Metafísicos de la democracia
Nuestra democracia tiene mucho de platonismo cristianizado, sin faltarle el sincrético champurrado de nuestra teogonía prehispánica. Por tanto, la nuestra es una democracia eminentemente metafísica, una sombra platónica, una idea universal absoluta, esencial, reinando en un universo ajeno e inalcanzable.
Cuando nos independizamos hicimos de las ideas de nación, república, federación, democracia, soberanía y ciudadanía fundamentos constitutivos de nuestro ser nacional, pero a nadie se le ocurrió hacerlas formas de vida y menos responsabilidades compartidas. Desde entonces son conquistas estáticas, no permanente aspiración ni dinámica.
Frente a esas sombras proyectadas sobre el fondo de la caverna platónica, afuera, a plena luz, la vida se vive cotidianamente en las contradicciones e imperfecciones de la realidad, pero en lugar de atenderla en sus méritos renegamos de ella por no plegarse a su diseño ideal y luego sorprendernos cuando, una y otra vez, la perfección de lo ideal nos da la espalda y condena al hoy y al aquí.
Nuestra metafísica sincrética es el fondo una fuga de la vida y de su responsabilidad; si todo se decide fuera de ella y de nuestro alcance, no podemos hacernos cargo ni de la vida ni de sus consecuencias. Así nos preguntamos sorprendidos cómo fue que perdimos el presente, cómo pudo la barbarie, ignorancia y vulgaridad apoderarse de México; como si el obradorato hubiese surgido de la nada e instantáneamente.
Siempre estuvieron allí, este tipo de pulgón viene desde el surgimiento del primer homínido sobre la tierra y es inextinguible, nada más que nuestros ancestros aprendieron a mantenerlo a raya, sabedores de su gran capacidad destructiva y enajenante.
Pero a las últimas dos generaciones mexicanas nos volvió a ganar la creencia sobre la realidad. Urgidas de salir de la caverna priísta, en lugar de liberarnos de sus cadenas y aventurarnos a la luz, compramos las sombras de una democracia ideal -sin calificativos le llamaron-, con la que suplantaron la revolucionaria nacionalista.
Bastó con hacerse del proyector, denigrar la política como acción compartida, aislar al individuo de cualquier lazo comunal y declararnos demócratas de primer mundo.
Nadie en México vivió entonces la democracia ni hizo de la ciudadanía una forma de vida, simplemente adoramos la democracia cual vellocino de oro y nos hincamos ante sus sacerdotes. Nos creímos demócratas sin necesidad de tenerlo que ser ni que hacer.
Nos enamoramos de la idea de democracia sin tener que despeinarnos para hacerla realidad en sus complejidades, contradicciones, interdependencias, riesgos, costos y consecuencias. Ciegos creyentes compramos cuanta cuentas de vidrio verde nos vendieron los mercachifles de los partidos y sus cómplices publicistas, dormimos tranquilos bajo la guardia de los sacerdotes del templo de la democracia, seguros de que el cielo democrático era algo conquistado para siempre, aunque, por fortuna, no a nuestro cargo, sino solo goce.
Los nuevos señores de la caverna fueron los primeros en convencerse de la vida metafísica de las sombras de democracia que proyectaban sobre la más profunda pared de la caverna, tan embelesados estaban que no vieron las sombras humanas de quienes en la oscuridad fueron haciéndose del control de las cadenas y, finalmente, del proyectos y caverna.
Los dueños desplazados siguen defendiendo sus sombras de democracia sin acertar a percatarse que ni ellos ni nadie vivió realmente la democracia en México. La democracia pospriísta fue solo una idea metafísica adorada, pero jamás vivenciada. Tan nunca fue nuestra que nos las quitaron como quien le quita un dulce a un niño.
Idea de democracia que fue sustituida sin mayor esfuerzo por la de transformación.
Y en México sigue creyendo en bulos, santones, salvadores y mercachifles.
Los perfiles paradigmáticos hoy son viles y vulgares, ignorantes y ridículos, ineptos y corruptos, por ello mismo vindicantes y temerosos y, de allí, sátrapas y violentos. Lo cual no obsta para que franjas importantes de mexicanos crean ciegamente lo que, cual BIG BROTHER, le proyectan en las paredes de la caverna sin interrupción. Hoy alternan funciones de transformación, injerencismo y traición.
Algún día otros intentaran salir de la caverna y de las sombras de las ideas en busca de abrazar la vida, lo único real que siempre hemos tenido. Ojalá y entonces no priven nuevamente entre ellos los metafísicos de la democracia idílica y aséptica, ni vuelvan a considerarla como “una fórmula de repercusión automática, un conjuro mágico (…) que basta con invocarla en teoría para que opere” (Torres Bodet).
Ojalá no olvidemos la lección y cuando volvamos a diseñar democracia lo hagamos sobre la vida y no sobre aire, una democracia de hombres y mujeres viviendo la realidad conjuntamente, no una del mundo de las ideas.
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