuela de Maestro llevaba el calificativo de ¡Nacional!, deviniendo en contrasentido que sus egresados solo pudiesen ser adscritos a una plaza en la ciudad de México y no en todo el territorio nacional, cuando, además, muchos de ellos procedían del interior del país y en muchas aulas de sus entidades hacían falta educadores.

Y así llegó la candelaria y con los tamales del 2 de febrero un grupo de egresados de la Generación 1959, autonombrados “Generación Lázaro Cárdenas” tocó la puerta de Torres Bodet, recibidos que fueron demandaron que el total de la generación, mil 178 egresados, se le otorgase plazas en la capital del país, ¡hubiese o no aulas! Inútiles fueron las explicaciones y ruegos del secretario. Regresaron el día siguiente y fueron atendidos por el funcionario responsable de la enseñanza preescolar y primaria. Tras largas discusiones firmaron un pliego petitorio demandando que, de ser adscritos fuera de la ciudad de México, además de su remuneración de ley se les cubriera el importe de sus pasajes y se les viaticara con una “suma equivalente a una quincena del sueldo que el presupuesto fijaba para los profesores urbanos de la Federación, con una condición más: que los estudiantes tuviesen ¡derecho a escoger! la ciudad de su destino. La Secretaría aceptó, pero en un primer momento, sólo 300 de los más de mil cien egresados firmaron sus nombramientos de inmediato, los demás aguardaron al inicio del ciclo escolar para ¡movilizar! ¿Le suena? El 18 de febrero se reanudaron las clases y para el 24, trescientos miembros de la Generación 59 tomaron sus instalaciones, no sin violencia, e iniciaron una ¡Asamblea! llamando a huelga ¿les suena también? Por supuesto, antes de la asamblea y su posible determinación, la toma de la Escuela hacía imposible las clases.

El servicio social era una solución remunerada y un doble acto de justicia: para con los niños sin maestro y para con los maestros más allá de Cuautitlán. Torres Bodet sostuvo aquel día que “para los maestros de vocación, ningún lugar de la patria puede constituir un destierro”, pero, sí se ve a contrarresto su afirmación, eran estos jóvenes los que por renuencia e interés personal desterraban a miles de niños de la oportunidad de superarse.

Finalmente, de los mil 178 de esa generación, 933 terminaron aceptando los destinos que les asignó la Secretaría; de ellos 496 fueron a provincia y 437 al Distrito Federal, pero 245 persistieron en desacuerdo. No se requiere mucha imaginación para saber que lo que decidieron fue un paro indefinido de normalistas. Muchos estudiantes no pararon por voluntad, sino porque su plantel estaba convertido en campamento político sindical. Tras semanas sin labores en la Escuela Nacional de Maestros, Torres Bodet afirmó: “Estamos atravesando una época de la historia en que la organización del futuro exige una concepción audaz e impone a las actuales generaciones heroicos desprendimientos. Mientras millones de hermanos nuestros, hoy en la infancia, vivan y crezcan sin escuela, lo que llamamos nuestro bienestar (…) será una condición vacilante y, por eso misma, angustiosa”.

Días después, Bodet recibió a una comisión de huelguistas: “Nunca me habían rodeado tantas chamarras sucias, tantas camisas huérfanas de corbata, tantas uñas luctuosas (…) Jamás escuché discursos más inconexos, afirmaciones menos veraces y más capciosas preguntas. No contentos con escribir sin ortografía, como lo comprobaban sus pliegos de peticiones, esos futuros ‘maestros’ peroraban sin ilación, oían sin entender y repetían hasta el cansancio los argumentos insustanciales con que trataban justificar su capricho de no salir de la capital”. ¿Qué diría hoy de nuestros especímenes diputados y senadores?

Bodet hace otro apuntamiento que deviene importante: “era precisamente la capital que había hecho a esos jóvenes (…) energúmenos jactanciosos, acostumbrados a exigir lo que otros hubieran tenido vergüenza de solicitar: establecerse de espaldas a la República, en la mitad de la urbe que esconde —a tantas mujeres y a tantos hombres— la verdad lacerante de nuestro pueblo… Imaginé lo que hubieran sido mis interlocutores al concluir su carrera profesional en alguna escuela de provincia. Acaso, no habrían demostrado ortografía más pertinente, ni mejor ilación en las fórmulas del discurso, pero hubieran sentido con mayor claridad el egoísmo de las demandas que les dictaban sus guías políticos”. Pero los muchachos no habían acudido a deliberar, menos a escuchar, vieron con desprecio al secretario y se retiraron.

El 22 de marzo, ¡líderes sindicales! y estudiantes tomaron los patios de la Secretaría de Educación, retirándose al anochecer. Se hicieron acompañar “por mujeres de condición humilde, y hasta con niños, que les servían de vanguardia —y de parapeto”.

