Visita a la Tesorería
Este lunes 13 de abril fui a la oficina de la Tesorería en La Magdalena Contreras para sacar actas de nacimiento y más tarde acudir al RENAPO a tramitar mi INAPAN con datos biométricos.
Armado de buena voluntad y paciencia llegué a la Tesorería. Es un desastre el viaje. La calle hacia arriba llena de baches y cortes de circulación (ojo Clarita), camiones de basura y de materiales de construcción estacionados sin previo aviso en la estrecha calle de rimbombante nombre: General Álvaro Obregón.
Por fin llegué y naturalmente pregunté: ¿dónde puedo hacer el trámite?
-Arriba, hasta arriba. Siga la circulación.
No hay elevador y los viejos, con o sin bastón, debemos subir y subir agarrados de un barandal de latón.
Una vez lograda esta escala, arriba a la izquierda, en una discreta oficina está la Tesorería.
-Buenas tardes. Y el policía uniformado en descanso se levanta y ajusta su kepi.
-En un momento llegan.
-Gracias.
Mientras tanto, tome asiento.
Hecho está y una amable empleada me saluda con cortesía. Regreso la cortesía y le explico que necesito copias de actas de nacimiento y de matrimonio. Me pide la credencial del INE (sin la cual no se puede ir a ningún lado en este país). Repite con dificultad mi nombre y pregunta mi fecha de nacimiento. Escribe algún código en su teclado mientras revisa la pantalla.
-¿Cuántas copias?
Confirmo
-Muy bien. Aquí tiene. Vaya al OXXO, pague y regrese.
-¿Dónde?
-En el OXXO. Baje las escaleras, salga a la calle y camine hacia abajo hasta encontrar el OXXO. Pague ahí y regrese a recoger sus copias.
Sigo instrucciones. Bajo las escaleras despacio, deteniendo el tráfico. Les cedo el paso a más jóvenes y veloces caminantes. Llego a la planta baja. En una mesa frente a una heladería, en alguna parte leí que hoy es el día internacional del helado, veo a dos corpulentos agentes con sus placas sobre la camisa, son policías secretos, creo. Me indican cómo llegar al OXXO. Camino varias cuadras hacia abajo, del lado izquierdo. Sigo la corriente peatonal, paso otra heladería sin agentes, una tienda en remodelación, una peluquería, una florería, enfrente veo el mercado, una carnicería, una verdulería y como por arte de magia, volteo a la izquierda y ahí, frente a mí, está el OXXO. Subo la rampa entre cajones de fruta y aguacates. Respiro hondo, mientras imagino un apetitoso ceviche.
? Buenos días.
? Buenas tardes,
? ¿Puedo pagar esto aqui’?, enseñando al viento los recibos que trajé de arriba, como billetes premiados de lotería.
? Sí, aquí es. Después de la señora.
? Sí claro.
? Entonces, no tiene crema deslactosada.
? No, sólo ésta.
Por fin llega mi turno. Extiendo las hojas de referencia y ella revisa una por una. Son tres, dice. Yo asiento. Con una calculadora portátil suma y yo entrego un billete, lo revisa por ambos lados y va por mi cambio a la caja central. Antes de entregarlo revisa otra vez mis papeles, les pone una rúbrica que es una raya y una palomita. Salgo del OXXO orgulloso de haberlo logrado, como si hubiera recibido una medalla de oro por buena conducta. Camino de regreso y reconozco algunas caras. Una mujer policía con los ojos grandes metidos en el celular, la misma mamá vestida de verde agarrada de la mano de su misma hija también de verde, aunque más pálido. Llego a la misma plaza. Los agentes siguen ahí sentados, orgullosos de portar sus placas en el pecho. Subo las escaleras con el mismo esfuerzo, aunque con la certeza de saber que la meta está cerca. Ahí está mi silla y desocupada.
? Señorita, ya está pagado en el OXXO y le enseño las hojas rubricadas y selladas.
? Muy bien, un momento. Se levanta ella de su asiento y casi de inmediato dice: revise sus actas y firme de conformidad si están bien.
Estoy revisando y a punto de firmar cuando uno de los agentes secretos de abajo, interrumpe groseramente y ordenando demanda que la señorita lo atienda. Ella, con paciencia y colmillo retorcido, sin siquiera levantar la cabeza, le dice que en un momento lo atiende. El agente de la policía secreta antes sentado frente a la heladería de la planta baja, dice que él hizo cita. Que tiene que llegar a tiempo al Congreso. Ella sin levantar la voz le insiste que en breve lo atenderá. El policía refunfuña y no sé qué dice, salvo que es una simple pregunta y que tiene prisa. Antes que ella conteste, le digo a ella: oiga usted, está gente sigue tan prepotente como antes. Y le digo al policía secreto: pórtese bien o lo reporto y creo que todos en la oficina de la Tesorería quieren aplaudir y algunas tibias palmas escucho. Como por arte de magia y a la velocidad del rayo, la señorita me entrega mis papeles y dice: Gracias, que tenga buen día. Agarro mis papeles, mi libro de Los enamoramientos que me prestó mi prima dilecta y el bastón de mi mujer y vámonos rápido otra vez abajo. Esta vez salgo muy ufano, orgulloso y despacio. Atrás de mi escucho a los jóvenes decir que ¡Cómo es posible que en estas oficinas públicas no haya elevador para gente mayor! y yo por lo bajo contesto:
-Ya les tocará a ellos cuando lleguen a mi edad… si llegan.
Ya en la planta baja no quise voltear arriba, no fuera ser que el susodicho agente secreto me persiguiera por retobón. Debo aprender a callarme.
En fin, la próxima les cuento sobre la visita a Renapo para obtener los datos biométricos. Esa es otra historia.
En el atardecer veo que mi vida sigue y sigue esquivando baches y hoyos de regular tamaño y mientras me compro un helado de nuez con descuento en Santa Clara, por ser día internacional del helado.
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