PARRESHÍA

Domesticación agradecida

Domesticación agradecida

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Y ya montados en lo imposible, revertir la rijosidad fratricida impuesta para conservar el poder.

Me preocupa el aliento que han tomado quienes creen que cualquier intervención extranjera sobre el destino de nuestras vidas -y no tiene que ser necesariamente militar- pudiera ser benéfica.

No sólo acusan ignorancia de la historia universal, externan una convicción de impotencia nacional para resolver descalabros y hacernos cargo de nuestra vida.

El absurdo alcanza lo inconmensurable cuando depositan en Trump inteligencia y capacidades a las que es ostensiblemente refractario; creer que anide interés sobre el bienestar de México es de una estupidez sublimada.

El orden surgido después de la Segunda Guerra Mundial duró hasta finales de la década de los sesentas del siglo pasado, desde entonces todo ha sido germinación de un caos inédito. No alcanzamos a verlo porque las condiciones son diversas a las de hace un siglo, mucho más complejas, interdependientes, globalizadas y exacerbadas que entonces, además, porque han cambiado las formas de dominio, pero hay quienes afirmas que una nueva y desconocida guerra mundial ha dado inicio. Las potencias buscan repartirse nuevamente el mundo fijando nuevas mojoneras de influencia y control geopolítico, no hay en esto caridad ni hermandad posibles, tampoco debiera haber ingenuidad.

Nuestra única posibilidad es perseverar en ser nosotros y, ya montados en lo imposible, revertir la rijosidad fratricida impuesta para conservar el poder. Dudo que estas generaciones lo podamos entender, ojalá y las que lleguen, si llegan, lo puedan.

Ante los retos verdaderos de un mundo conflictuado, solo la auténtica integración de propósitos comunes podrá salvarnos, pero en Palenque tenemos a un desquiciado, en palacio a una autista dogmática y por sociedad la domesticación agradecida, ya en versión nacionalista, ya en versión entreguista.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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