Desumbrados
Dijimos el sábado que las mañaneras rompen la línea y narrativa del tiempo, pero su problema va más allá, no sólo rompe la temporalidad, pretende salvarse de ella privándonos de su perecibilidad, todo tiempo pasa y termina, no hay duración eterna, por lo menos no la conocemos: todo perece, pero las mañaneras en su redundancia trastocan el recuerdo con la repetición, para Kierkegaard el recuerdo repite retroactivamente, la repetición recuerda hacia delante. Algo muy propio y entendible de los liderazgos carismáticos, que no confían en nadie, ni en el tiempo. No crean instituciones que les puedan sobrevivir, crean cortes de lealtades que solo adoren, recuerden y repitan.
La repetición de la mañanera, a diferencia de los ritos, no crea comunidad y sí vacío; explota odios y resentimientos, revive rencores y hace de ellos resonancia y adicción (Byung-Chul Han).
Pero dijimos también que las mañaneras rompen la narración que implica fases temporales: principio, desarrollo y fin; se re-memora acontecimientos hechos ya historia, de hecho, remembrar e historiar son lo mismo acerca de un transcurrir pasado. Por eso las mañaneras no narran, no discurren, no tienen visión de conjunto ni lógica temporal, no buscan comprensión, sólo ofuscación.
Las mañaneras no rehúyen únicamente el transcurrir, también su final, por eso su enfermiza necesidad de regresar una y otra vez a un mismo pasado condenable, cual si no hubiese fenecido, en un afán de así exorcizaran su propio porvenir y muerte, cuando en realidad se entierran, podría decir que, físicamente hablando, en una muerte ajena para así evitar vivir su tiempo y vida; pero perecer es a la vida como la noche al día, sin ocaso no hay aurora. La creencia en lo imperecedero de las mañaneras y, para el caso de Morena, impide no solo su presumida “regeneración”, esteriliza nuevos comienzos, sumiendo todo en una noche eterna. Para Nietzsche “en cada instante comienza el ser”, y paradójicamente nombra al instante como el umbral en el que chocan pasado y futuro, y donde es posible imprimir el ser en el devenir. Pues bien, la mañanera niega ese umbral y al devenir que por él transcurre. Umbral no es solo una marca en el espacio y en el tiempo, es también un “valor mínimo de una magnitud a partir de la cual se produce un efecto determinado”, por ende, negar todo umbral impide el surgimiento de los tiempos específicos como nacer, crecer y morir, y por lo tanto del transcurrir de una fase a la otra, esa magnitud mínima que produce un efecto determinado: hacer más de sí, no solo subsistir en el vacío y sinsentido.
Dice Han que los umbrales “narran, ordenan; son transiciones que requieren tiempo”, más allá de ellos está lo nuevo y lo distinto, “sin la magia del umbral está el infierno de lo igual”. Y las mañaneras son ese infierno, siempre iguales, y ese es el pecado y condena de Sheinbaum: ser igual; pero no nos confundamos, no ser igual a López, ser igual a ella misma, sin cambiar, sin crecer, sin madurar, sin poder corregir, incluso, sin final de su infierno… sin “transición”.
Pero el castigo no es sólo a Claudia, es principalmente de México, así sentenciado a detener su transitar y cambio, con todo umbral y magia borrados.
No, no estamos ante la Cuarta Transformación, estamos ante el fin de toda transformación, en una mañanera eternamente igual.
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