No es Rocha
En este enredo de Rocha Moya, aquí en casa hemos centrado la atención en dos extremos: Rocha Moya y cómplices de su gobierno, por un lado, y Sheinbaum y los suyos, por otro. Pero hay un tercer actor que lo advertimos cuando mucho como contexto, siendo posiblemente el verdadero factor de poder: el narco.
Erramos el análisis si restringimos nuestro horizonte a la protección morenista de Sheinbaum a Rocha y, por ende, al dueño de La Chingada y Morena. También nos equivocamos si seguimos creyendo que el Obradorato se hizo del control del poder, e incluso que por sobre él las Fuerzas Armadas lo han asumido cada vez más.
La Cuarta Transformación (ivT) nunca fue un proyecto político, fue el brazo político con que el crimen organizado en el trasiego de drogas se hizo de la soberanía nacional, desmanteló todos los sistemas de inteligencia, seguridad y policiales en el país, desquició a las Fuerzas armadas, las desmembró, acabó con su disciplina interna y espíritu de cuerpo, las desnaturalizó en mil usos, las corrompió y todavía quiso culparlas de Ayotzinapa. Anuló el federalismo, el control soberano del territorio, toda la organización institucional del Estado y, por último, la justicia.
Estados Unidos sabe que la ivT, en la niebla de su caduca ideología, fue la gran instrumentadora y careta con la que el crimen organizado internacional ha pretendido socavar la salud pública y seguridad nacional de su nación provocando lo que bien pueda llamarse un genocidio por adicción, además de migraciones masivas nunca antes vistas sin conflictos armados de gran alcance. El tema ya ha sido abordado discursivamente por Trump, pero podría escalar a otras formalidades e instancias.
El problema de la presidente, pues, no es Rocha Moya ni el jefe real de ambos, es el poder fáctico, territorial, político, económico, policial y castrense de que se ha hecho el crimen organizado y sus redes en todos los ámbitos de los sectores productivos nacionales y que no va a permitir se lo quiten. Es el poder que ejerce sobre la ivT y sus capistotes. Y si ello implica jugar a las patadas soberanas con Sansón, se lo van a obligar a Sheinbaum sin importarles México ni los mexicanos.
Con un agravante, el crimen organizado en México ha mudado sin que lo queramos ver, sus viejos controladores y dinastías ya están fuera de México y cooperando con Estados Unidos, sus nuevos mandones y socios nadie los conoce publicamente.
Sheinbaum y Morena, no México, sí son piñata de alguien: del crimen organizado.
Habrá que reconocerle a Trump que supo ver con claridad que el problema no es Sheinbaum ni el delirante de La Chingada, no es Rocha ni su Sancho Panza Izunza, ni siquiera es el Club de Amigos de Andy, menos el líder de La Barredora y sus jirafas, lo es la soberanía nacional en las manos sin rostro de un poder internacional del crimen organizado.
Sheinbaum no decide proteger ni protege a Rocha ni a López, obedece a quien fácticamente manda en México y en ello tampoco le falta razón a Trump.
El verdadero enemigo está en suelo patrio desde hace décadas y hoy detenta el poder efectivo y soberano por sobre sus estructuras constitucionales, la soberanía la perdimos, con el Obradorato como brazo político, ante el narco hace siete años. López, por cierto, lo abrazó como virtud política, aunque hoy lo traigan arrastrado de la guayabera.
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