PARRESHÍA

Acacio Pirado

Acacio Pirado

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Su obra envenenó todos los pozos.

Acacio Pirado fue nombrado director general de una trasnacional que tenía su sede en Ginebra, pero Acacio es muy acá y prefirió trabajar cerca del pueblo; se le dijo que población había en todo el globo terráqueo, y allí dictó su primer sermón: “no somos iguales”; pueblo no es igual que población, comunidad o conjunto humano; el pueblo es un concepto místico, inasible y divinamente señalado; es una categoría política religiosa, no una mera aglomeración de humanos; el pueblo tiene una misión trascendental y pía, una superioridad moral por sobre cualquier clasismo, racismo y aspiracionismo, o sea, es más chiras pelas pero no lo ostenta, aunque lo reclama por justicia histórica. El pueblo, además, tiene dueño.

Y sí, Acacio no es igual a nada, pero sí peor a todo.

La segunda decisión de Acacio fue cambiar la sede del consorcio, los edificios que albergaban el corazón de la operación mundial del conglomerado le parecían muy machuchones, o sea, “allí no sentía al pueblo verdadero, al de deveras”. Los directivos bajo su mando le hicieron ver que el conjunto arquitectónico obedecía a las necesidades operativas, de comunicación, seguridad y eficiencia requeridas para el manejo global y eficaz del negocio. Sí, contestó, pero no todo es negocio, ni desarrollo, ni ganancias; “es que ustedes no entienden de la grandeza cultural de los pueblos prehispánicos” y así por primera vez supieron de su verborrea diarreica, pseudohistórica y caricaturesca digna de camisa de fuerza: “y en el principio fueron cuatro momentos y el cuarto soy yo, el fin de la historia”. Por más que le dijeron que había sido nombrado para dirigir un consorcio empresarial y no para decir mamadas, no escuchó, ya estaba ocupado en solo oírse hablar… y así sigue.

En un principio pensó en albergar la nueva sede mundial de la corporación en los campamentos nómadas de la CENTE por su afición al mitote, la fritanga y el rancio aroma del pozole de orines, pero finalmente se decidió por el barrio bravo de Tepito, allí se sentía más seguro entre ambulantes, narcomayoristas, contrabando chino y bloques negros. Sin faltar los orines.

Los costos inherentes al cambio de sede y operatividad, las condiciones contrarias a toda eficiencia administrativa, las dificultades logísticas y los riesgos en comunicación y seguridad del negocio y su personal no le importaron, “estos pinches güeritos, dijo, no saben lo qué es el Humanismo Mexicano”. Abandonados quedaron edificios, instalaciones, equipos, sistema de comunicación, seguridad y logística, infraestructura urbana e informática, parques vehiculares, aeronaves y capital humano capacitado por décadas. Multimillonarias fueron las pérdidas y astronómicas las indemnizaciones. El prestigio internacional labrado y cuidado con tanto esmero y esfuerzo simplemente desapareció, las acciones cayeron y la firma pasó a ser un paria en el concierto de empresas y naciones. Mientras todo ardía a su alrededor Acacio pontificaba mañaneramente, desayunaba y luego jugaba beisbol. Luego se inventó un bastón de mando y dejó el tiradero y bastón en manos de una aprendiz de brujo y enanos de circo.

En sus años de reinado, ante los reclamos de accionistas y empleados, Acacio solo tenía ojos para las oportunidades que ante él se abrían, de cara a las renuncias masivas, engordó la nómina de compinches, compadres, comadres y patrocinadores. Sus hijos fueron encargados de adaptar y equipar las nuevas instalaciones, así como de la proveeduría general y los asuntos especialmente jugosos. La viabilidad corporativa se perdió, lo cual puso a su discrecionalidad la Tesorería e, incluso, la oportunidad de drenar a la empresa de ingresos operando con sus hijos y amigos negocios paralelos.

Chusmas salvajes y extasiadas, y alguno que otro criminal fueron incorporados, formal o informalmente, a la nómina de la empresa, también con su dinero compró la necesidad, hambre y sumisión -domesticación le llama- de gente sin perspectiva de futuro más allá de las migajas esclavizantes que les reparte mientras los suyos nadan en las aguas del Lago Lugano.

Pasado el tiempo y con desastres ensartados en racimo, sus soliloquios ni paran ni cambian, crecen en tiempo y locura; no saciado con ellos le escriben libros a su nombre como tortillas en máquina, vive tras murallas de acero, casi dentro de un cuartel artillado y pontifica de día y de noche ante pavos reales y gallinas al borde del suicidio.

Todo a su paso y tacto es ya ruina y destrucción, todo olvidado, saqueado y vandalizado. Brotes de infección en hospitales públicos amenazan con convertirse en pandemia entre recién nacidos, mientras ya hay más madres buscadoras que solteras, niños con cáncer estudian en libros lo que alguna vez fueron medicinas contra su mal.

Su obra envenenó todos los pozos, destruyó todo lo construido, pudrió las flores y asesino la concordia nacional, todo ello entre fritangas, ambulantes, orines, hordas rabiosas, bloques negros y zombis hechos secretarios de Estado, senadores y gobernadores.

Él sigue perorando y le siguen escribiendo libros que nadie lee, afirma que es feliz. No lo parece.

Así acaece Acasio.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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