PARRESHÍA

Nuevo constituyente

Nuevo constituyente

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No nos queda nada ya por delante más que el aliento de un nuevo constituyente y comienzo.

Solemos culpar de nuestro nihilismo político, entre otros a los partidos, unos al PRI o al PAN o a ambos, otros a Morena (aunque seguimos apostando a ellos), a nuestra democracia electorera y a porfiar por la misma crisis y fauna políticas. Pero nadie se hace cargo de nuestros delitos, negligencias, necedades y omisiones. Sin demeritar lo que de pecados corresponda a nuestros institutos políticos en su conjunto y separadamente debemos convencernos de que nuestra catástrofe no es absolutamente imputable a las élites sino, como Simone Weil escribió sobre la Tercera República en Francia, a “un desfallecimiento, una abdicación del conjunto de la Nación”, a nuestra “servidumbre anónima”, diría Benjamin. Siguiendo el razonamiento de Weil, el derrumbe de lo que quedaba del sistema político que construimos en los dos pasados siglos no causó “la más mínima sombra de pesar, de dolor o de cólera” en nuestros corazones. Su muerte fue en el más total de los abandonos, ¡anónima!, simplemente desapareció de la mano de decenas de miles de desaparecidos en México, sin tumba conocida, sin lápida ni memoria, sin registro, carpeta de investigación ni esfuerzo oficial de búsqueda, como todos nuestros desaparecidos, salvo que en su caso ninguna madre lo busca en basureros, barrancas ni eriales, nadie lo echa de menos.

En ese páramo nacional, la conquista del poder por Morena no fue ni épica ni agónica, fue como la muda llegada de los chichimecas al valle hoy llamado de México a tierras dejadas al olvido de los poderes entonces dominantes, o como una de tantas invasiones a baldíos, edificios y casas vacantes que han perpetrado y con las que alimentan la fidelidad de sus grupos de choque. Morena encontró espacios, voces e instituciones abandonados y en ruinas, y se hicieron de ellos cual plantón en Reforma.

Tenemos que reconocer que fuimos nosotros quienes dejamos a la deriva la vida política nacional, de hecho, y lo he mencionado en múltiples ocasiones, la denostación de la política fue la principal estrategia y moda políticas para, en palabras de Fox, sacar al PRI a patadas de Los Pinos. Políticos que con ese discurso se travistieron, académicos que salivaron por el poder, intelectuales convertidos en marionetas mediáticas, tránsfugas que cambiaron de dueño y prerrogativa, delincuentes que así tejieron redes, cuerdas y amarres entre el poder y el crimen, empresarios, concesionarios, permisionarios y contratistas expertos en la corrupta cortesanía del culiempineo.

Y así como la Tercera República murió mucho antes de la invasión alemana, nuestro sistema político desapareció sin rastro histórico.

El hecho es que requerimos “inventar una nueva vida” (Weil). Pero una nueva vida implica aceptar la muerte de la previa. Por eso Nietzsche narraba de aquel hombre al que todos tiraron de loco y que con una linterna encendida buscaba en pleno día a Dios en el mercado, es decir en el espacio público, porque solo así lograba hacerse entender de que Dios había muerto.

Nietzsche sabía que Dios o es o no es, pero que no se le puede matar, lo que sí se puede hacer es matar la idea de Dios en nosotros y que el nihilismo de su época, como hoy el nuestro, era producto de un total vaciamiento de valores, por eso el loco afirmaba “lo hemos matado, vosotros y yo (…) ¿Pero cómo hemos hecho esto? ¿Cómo hemos sido capaces de beber todo el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar todo el horizonte? ¿Qué hemos hecho al desprender la tierra del sol? ¿Hacia dónde se mueve ahora? ¿Hacia dónde nos movemos nosotros? ¿Lejos de todos los soles? ¿No nos precipitamos permanentemente? (…) Aquí calló el hombre loco y volvió a mirar a sus oyentes: también ellos callaban y lo observaban sorprendidos. Finalmente, lanzó al suelo la linterna, que saltó en pedazos y se apagó. “Llego demasiado pronto, dijo entonces, no es aún mi tiempo. Este acontecimiento monstruoso está todavía en camino y se desplaza, no ha llegado aún a los oídos de los hombres. El relámpago y el trueno necesitan tiempo, la luz de las estrellas necesita tiempo, los actos, para ser vistos y oídos, necesitan tiempo aun después de haber sido realizados. Este acto les sigue siendo más lejano que las estrellas más lejanas ¡y sin embargo lo han hecho ellos mismos!’ Y tal es nuestro caso, como aquella estrella que murió hace millones de años, pero cuya luz viajando por el universo aún nos llega en la nocturna bóveda celeste, así también la sombra del zombi de nuestro sistema político nos impide ver todavía su muerte y que nos roce el soplo de su vació (Nietzsche).