Al día siguiente, 23, Torres Bodet canceló la matrícula del ciclo profesional de la Escuela Nacional de Maestros, los estudiantes que quisieran reincribirse deberían que aceptar las condiciones fijadas por el gobierno. En respuesta, el 24 le tomaron la Secretaría, pero ahora eran los ¡líderes de la sección IX! del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) que así mostraban el rostro de los verdaderos artífices detrás del ¡movimiento!, exigían una audiencia con el secretario, quien los recibió y le hicieron entrega de una solicitud formal para “que los grupos de las escuelas primarias capitalinas no deberían tener sino cuarenta o cuarenta y cinco alumnos (…) No les importaba tanto el mejoramiento de la educación de los niños cuanto el aumento en el número de afiliados a la sección que capitaneaban”.

Reducir el número de alumnos por salón de clases, si bien era recomendable, no era viable: no se tenían suficientes maestros, ni los recursos requeridos, ni las aulas necesarias. Además, “¿cómo explicar entonces, a los habitantes de los estados que, al fin de perfeccionar las condiciones de la enseñanza en la capital, dejaríamos sin instrucción a muchos millares de niños carentes de la fortuna de haber nacido en un área que pretendía gobernar, por lo visto, la poderosa Sección IX?”

Tras la negativa se extendió la toma de instalaciones indefinidamente, pero en horas fueron desalojados por las fuerzas del orden; regresaron parapetados tras mujeres y menores para apedrear cientos de ventanales de la Secretaría; una de tantas piedras cayó, tras estrellar un cristal, en el escritorio de Vasconcelos. Por la noche intentaron volver a tomar el inmueble y llegar hasta el despacho del secretario, uno de los ujieres cortó la luz y la policía volvió a retirarlos. Mientras los asaltantes porfiaban en tomar la Secretaría, la fuerza pública recuperó la Escuela Nacional de Maestros. Enterado Torres Bodet, ordenó que se suspendieran las instalaciones de internado y en horas se vaciaron éstas de todo mobiliario de comedores y dormitorios.

Llegó así marzo y 2 mil 471 alumnos se reinscribieron en la Escuela Nacional, “quedaba así en evidencia que la huelga no había sido en ningún momento expresión de una voluntad general de los estudiantes, sino de una minoría que no llegaba al 8% del total de los inscritos para ese ciclo y de la dirigencia de la Sección IX del SNTE.

Apagado ese problema surgió otro, ahora entre el SNTE y su sección IX, la lucha era de poder y por recursos, el SNTE suspendió a la dirigencia de la sección y lo que había sido un paro de alumnos, ahora lo fue entre maestros, su dirigencia sindical nacional y la sección del Distrito Federal. Tras marchas, pintas y plantones, el Consejo de Honor y Justicia del sindicato determinó destituir y expulsar a los dirigentes seccionales. Éstos dejaron pasar las vacaciones de verano y tan pronto se reanudaron las clases reiniciaron su ¡movimiento! para usar como ariete y presión a los alumnos abandonados en sus salones de clases. Se manifestaban ante la Secretaría exigiendo que ésta los reinstalara en sus cargos ¡sindicales! Los mismos que habían organizado el paro de normalistas, mandado a destrozar vidrios, inventado a maestros muertos por el Estado en sus destrozos y solicitado rebajar el cupo en los salones para ampliar la plantilla de profesores, ahora tocaban las puertas de la autoridad para obligar a un sindicato nacional a restituirlos en violación abierta a una resolución de su órgano de justicia interna. Más de mil 500 educadores se declararon en paro en favor de sus dirigentes, pero al no ser justificado éste, se procedió en contra de aproximadamente 200 por suspensión ilegítima de labores y abandono de empleo. El “Movimiento” terminó por desinflarse solo. En breve se expidió el reglamento del servicio social de egresados.

Pero la semilla estaba sembrada, Bodet lo veía con claridad: “La educación exige, en cada país, una acción general tendiente al mejoramiento efectivo de las condiciones económicas y sociales de toda la población (…) No es posible aislar a la educación del contexto económico y social. Si no realizamos una transformación efectiva de las condiciones agrícolas e industriales, que favorezca el desarrollo de nuestros pueblos, sería ilusorio fijarnos metas, buenas acaso para los países prósperos, y no para colectividades que se encuentran todavía ante el problema de atender a grandes necesidades materiales insatisfechas”, pero ello resultaba difícil cuando “muchas veces, el moderno maestro rural prefiere el inhóspito albergue del centro urbano más incoloro a la obligación de vivir y morar entre sus hermanos campesinos. ¡Ojalá no olviden las tradiciones de los misioneros humildes de la Revolución!” México, decía él, multiplicaba las escuelas por todo el país, “aunque no siempre nos sintiéramos orgullosos de nuestros maestros”, Bodet soñaba al “maestro de ciudadanos y ciudadanos entre los maestros”, pero en las normales no se enseñaba civismo y pronto ni en las escuelas.

