PARRESHÍA

Gramsci y López

Gramsci y López

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Me es claro que López nunca leyó a Gramsci ni lo hubiese entendido.

Los reyes filósofos de nuestro sueño de democracia apostaron todo a acuerdos cupulares, a una apariencia de asepsia, civilidad y modernidad políticas, a espacios burocráticos y presupuestales cedidos o abiertos exprofeso, y a una alternancia hechiza y sobre todo vendible; seis años después se espantaron de sus logros cuando “un peligro para México”, jugando con sus propias reglas -“haiga sido como haiga sido”- se les coló por peteneras: “¡Y yo que me la llevé al río creyendo que era mozuela!”

Ya con el monstruo en casa apostaron a las artes y negocios de Televisa: un galán de pacotilla, un amor de revista de escándalos y la artista más taquillera del raiting. ¡Qué podía salir mal!

La tercera fue la vencida, ya no hubo artes al alcance del dinero ni la impostura, los reyes filósofos de nuestra democracia estaban absortos de las sombras en la caverna y nunca sintieron a Atila adentro de la cama, todo y todos habían sido doblados por el peligro para México; el galán de Televisa, ya muy venido a menos, pactó impunidad en la impudicia y entregó el poder antes de tiempo.

Todos creyeron que el peligro se contentaría con remar con lo que pudiese por seis años y como el figurín de telenovela pactaría un retiro dorado. Se equivocaron, instauró el mesianato hederitario.

Para Gramsci quien controla la cultura controla la política, pero el peligro para México piensa al revés: quien manda en política impone la cultura. Para el primero no es hacerse del poder político lo que importa, sino cambiar lentamente lo que llama “hegemonía cultural”, nótese el sustantivo utilizado y el carácter de calificativo al que reduce la cultura, donde ésta ya no es lo importante, sino su control cargado de dominio y subordinación. No se requiere por tanto un golpe de timón, sino la paciente y sutil inoculación de un conjunto de valores, narrativas, categorías y marcos interpretativos diversos a los considerados como legítima normalidad. Para ello propuso una inteligente y gradual batalla cultural en cinco frentes e igual número de instituciones generadoras o transmisoras de cultura:

La educación, el más importante de todos los frentes, porque en él se transmite la visión del mundo imperante, lo que en una sociedad se considera como sentido común; de allí la necesidad de controlar los contenidos, planes y materiales de estudio, por igual la docencia, acomodar la historia a su favor, construir villanos, instaurar guerras santas e imponer un lenguaje y conversación propicios. Así empezó la toma de las universidades y sus libertades.

Los medios de comunicación en tanto amplificadores y consolidadores de lo que la educación siembra; los medios por cuanto administradores del humor social, monopolio de la atención y distracción de la opinión pública, generadores de la hegemonía comunicacional, controladores de las categorías del lenguaje (hegemonía, traidores, conservadores, racistas, clasistas, neoliberales) y árbitros y jueces de la conversación (bien y mal, verdad y otros datos).

Arte y la cultura, el más sutil de los frentes porque en él no se impone, se muestra, enamora, emociona, obnubila, se sueña.

La religión, un frente bastante desmejorado más importante, a Gramnsci le importa no tanto por su doctrina sino por la fuerza de sus creencias, la febrilidad de su feligresía, la certeza de una conquista trascendente y su estructura parroquial. La religión política, como lo fue el nazismo y lo es el obradorismo, son prueba de ello.

Finalmente, la familia como un espacio de transmisión de valores al margen del Estado, la religión, los medios, el arte y la educación; un espacio privado y consolidado por la tradición y los prejuicios, razón por lo cual es el más difícil de conquistar, pero indispensable. Gramsci propone transformarla gradualmente ampliando su definición hasta borrar sus fronteras, hasta hacerla un espacio público, luego cuestionarla en tanto transmisora de valores de carácter hegemónico y autoritario, y de naturaleza conservadora y mojigata, y, por último, transferir al Estado funciones formativas propias del ámbito familiar.