Para Nietzsche la afirmación de Dios ha muerto alude más allá del ámbito estrictamente religioso, se refiere a toda la metafísica occidental con la que enfrentamos al mundo físico en que vivimos, el mundo de las apariencias que se presentan a nuestros sentidos en el espacio y en el tiempo. El mundo de la metafísica es el mundo de las esencias, de las ideas, solo accesibles a nosotros por el entendimiento, mundo al que hemos sobrevalorado por sobre el objetivo, así como al pensamiento por sobre el cuerpo y sus apetitos “pecaminosos”. Por eso, con el loco en el mercado, concluye que aún es muy temprano para que los hombres se permitan admitir el soplo del vacío de perder el mundo metafísico que por siglos nos engañó con una paz, cobijo y esperanzas trascendentes. Es este quedar descobijados y sin un más allá, lo que nos paraliza para deshacernos de una vez por todas de su ficción, no es la muerte de Dios cuanto la del mundo platónico de las ideas, el topus uranos recogido por el cristianismo; el despertar de la ciencia y del pensamiento crítico, pero por igual el de la deshumanización de los totalitarismos populistas y policiacos. Sin embargo, para Nietzsche los huérfanos de Dios tenemos la oportunidad de un “nihilismo activo” es decir, la oportunidad de crear un nuevo mundo a la medida verdadera del hombre y de la vida inmanente. En el fondo, Nietzsche encuentra en todo metafísico un miedo a la vida contra el cual se resguarda en el mundo preciado, perfecto y eterno de las ideas; miedo al caos, a lo imperfecto, a lo confuso, a lo perecedero; un miedo al tiempo. Carencia de sentido histórico, le llamaba, “odio a la representación misma del devenir (…) egeptisismo. Los filósofos creen tributar un honor a una cosa cuando la deshistorizan, cuando la tratan sub specie aeterni (desde la perspectiva de lo eterno), cuando hacen de ella una momia. Todo los que los filósofos han venido manejando desde hace milenios eran momias conceptuales; de sus manos no salió vivo nada real. Ellos matan, rellenan para disecar, esos señores que rinden culto a los ídolos conceptuales”.

No obstante, con Nietzsche tenemos que admitir que “algún sol se ha puesto, alguna confianza antigua y profunda se ha convertido en duda” nuestro viejo mundo tiene que parecernos “cada día más crepuscular, más desconfiado, más extraño, ‘más viejo’ (…) el acontecimiento mismo es demasiado grande, demasiado lejano, demasiado apartado de la capacidad de comprensión de muchos como para que pueda decirse siquiera que su noticia ha llegado; y que muchos sepan qué ha ocurrido propiamente con él”. Pero, agrega, “por fin el horizonte nos parece de nuevo libre, incluso si no está claro, por fin podemos hacer que zarpen nuestros barcos hacia todos los peligros, todas las empresas arriesgadas del hombre de conocimiento están de nuevo permitidas, el mar, nuestro mar está de nuevo abierto, quizás no haya habido nunca un ‘mar tan abierto’”.