Había entonces y hay hoy muchos que no quieren ciudadanos ni maestros verdaderos, al menos no como responsabilidad y exigencia, prefieren una sociedad de ignorantes y necesitados de lo más elemental, les son más fácil de someter o, aún más, de engañar para que ellos mismos se sometan por la promesa de una entelequia de zanahoria o de un triste mendrugo. ¿Qué diría Torres Bodet de las normales rurales hoy, controladas al alimón por la guerrilla, el crimen organizado y Morena; qué de la Sección XII —la CNTE— una gavilla de extorsionadores, destructores y energúmenos desvergonzados e insaciables, que han hecho del salón de clases un centro de adoctrinamiento faccioso, de los libros de texto gratuito un brumario del Capital de Marx mal leído por la farsa de Marxito Arriaga y de sus estudiantes rehenes de su miserabilidad? ¿Qué de los diputados y senadores representantes políticos de la CNTE, de Leticia Ramírez o Delfina Gómez como titulares de Educación Pública? ¿Qué del estado de abandono de las escuelas? ¿Qué de enfermiza voracidad?

Recientemente, el huachicolero Mario Delgado subió un video presumiendo como un gran logro el acceso indiscriminado y sin examen a la preparatoria, a sabiendas que no es un triunfo sino una felonía: de exigirse examen de admisión muy pocos lo aprobarían, exhibiendo así los lamentables retrocesos alcanzados por la Cuarta Transformación en la educación nacional. Formamos desencantados y frustrados, no ciudadanos responsables ni futuro.

Hoy el sindicato ya no exige plazas sin aula ni alumno, las impone; no da clases, se moviliza para la extorsión periódica; no enseña, adoctrina y envenena el alma de nuestros niños, se niega a ser evaluado, a ascender por concurso y por mérito.

Hoy, las plazas de maestro se ¡heredan!, como un bien, cuando es una relación laboral por servicios profesionales. ¿Cómo van a admitir un servicio profesional de carrera y exámenes de desempeño y conocimientos, si muchos no son educadores, son herederos?

El daño hecho a la educación en México es de lesa humanidad y nos costará generaciones resolverlo, si no es que nuestra subsistencia misma como Nación.

Para Nietzsche la igualdad tiene su haz y su envés, una es la elevación de todos, la otra es rebajar a todos, generalmente, a nuestro nivel. Nuestra educación y amplias franjas del magisterio educan para rebajar. Morena, lo ha dicho abiertamente, nos quiere de mascotas comiendo de su mano.

La educación debe iluminar nuestras vidas y embellecerlas, pero el paradigma del mexicano que tienen los detentadores hoy del poder no repara en el respeto, la civilidad ni el trato social, pisotea la ley, no modera el desmedro, no satisface la limpieza, ni el lenguaje, ni la más elemental cortesía y conmiseración; ostenta hosquedad, tiene apetito de fealdad física y del ánima, del dolor y la miasma. No me engaño con un mundo pulido y perfecto, todo pensamiento y arte es parido por heridas y derrumbes, no aspiro a una estetización que, como dice Biung—Chul Han, seda la percepción, la anestesia. Nuestra realidad, más que fea y maloliente, se ha vuelto pornográfica, apabullantemente obscena, repugnante. No es un problema de racismo, ni clasismo, es un proceso nacional de pudrición y bestialidad, es una forma sórdida y lúgubre de ver y vivir el mundo.

Si vemos bien, estetización y pornografía se dan la mano, el pulimiento perficiente de cuerpo, vestimenta y lenguaje es lo inexpresivo, incomunicable y vacío, responde más a vanidades narcisistas que a un deseo de reencontrarnos en el mundo y aceptarnos tal cual somos. La pornografía, específicamente la política, hace de su fealdad y vulgaridad, envueltas en ofensas y soberbias, un desvelado y avieso golpe de desastre, es decir, de sin estrellas (des—astrum), la pornografía política en su ausencia de contenido y excesos de excrecencias nos habla de una impotencia para construir patria en su indigencia de profundidad, mensaje y significado, en la exhibición de su ignorancia, vacuidad y ordinariez, en su fealdad explícita, en su fétida podredura, en una grosera y pringosa existencia, que llena nuestras vidas de un universo sin estrellas y sin luz, que hunde al mundo en un existir sin ardor ni flama, sin propósito ni belleza.

Nuestra educación hoy no ilumina ni embellece, no crea ciudadanos, y sin ciudadanos es imposible la polis, nuestra educación empobrece nuestro conocimiento y entendimiento del mundo y de nosotros, nos condena a un infierno de mierda.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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