López Obrador es testarudo, pero no paciente, no se tardó doce años en recibirse construyendo una gran formación, sino dilapidándola, y en su incesancia delirante no tenía tiempo, pero tampoco disposición de ánimo, ni capacidad personal para encabezar una revolución cultural, lo suyo era asaltar la democracia desde dentro y sodomizar al poder público desde la oposición, y una vez alcanzado aquél, primero destruir todo el entramado institucional y comunitario para asegurar su hegemonía política y luego intentar una transvaloración cultural, no paciente y menos inoculada, sino impuesta sin orden ni concierto.

López no solo adoleció de paciencia, método y tiempo, también y principalmente de equipo, así, su cambio educativo consistió en pagarle a la CNTE sus servicios de falange, regresándole todos sus botines y negocios de extorsión, encargó los libros de texto a ¡Marx Arriaga!, digno exponente de aquel corral; la SEP la dejo en manos de Esteban Moctezuma, Delfina Gómez y Leticia Robles, no hace falta decir nada más. El control de medios lo entregó al bañagatos y su mozo de espadas, Villamil; en materia de arte y cultura descuellan la poetisa Müeller, Taibo y Epigmenio, sin olvidar a Elenita y Jesusa; en religión se basta solo y en materia de familia la bombardeo con becas, abrazos al crimen organizado y privándole de todo servicio público y apoyos sociales y comunitarios para obligar a todos sus miembros a comer de su mano cual mascotas. Por ideológos se rodeo de caricaturistas, su hijo Andy, Adán Augusto y Bartlett.

Desesperado, ya fuera de su sexenio, impuso al nuevo gobierno (es un decir) reformas sin implantación social, viabilidad ni destino.

Me es claro que López nunca leyó a Gramsci cuando alertó del riesgo de hacerse del poder sin primero haber modificado el sistema de valores culturales ya que la próxima generación habrá de revertir los cambios políticos sin mundanidad cultural, pero de cualquier forma López jamás lo hubiese entendido, y como él siempre tiene otros datos optó por el poder como instrumento para el control cultural y no al revés.

Principalmente en Europa, durante los últimos 89 años -Gramsci muere en 37-, el gramscismo ha avanzado paciente y silente en los cinco frentes designados y ello en gran parte explica las crisis que nos aquejan globalmente, un profundo pero superficialmente imperceptible cambio cultural, aún en proceso.

Ante ello nos quedan dos caminos, el primero es entender que enfrentamos una guerra cultural no declarada pero a muerte y que no la podemos pelear y menos ganar en una elección, con nuevos partidos o inventando candidatos de ocasión; tampoco se trata de marchar o concentrarnos efímeramente; debemos hacernos a la idea de que será una lucha larga y a contracorriente, poner atención en los cinco frentes mencionados y para cada uno de ellos diseñar una estrategia focalizada, empezando por dar la batalla en el lenguaje y las categorías del entendimiento para revertir o al menos atemperar las narrativas y categorías impuestas y repetidas hasta la saciedad: dominación, explotación, clasismo, conservadurismo, privilegio, corrupción, traidores, etc.. Lo segundo es tener presente, es decir traer siempre a nuestra atención consciente, que en nuestro caso el hecho de que López haya alterado el orden de los factores reporta un cambio cultural a medio hacer y bajo las características de malhecho, inconsistente y descuadernado, sin estrategia, programa ni orden, sin columna vertebral ni defensas, porque la Chaira no tiene valores que imponer a cambio, tampoco gente que lo pueda hacer y menos capacidades para lograrlo.

De hecho el obradorismo es víctima del cambio educacional que impulsa, a López y a su iglesia no les enseñaron a pensar, sino qué pensar, luego entonces son impotentes para generar pensamientos y valores, que siempre son producto del juicio, último paso del pensamiento; por eso tuvieron que dejar el cambio cultural como un acto de autoridad y coactivo, por eso primero destruyeron todo a sabiendas que con nada podrían reemplazarlo: más vale la nada a la pérdida del poder.

Se pueden comprar a un Yunes y Murats, gobernadores y periodistas, bueno hasta a dueños de medios y Lorenzos Meyer, pero no se puede comprar pensamiento, por eso, tras siete años en el poder y veintiséis en la brecha no han podido pergeñar un miserable ensayito que los explique.

Ni podrán.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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