Demasiadas vetas éstas de Nietzsche, tratemos de organizarlas para retomar nuestro tema. Como bien lo ha explicado Agamben, todo el edificio conceptual político de occidente se desplanta sobre el concepto de la vida políticamente calificada por lo ciudadano, una ficción de vida por sobre la nuda vida y real, sobre la vida biológica común a todo lo humano. A esa ficción la revestimos de las de Estado, soberanía y orden jurídico, pero todo ello, como la idea misma de Dios y valores inmemorialmente aceptados, nos son cada vez más crepusculares, desconfiados, extraños, viejos e inservibles, a todos ellos los hemos deshistoriado, vuelto momias, egeptizado. Creemos que siempre han estado allí y que siempre seguirán estándolo, y, por supuesto, tememos a su desaparición, sin darnos cuenta de que con ella habríamos quitado todas las mojoneras de nuestras ficciones, roto todos los corrales de nuestro entendimiento y zarpado a un horizonte inmarcesible. Es decir, ¡un nuevo comienzo!

Y nada podría resultarnos más paradójico, porque todo concepto político occidental se funda sobre el hecho del nacimiento. Fue el origen aqueo y divino de Erictonio el punto de partida de la Nación, la pertenencia, la exclusión, los derechos, la política, lo ciudadano y la Pólis, fuera de Atenas todo era barbarie; el logos sólo estaba en ellos. Fue la autoctonía el principio de todo, y hoy nos vemos obligados a regresar nuevamente al concepto de nacimiento, pero ya no como jus soli ni jus sangüini, tampoco como fundamento de lo autóctono y lo bárbaro, sino en la concepción de San Agustín de un nuevo comienzo: “el hombre fue creado para que comenzara algo. Con el hombre llegó al mundo el comienzo”. Y de eso se trata cuando hablamos de una nueva vida.

Pero una nueva vida política significa el fin de un modus vivendi de los que se llaman a sí mismos clase política y políticos profesionales, esos que viven de elecciones interminables que cada vez entusiasman a menos, de la hechura de candidatos de microondas, de los negocios de la publicidad degradante, de las campañas, conflictos y violencia políticos, de los dilatados presupuestos públicos. Esos que a sub sub specie aeterni egeptizan todo rehusándose a devenir y desaparecer. Admitámoslo, no defiende otra cosa que una burocracia de sobrevivencia. Unos buscan no perder su parcela de poder, su patente de corso política; otros revivir al embrujo de una última reforma electorera; hay quien apuesta al embrujo de elecciones primarias, algunos a las segundas vueltas, a nuevos partidos, nuevos políticos, nuevos tenis, candidatos de betún, o bien, aunque sea, un nuevo cambio de carpa, trapecio o látigo. Todos en el fondo son como los hombres en el mercado, negándose a aceptar que su ficción de democracia ha muerto.

Y aquí echo mano nuevamente de Weil: no necesitamos de una elección más, de otra xochilmanía o copete de telenovela, de una reforma adicional, de nuevos o reciclados partidos y políticos; requerimos de un Congreso Constituyente.

Difícil a cuál más, pero necesario. ¿Cómo constituir algo en un México que dejó de generar pensamiento político hace décadas? ¿Con quiénes constituir una nueva vida política si todos somos políticamente zombis? ¿Cómo liberarnos de las taras partidistas, su publicidad degradante y analfabetismo político? ¿No tendríamos primero que romper el monopolio partidista de las candidaturas, de enterrar lo más profundo posible y boca abajo al INE y al Tribunal Electoral, desterrar a los Pablos Gómez, Lorenzos Córdobas y próceres que los acompañan, de arrasar con la teología política del obradorato, es decir, de recuperar el pensamiento crítico y libre? ¿Cómo servir vino nuevo en odres viejas? ¿Cómo construir algo nuevo sin destruir antes todo lo que sea necesario derruir, cómo hacerlo sin destruir a México ni a nosotros mismos? ¿Cómo lograr que lo que se constituya sea verdaderamente un nuevo comienzo, después de tantos espejismos irracionales como nuestra transición, democratización, ciudadanización, alternancia y, ahora, transformación?, ¿no son todas ellas prueba fehaciente de nuestro cinismo épico y suicida ceguera? ¿Cómo aspirar a un Constituyente con un sistema electoral y clase política sadomasoquistas?

