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Avatares

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Son las 6 de la mañana y me despierto para bañarme, tomar mis medicinas, un vaso de agua y café. Voy a pasar por mi hija para llevarla al doctor.




Cuando se va de vacaciones no faltan los avatares no planeados. Estoy de acuerdo, le dan sabor al caldo, pero unos son simples, simpáticos, atractivos y otros son insoportables.

Vinieron a vernos mi sobrina Fer, a quien quiero mucho, con su hijo Lucca. El primer día el Jacko se asustó y casi lo muerde. Los dos igual de espantados y el más joven con una leve herida en la oreja que sangra escandalosamente. La mamá, que como todas las madres es mágica, lo envuelve en sus brazos y decide que debe de verlo un médico. Allá van hasta el otro lado de la ciudad y yo solo viendo, me toca poner el coche. Con gusto lo hago y pienso que no es para tanto, pero, en fin, más vale prevenir que lamentar. Llega un tiempo que uno solo sirve para ver y callar. Lo bueno es que el joven sobrino regresó contento y con antibiótico.

Dos insolentes empleados del mostrador del aeropuerto de París, habiendo lugares, les niegan el servicio de asientos disponibles a mi hija y a su familia. El resultado: en lugar de viajar directo a SD, tienen que hacer un periplo a Nueva York y San Francisco. Llegan cansadísimos de sus vacaciones y ahora necesitaron otras para reponerse de las primeras. No es mala idea vivir de vacación en vacación.

Quién no ha oído de la viejita que vive todo el tiempo de crucero en crucero y le sale más barato y cómodo que pagar renta, comida, médico y medicinas que en tierra firme. Además, disfruta de atardeceres espectaculares, increíbles y amigos ocasionales que son generalmente generosos y pagan el vino extra. Parece que el catch es que la noia los invade y mueren en un oleaje inclemente de madrugada y solos. Se caen de la litera sin poder tocar el timbre de emergencia y despedirse de nietos y otros familiares.

O el caso conocido de otra viejita que también navega y navega hasta que un día es seducida por un joven 20 años menor que ella, beben un par de copas o tres y deciden retirarse a pernoctar juntos. Cierran con llave la puerta y antes cuelgan en la perilla el aviso de No Molestar. Do not Disturb. La viejita se duerme con una sonrisa en la cara, el joven muy despierto esculca los cajones y roba joyas y efectivo. A renglón seguido la ahorca y la empuja por la borda. Es de noche y nadie se da cuenta, ni siquiera el splash asombra.

Otro día nos vamos a la playa, media hora de ida y vuelta para encontrar estacionamiento. Parece que como es domingo, todo el mundo salió a disfrutar del sol y del mar. Y a mostrar al mundo sus cuerpos cuidados en pilates y algunos que a leguas han sido remodelados por especialistas cirujanos escultores.

Decido no quitarme la camiseta y es muy buena elección. Así disfrazo mi condición de medio viejo o viejo y medio. En la playa veo mujeres esculpidas a mano, parece que todas son muy jóvenes y buscan toreros o picadores. ¡Ah!, que buen tiempo ese de las corridas con gran ambiente y vino en las botas generosas y anónimas. De todos modos, por ver no se paga nada, ni se gasta la reserva.

Pues hoy mismo, vamos a la misma playa y agarrados de las manos metemos los pies en la mar como expertos navegantes y en una de esas, en una vuelta imprevista, los lentes del joven salen volando y adquieren vida propia. Se sumergen a tres metros y nunca más aparecen a pesar de mis rudimentarios esfuerzos de buzo y los ayudantes vecinos y cómplices que lo único que hacen es alborotar el oleaje y seguramente llevar más lejos los lentes. Los armazones son relativamente pesados y las leyes de la física explican que un cuerpo más pesado que el agua tenderá sin remedio a hundirse hasta el fondo del mar.

