Regia lección
Vaya respuesta que tuvo que tragar la presidente viéndose más chiquita que el mogote de cabello que le peinaron por chongo aquella tarde.
El Rey de España aguardó con madera de estadista el momento propicio para respuesta y presidentes, López y Claudia, y lo ejecutó con maestría taurina.
López, pedaleado por su esposa, reclamó al Rey Felipe VI actos propios de la civilización y época medievales, como si fuesen exclusivos de España que, entonces, era un puñado de reinos en una Europa convulsa y enfrentada. Baste recordar la noche de San Bartolomé en 1572, la masacre de los rendidos de la Casa de Lancaster en la batalla de Towton en 1461 y las torturas y ejecuciones de las Inquisiciones católica y protestantes a lo largo y ancho de sus territorios.
Claudia, siempre impedida, hizo suyo el absurdo no invitando al jefe de Estado Español a su Toma de Posesión y reiterando un suicida historicismo ideológico de vetas extenuadas.
Felipe VII esperó, sabedor de que España jugaría en tierras mexicanas en este mundial de tres sedes, aprovechó un evento cultural para reconocer excesos propios de cualquier conflicto y época, cuidando no caer en el error de mencionar que fueron generalizados por ambas partes.
Lo demás fue la cama que con esmero e inconsciencia tendió Claudia, como siempre, sin margen de maniobra, operatividad política ni muchas luces.
Así, un Rey supuestamente odiado en México por atrocidades históricas -también supuestamente- más que presentes en el ánimo popular, vino a México con motivo de la gesta mundialista, acudió en visita y reunión de Estado a un Palacio Nacional blindado tras murallas de acero y aduanas de acceso, obligando a Sheinbaum a recibirlo en la calidad de jefe de Estado que le negó al no invitarlo a su Protesta Constitucional, y luego acudió sin sobresaltos ni agravios al estadio en Guadalajara frente a “la presidenta (Sic) más poderosa, popular y querida del mundo” que, sin embargo, dejó vacía su silla intransferible en la inauguración trinacional del mundial, haciéndole la ofensa a México, representado por ¡Salma Hayek!, a sus dos socios comerciales, coanfitriones del evento internacional, Canadá y Estados Unidos, y a la FIFA, no sin antes organizar una cena de gala en el Castillo de Chapultepec, presentarse con su más agria y harta faceta, leer tres párrafos, no despedirse correctamente ni convivir con sus invitados. ¡Invito, saludo y me voy!
Desde entonces, observa los partidos de México, debidamente disfrazada de aficionada, en la soledad de su palacio, acompañada sola por su esposo que no da señales de vida y un pobre camarógrafo que tiene que filmarla en todo momento para poder ilustrar un entusiasmo futbolero que le cuesta mucho trabajo representar.
Y no es un problema de ideologías, son cuatro, uno de educación, otro de propiedad política, el más importante de dignidad representación nacional y, por último, el de afición futbolera.
Vaya respuesta que tuvo que tragar la presidente viéndose más chiquita que el mogote de cabello que le peinaron por chongo aquella tarde.
El Rey de España aguardó con madera de estadista el momento propicio para respuesta y presidentes, López y Claudia, y lo ejecutó con maestría taurina.
López, pedaleado por su esposa, reclamó al Rey Felipe VI actos propios de la civilización y época medievales, como si fuesen exclusivos de España que, entonces, era un puñado de reinos en una Europa convulsa y enfrentada. Baste recordar la noche de San Bartolomé en 1572, la masacre de los rendidos de la Casa de Lancaster en la batalla de Towton en 1461 y las torturas y ejecuciones de las Inquisiciones católica y protestantes a lo largo y ancho de sus territorios.
Claudia, siempre impedida, hizo suyo el absurdo no invitando al jefe de Estado Español a su Toma de Posesión y reiterando un suicida historicismo ideológico de vetas extenuadas.
Felipe VII esperó, sabedor de que España jugaría en tierras mexicanas en este mundial de tres sedes, aprovechó un evento cultural para reconocer excesos propios de cualquier conflicto y época, cuidando no caer en el error de mencionar que fueron generalizados por ambas partes.
Lo demás fue la cama que con esmero e inconsciencia tendió Claudia, como siempre, sin margen de maniobra, operatividad política ni muchas luces.
Así, un Rey supuestamente odiado en México por atrocidades histótrcas -también supuestamente- más que presentes en el ánimo popular, vino a México con motivo de la gesta mundialista, acudió en visita y reunión de Estado a un Palacio Nacional blindado tras murallas de acero y aduanas de acceso, obligando a Sheinbaum a recibirlo en la calidad de jefe de Estado que le negó al no invitarlo a su Protesta Constitucional, y luego acudió sin sobresaltos ni agravios al estadio en Guadalajara frente a “la presidenta (Sic) más poderosa, popular y querida del mundo” que, sin embargo, dejó vacía su silla intransferible en la inauguración trinacional del mundial, haciéndole la ofensa a México, representado por ¡Salma Hayek!, a sus dos socios comerciales, coanfitriones del evento internacional, Canadá y Estados Unidos, y a la FIFA, no sin antes organizar una cena de gala en el Castillo de Chapultepec, presentarse con su más agria y harta fáceta, leer tres párrafos, no despedirse correctamente ni convivir con ¡sus invitados! Desde entonces, observa los partidos de México, debidamente disfrazada de aficionada, en la soledad de su palacio, acompañada sola por su esposo que no da señales de vida y un pobre camarógrafo que tiene que filmarla en todo momento para poder ilustrar un entusiasmo futbolero que le cuesta mucho trabajo representar.
Y no es un problema de ideologías, son cuatro, uno de educación, otro de propiedad política, el más importante de dignidad representación nacional y, por último, el de afición futbolera.
El Rey Felipe VI, el más odiado según las narrativas del obradorato, vino, dio la cara, fue recibido en su debida calidad y méritos, trajo agenda, acudió a un estadio donde no sufrió ofensa, reclamo ni resabio alguno. Por último, mostró que la diplomacia es elegante estrategia, no vulgar ignorancia.
Por último, mostró que la diplomacia es elegante estrategia, no vulgar ignorancia.
PS. Las malas lenguas dicen, ¡ya ve usted cómo son", que el Rey le contestó a Sheinbaum: "No somos piñata de nadie".
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