PARRESHÍA

De pocas luces

De pocas luces

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¿Qué necesidad de invocar sobre sí todos los demonios y todas las tormentas?

Primero mantiene bajo reserva su declaración patrimonial y luego se ofende tras haber sido forzado por la mismísima presidente a publicarla y se le señalan serias inconsistencias.

Nunca fue un hombre de grandes luces, parece sin embargo tener dos méritos: dársele algo las matemáticas y, según dice la Chaira, ser quien le maneja su dinero al delirante de Macuspana.

Cuando aquél presidió el PRD, éste fue el encargado de los dineros; cuando se ungió en la caricatura de presidente legítimo, jugó de secretario de ¡honestidad y austeridad republicana! (se vale reír); ya en la jefatura de gobierno fue otra vez el de la lana y se lo dejó a Encinas o, mejor dicho, se llevó con él la Oficialía Mayor del gobierno de la hoy Ciudad de México a campaña. ¿De dónde creen que salieron las concentraciones del desafuero, la propaganda, las movilizaciones y el plantón de Reforma?

En algún receso de su labor contable y financiera probó suerte electoral en su natal Tabasco, pero se ve que allí lo conocen bien y jamás pasó del corredor, aunque Lopitos jamás le ha fallado, ¡alguien tiene que manejarle los doscientos pesos de su cartera!

Ya presidente, dada la amplia experiencia profesional de su compinche en el sector energético lo hizo director de PEMEX, con la Nahle como secretaria de Energía, y esta dupla desquiciada e infernal quebró PEMEX, construyó en tres veces su valor una refinería que no sirve y que cuando no se incendia explota, y en sus narices floreció el huachicol fiscal como hiedra. Con esos galardones la Sheinbaum se apresuró a nombrarlo director del INFONAVIT, hasta que se lo acabe.

Pero sí gozaba de ubre, protección, presupuesto y olvido, y si además, de ser cierto, es el prestanombres de Andrés Manuel, ¿qué necesidad del agrónomo de invocar sobre sí todos los demonios y todas las tormentas?

Bien dicen, ¡nunca fue de muchas luces!


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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