La inautenticidad de Claudia
El problema de haber sido arrojados a la vida radica en la forma de ser que decidamos. Para Heidegger la disyuntiva radica en la autenticidad. Por supuesto que cada uno es auténtico en su individualidad, pero como no somos solos, en todo aquello que se distinga de nuestra concreción y sobre todo sobre temas que signifiquen cierta aprobación colectiva, solemos seguir a “lo uno impersonal”, asumiendo comprensiones, opiniones, valoraciones y pareceres prevalentes en la sociedad sin mayor entendimiento ni juicio sobre ellos.
Lo uno impersonal no solo está en asuntos de coyuntura, sino en condiciones estructurales de la vida como el lenguaje, la cultura, los tipos de relaciones que entablamos, la conductas heredadas y aprendidas y hasta los modelos de democracia. Todos para convivir hemos sido moldeados por la naturaleza, la biología, la historia y la sociedad. Hay aquí una inautenticidad por todos compartida, dado que caímos en un mundo ya existente.
Pero aún en ese mundo impuesto, el ser humano puede elegir intentar ganarse a sí mismo o dejarse llevar en los brazos de lo uno impersonal. Para Heidegger, auténtico es quien se apropia de sí y se proyecta desde su posibilidad más propia. En la inautenticidad de lo uno impersonal no hay un alguien que elija ni un proyecto por seguir, hay valores preexistentes e inapropiables y entes que no responden de y a sí.
Para ser auténtico debemos por empezar por aceptar nuestra finitud. Ser y tiempo -título por cierto de la principal obra de Heidegger- se relacionan indisolublemente. El ser es, pero, además, es en un lugar, “es ahí”, pero tampoco es simplemente una presencia, y menos es, ni está en una totalidad; es siempre un “poder ser” en todas y cada una de sus posibles potencialidades y, por ende, es un ser inacabado.
Ser para Heidegger no es presencia, sino posibilidad.
En la temporalidad de esta posibilidad, la muerte es la posibilidad de la imposibilidad de toda otra posibilidad y, por tanto, afecta al ser mismo en su esencia y proyecto. Es decir, nuestra posibilidad más auténtica es la muerte porque nos totaliza en cuanto ser, nuestras posibilidades de ser acaban con ella. Pero vista así, la muerte nos abre la auténtica (y final) posibilidad de ser, en el sentido de reconocerla como la posibilidad que hace posibles todas las demás posibilidades. Con la muerte mueren mis posibilidades, pero se constituye la totalidad de mi ser, antes de ella soy un gerundio en permanente hacer.
“Anticipando nuestra propia muerte, dice Heidegger, nos hacemos libres para morir. Y siendo libres para morir, ya no andaremos desorientados entre todas esas posibilidades efectivas que se nos multiplican de la forma más azarosa, pues seremos capaces de entender esas posibilidades como lo son y de escoger bien entre ellas según nos vayan surgiendo (…) Anticipando nuestra posibilidad insuperable, que es morir, nos brindaremos también todas las demás posibilidades que la preceden”, sabedores que todas ellas no son definitivas. En otras palabras, la muerte nos asegura que todas nuestras otras posibilidades están abiertas a ser y nos obliga a apropiárnoslas.
La finitud propia de “poder ser” implica un mundo de posibilidades a nuestro alcance y exclusivas, frente al mundo ya interpretado y cerrado de lo uno impersonal.
Retomemos el inicio, la disyuntiva es ser auténtica o inauténticamente; apropiarnos de nuestro ser -ser alguien- y proyectarnos desde nuestra entraña más incomunicable, o bien diluirnos en lo uno impersonal y formar parte de lo que Nietzsche llamó los “últimos hombres”, el “pulgón”, sin mismidad, agazapados en sus afligidas moradas, soledades abandonadas y nonatas felicidades, aferrados a eso que llaman su seguridad y ser.
Pues bien, tal es el caso, pero más lamentable porque nos va México de por medio, de Claudia Sheinbaum: encerrada tras murallas de acero en su palacete, velada tras los olanes de los disfraces de fantasía de Clara Brugada, mientras Salma Hayek… ¡Vive Dios!, da la cara por México y la ciudad se inunda y sus perros magisteriales le muerden el cuello y exteriorizan su debilidad; refugiada en mañaneras suicidas y dopada en acarreos querellantes. Gobernar es hoy estrenar vestidos con motivos indígenas sin pagar los derechos correspondientes a los titulares de las culturas originarias, que, por cierto, dice defender, proclamando a los cuatro vientos que ella no es ella, que su mayor fortaleza es no ser, ser “otra” entre los otros vicarios que no alcanzaron bastón de mando, ser un segundo piso, una sombra en la noche, una prótesis, la más fiel y dócil mascota.
Hay en el fondo de las expresiones de Trump hacia ella más conmiseración que agresión. Sin por ello admitirlas ni consentirlas.
“Su” uno impersonal, como en el génesis, ya creó el universo todo de la Transformación, bebió tres diluvios al hilo, resucitó en la cruz, escribió los evangelios, dictó la eternidad; no hay ya caminos por trazar, sendas por caminar, mares que cruzar, picos por escalar, horizontes posibles, vida por ser. Lo suyo es velar la nada.
Y no es a cuánta gente le acarreen en sus psicoterapias fin semaneras, es quién es su ser. ¿Lo habrá?
Por lo pronto, no hay en el ser de Claudia Sheinbaum presidencia, pero tampoco presencia; menos posibilidades de ser, a ella todo le fue vedado a cambio de un palo de escoba con listones de colores. Esa es su presidencia.
Carece de temporalidad, es decir, de vida propia y auténtica, de posibilidad final que le abra otras posibilidades. Hasta la muerte misma, podríamos decir, le ha sido expropiada: ni su muerte podrá ser suya, igual que su presidencia, será vicaria, por las artes de un “abrazo” que la mató en vida y que vive en calidad de cadáver.
Para Claudia no hay posibilidad de ser, ni de tiempo.
Finalmente, cuando en el mundo compartido no puedes compartir posibilidades de ser te aíslas, niegas todo futuro, esperanza y razón alguna de vida... estás solo, por eso Morena es un amasijo tribal de soledades egocéntricas y ruindades, no una comunidad.
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