Y aquí viene en nuestro auxilio Walter Benjamin: “Si en una institución jurídica desaparece la consciencia latente de la violencia, ésta decae. Un ejemplo de este proceso en este período (escribe esto en 1920 tras la Primera Guerra Mundial) nos lo ofrecen los parlamentos. Ellos dan un conocido y triste espectáculo, porque no siguieron siendo conscientes de las fuerzas revolucionarias a las que deben su existencia (…) Les falta el sentido de la violencia creadora de derecho que se representa en ellos; no sorprende entonces que no lleguen a decisiones dignas de esa violencia, y que en cambio, mediante el compromiso, hagan un manejo de los asuntos políticos que se pretenden sin violencia”. El concepto violencia manejado por Benjamin debe ser considerado en sus méritos y matices, habida cuenta que escribe analizando la relación entre derecho y violencia en una época convulsa de la Alemania de la entre guerra y bien podríamos decir que habla de una violencia civilizada o, como él la califica, creadora, a un tiempo fundadora y garantista del derecho.

Lo más importante, sin embargo, es el contexto en que hace valer su aserto: “la tesis de la trascendencia soberana del poder constituyente respecto de todo poder constituido”. Veamos, para Benjamin no existen solo dos fuerzas legislativas (violencia creativa), una constituyente y otra constituida, lo que en México designamos poder constituyente, originario y que instituye derecho, y poder constituyente permanente, derivado y que lo conserva. Para él existe una tercera fuerza que rompe esta dialéctica circular: “La ley de las oscilaciones (entre la violencia que establece y la violencia que conserva el derecho) se funda sobre el hecho de que toda violencia conservadora, a la larga, debilita indirectamente la violencia creadora que está representada en ella, a través de la represión de fuerzas hostiles”. El ejemplo más a la mano es el comportamiento gandalla y atrabiliario de la sobremayoría espuria de Morena y amancebados para destruir la Constitución mexicana al grado de reformarla para que sus reformas constitucionales no puedan ser impugnadas, así nieguen la Constitución constituida, para defenderse de lo que consideran fuerzas hostiles por defender un orden jurídico que en los hechos destruyen. Un ejemplo aún más grave es la violencia criminal que instituye en amplias franjas del territorio nacional un nuevo derecho por sobre el constitucional en su doble versión constitutiva y conservadora del orden jurídico nacional.

Ante ello Benjamin sostiene: “Esto dura hasta el momento en que las fuerzas, o aquellas que estaban oprimidas, prevalecen sobre la violencia que hasta ahora había establecido el derecho, y así, fundan un nuevo derecho destinado a una nueva decadencia. Sobre esta interrupción de este ciclo, que se desarrolla en el ámbito de las fuerzas míticas del derecho, sobre la deposición del derecho junto a las fuerzas en que éste se apoya (así como éstas en él), y, entonces en definitiva, del Estado, se basa una época histórica”. Esta tercera figura, nos dice Agamben, no establece ni conserva el derecho, lo de-pone. Por su parte Derrida alerta que Benjamin escribió esto antes de la “solución final nazi”, razón por la cual Benjamin no podía alertar, entonces, cosa que Derrida sí hizo, que la violencia de un Estado que no instaura ni conserva el derecho, sino que lo suspende en su supuesta defensa y conservación de él, es decir, un estado de excepción por el cual aplica la norma desaplicándola y ilocalizándola. Ver Vida y vida ciudadana. Cerremos este apartado diciendo que Benjamin, fiel a su formación marxista, creía en un fin de la historia, en donde no fuese, ya necesarios ni el derecho ni la violencia, una especie de paraíso de convivencia sin Estado.