Ahora se trata de mandarlos a hacer de nuevo, en el menor tiempo posible. El joven se quedó sin lentes durante un tiempo y su mágica mamá le explicará lo que sucede a su alrededor. Tendrá dos guías más que matizarán la realidad. Será una experiencia inolvidable como imaginar un mundo menos burdo y conflictivo.

Las artes mágicas de la mamá hacen que envíen por avión lentes de repuesto y lo que empezó como tragedia terminó el día a carcajadas pues los nuevos adminículos le quedan mejor que los anteriores.

Después de recorrer varias calles en busca de un buen lugar para dejar el coche decido, al pasar por el hotel donde hicimos la fiesta a mi hija por su casamiento, estacionarme ahí. Magníficos recuerdos del pasado y me da gusto ver la sonrisa de ella, decidimos comer en el lugar conocido. La más chica es la que mejor elige: salmón ahumado con pasta. Mi hija empieza con un refrescante split de burbujas y yo un vaso de chardonnay fresco, brillante y de buen cuerpo con sabores de frutos rojos.

Son las 6 de la mañana y me despierto para bañarme, tomar mis medicinas, un vaso de agua y café. Voy a pasar por mi hija para llevarla al doctor, llego pronto y coincide que la mamá está llevando a Nick a la escuela, el primer día de este ciclo escolar, muevo el coche que quedó frente a la cochera. Me bajo y Nick al verme salta para darme un abrazo. Pregunto por mi hija y por las prisas no entiendo nada. Entonces digo su nombre y en la algarabia, las puertas cerradas, el Jacko ladrando, el tiempo corriendo, el trafical desusado que siempre me toca a mí. Por fin sale mi hija cargada de bolsas. Se sube y ocurre el primer reclamo: no tienes paciencia. Avanzo en la bajada y se da cuenta que le falta su identificación. Encuentro un retorno y desando el camino. Se baja del carro, busca su bolsa, no la encuentra. Se quedó en el coche que lleva a Nick a la escuela.

De todos modos, decidimos ir a la cita médica. El tráfico está, para no variar, cuando se tiene prisa, de Ave 20 de noviembre y Calzada de Tlalpan.
Por fin llegamos, se registra, no le piden ninguna identificación, solo el
número de su seguro. La voy a acompañar y me dice, “papá: ya no me acompañes, necesito estar sola…” y cabizbajo asumo el gancho al hígado.

Cada uno de nosotros pienso, necesitamos nuestro espacio.

¡Ah, que caray!: y como dice Josefa que dijo Hannah Arendt “La banalidad nos ha invadido, hemos dejado de pensar”.


PD: mi mujer que es mi consciencia me dice: “pero ahí no pones que estallaste como globo de cantoya al estrellarse contra el Everest”.

Quiero desaparecer con la cara roja de vergüenza.

La nobleza de mi hija se muestra pronto. Me prepara una carne de rechupete con ensalada que me gusta y una copa de vino que compré antes.

Y en la TV y en la radio más tragedias del sismo en Colombia y les solicitan certificación a los conocidos Topos que volaron allá para ayudar, las guerras de Trump the Dump con Epstein y las denuncias de Alito que parecen carcajadas o bofetadas. El agente naranja dormita todo el día, le quitan la visa a Andy y se echan encima todos los opositores de cuarta, de todo lo acusan sin prueba alguna conocida, paga con certeza la animadversión al padre. Aparecen más Loret, más Riva Palacios marginales. El oportunismo da asco. Hasta un médico exvecino que se ha vuelto trumpista, insulta a Fidel y a la Revolución, ¡hágame usted el favor!, como cambian los tiempos, ahora hasta aplauden a Batista. Están locos de atar. No recuerdan que con Fidel Cuba cambió de ser un burdel gringo a un país de esperanza.

A esta distancia mis avatares son de menor a menor importancia, pero son las vicisitudes, peripecias, cuestiones e incidentes verdaderamente trascendentes, lo relevante junto a mi piel. El resto del mundo no me pertenece. Nadie allá me hace caso.


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Arturo Martinez Caceres

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