Pero regresemos al fondo de la tesis de Benjamin, él enfrenta dos fuerzas o violencias, una que instituye la norma y otra que la conserva. Aquí Benjamin muestra una influencia de Nietzsche para quien: “Lo que se encuentra ya en la existencia, ¡cómo no podría querer la existencia!”. Ahora bien, ese querer la existencia la despunta Nietzsche sobre el entendimiento de que el universo es “un relacionarse entre sí de una pluralidad de centros de fuerza que tienen las mismas características de lo que nosotros conocemos como voluntad, o sea, cómo querer”; por ende, lo que impulsa el movimiento del mundo “es la interacción de estas fuerzas o voluntades unas con otras”. Estas fuerzas, como las de la vida en una selva, compiten unas con otras por su subsistencia, al mismo tiempo de formar un ecosistema autosustentable en el que todas son interdependientes.

Deleuze lo explica a partir del cuerpo, que no es otra cosa que un “campo de fuerzas, un medio nutritivo disputado por una pluralidad de fuerzas (…) Únicamente cantidades de fuerzas ‘en relación de tensión’ unas con otras. Cualquier fuerza se halla en relación con otras, para obedecer o para mandar. Lo que define a un cuerpo es esta relación de fuerzas dominantes y fuerzas dominadas. Cualquier relación de fuerzas constituye un cuerpo: químico, biológico, social, político. Dos fuerzas cualesquiera, desiguales, constituyen un cuerpo a partir del momento en que entran en relación: por eso el cuerpo es siempre fruto del azar (…) y aparece siempre como la cosa más ‘sorprendente’, mucho más sorprendente realmente que la conciencia y el espíritu”.

Deleuze explica: “El cuerpo es un fenómeno múltiple, al estar compuesto por una pluralidad de fuerzas irreductibles; su unidad es la de un fenómeno múltiple, ‘unidad de dominación’. En un cuerpo, las fuerzas dominantes o superiores se llaman activas, las fuerzas inferiores o dominadas, reactivas”. Pero las fuerzas reactivas al obedecer no pierden su carácter de fuerza. Al igual que mandar, “obedecer es una cualidad de la fuerza como tal, y se relaciona con el poder igual de mandar”. En cita de Nietzsche, Deleuze arguye: hay que “averiguar en qué medida hay repugnancia en la obediencia: la propia fuerza no es completamente eliminada. Así también en el mundo hay una confesión de que la fuerza absoluta del adversario no es vencida, no es incorporada, disuelta. El ‘obedecer’ y el ‘mandar’ resultan formas de un juego en lucha”. En otras palabras, la pluralidad de fuerzas irreductibles siempre está lucha y en un precario equilibrio.

Regresando a Benjamin, nadie puede garantizar que la fuerza que conserva lo haga verdaderamente y no termine por des-constituir y des-conservar lo originalmente constituido y a bajo su cargo, Así, nos dice, la violencia que conserva el derecho a la larga debilita indirectamente la violencia creadora que está representada en ella, a través de la represión de fuerzas hostiles, y frente a este circuito en el devenir la propia fuerza conservadora termina desgastada y rebasada por fuerzas emergentes que instauran un nuevo orden jurídico y un nuevo ciclo.

En ese tenor habremos de terminar de darle las gracias a Morena por la febrilidad, descuido y prisa con que destruyó el orden constituido, removiendo fuerzas aletargadas y despertando otras dormidas, terminando por vaciarnos de lo constituido y lo conservado, hundidos en la nada de nuestro nihilismo. Su urgencia apresuró el fin de su ciclo y con él las barbaridades políticas, jurídicas, económicas y sociales de su haber.

No será fácil, pero no nos queda nada ya por delante más que el aliento de un nuevo constituyente y comienzo que nos abran paso a una nueva vida, a otro entendimiento de la vida humana, a otras formas de relación, de comunicación, de convivencia y de participación.

No podría con Benjamin asegurar que éste será el fin de la historia, pero sí, casi seguro, el del Estado, orden jurídico, soberanía y ciudadanía tal y como los hemos conocido y que dejaron de ser funcionales posiblemente después de la Segunda Guerra Mundial.

A menos que nos empecinemos en ser como aquellos hombres en el mercado en el eterno retorno de cambiar sin cambiar.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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