Estampas de La Chingada
Se levantó tirando manazos y echando gritos, en la madrugada sus alaridos llegaron hasta el cuartel vecino, el general al mando rogó al cielo que no lo mandará llamar como tantas veces.
Tapándose las pechugas con la bata la gallina, Hilaria, entró al cuarto; Acacio, en trusa, caminaba sudoroso a grandes pasos por la habitación, sábanas, almohadas y ropa varia estaban esparcidas por el piso entre objetos rotos y libros fuera de sus repisas, su mirada era desorbitada y sus cabellos encrespados.
-Que venga Jesús, ya, ¡por un carajo!
Descalzo se pegó contra la cama como solía sucederle, Acacio cayó al piso entre aullidos y mentadas.
-Que venga Gatell… ¡No, ese no!, de seguro de mata.
En eso llegaba el pavo real con cara de “ya, por favor”. Adriel, que así se llama, no recuerda la última noche que haya dormido de corrido.
-Rápido, seguía gritando Acacio entre órdenes y chillidos, ya voy tarde al gabinete de Seguridad, al tiempo que anudaba por sobre el torso desnudo una corbata.
Hilaria y Adriel se miraron suspirando.
-Pinche Beatrix, dijo en voz baja Adriel para sí, por eso nos lo vino a aventar aquí.
-¡Acacito!, dijo Hilaria con voz de nana, estamos en Palenque, son las dos de la mañana, no hay junta de Gabinete de Seguridad programada y Jesús está a miles de kilómetros.
-Me vale madres, bola de inútiles, que venga el General ahorita mismo. Y llamen a Veshtitsa que sus declaraciones son una pendejada.
“Las de ayer,” preguntó el curioso de Adriel.
-Las de siempre, ¡pendejo!, ¿acaso le conoces una buena? Quiero que me mande por adelantado todos sus discursos y mañaneras para revisarlos antes.
Adriel que no estaba en ánimo de discutir aprovechó para escabullirse con un, “De inmediato, Señor”.
Hilaria le despidió con un dígito de pocos amigos y se hizo a la idea de otra madrugada propia de La Chingada.
Los reportes médicos consignan que el paciente Acacio Pirado sufre de pesadillas y alucinaciones; cuando no se le aparece Salinas Pliego fumando puro, dice que Loret lo filma a través de las paredes y que Harfuch tiene alambrada toda la casa, las ceibas, el gallinero y hasta sus mecedoras. Cuando peor se pone es cuando dice que lo visitan Marco Rubio, Calderón o su difunto hermano.
Lo más difícil para Hilaria y Adriel es cuando se despierta llamando a Jesús Ramírez y éste no aparece, suele entrar en una especie de pánico:
-Urge que atajar los ataques al movimiento, voltear la conversación contra los enemigos, culpar a Calderón, revivir a García Luna, hablar del fraude eterno, preguntar cuánto gana Loret, ¿es que nadie entiende? ¡Hay que hacer algo! ¿Dónde está Jesús? Búsquenlo en casa de Villamil.
Las más de las veces Hilaria tiene que llamar al cuartel para que el General mande a un médico que lo cede, en esos casos lo manda con tropa para poder contener a Acacio.
Adriel, el pavo real, ya con sus copas cuenta que el infierno se desata cuando despierta mentando madres contra sus hijos: “Allí sí que ni Hilaria se atreve a entrar, nos guarecemos atrancando la puerta por afuera, usualmente nos acompaña el General en traje de campaña, hasta que él solito alcanza un estado catatónico que, ¡gracias a Dios! le dura uno o dos días. Esa noche suele haber un gran festejo en el cuartel y hospital general que le construyeron contiguos: todos descansamos, hasta Pakal”.
-Pero no creas que cuando se levanta bien está uno fuera de peligro, sigue contando el lenguaraz Adriel desplegando su plumaje, entonces pide su café, sus pinches tamales de chipilín y se pone a hablar de historia, ¡claro, siempre para llegar a él!, entonces nos tenemos que soplar el mismo rollo hasta que la noche lo vence en su mecedora y allí lo dejamos, porque si despierta se sigue hasta que Dios se apiada de nosotros y tras tres Viva México se va a hablar con su ceiba.
“¿Y Beatrix y los hijos vienen a verlo?”
-Pues solo cuando hay escándalos, pero son visitas de doctor, a los 15 minutos se van mentando madres. No se equivocó Acacio llamando La Chingada a este lugar.
“¿Y su gabinete, sus amigos, vienen?”
-¿Amigos? Todos dicen que los ha traicionado, usado y culpado de sus cosas; los de su gobierno nada más vienen a quejarse de Veshtitsa, de sus mañaneras, giras, vestuario y decisiones, él en un principio se enfurece y empieza a marcar por la red roja, pero cuando se van entra en una depresión atormentada por pesadillas, llantos y alucinaciones.
-Uno que viene seguido, pero a sacar lana, es Epidemio que con tal de ganarse unos pesitos le hace libros a su nombre para luego hacerle los videos de su presentación y allí le clava el diente.
Aunque La Chingada está aislada y amurallada y la guarda el Ejército de día y de noche, incluso con drones y helicópteros, los vecinos se quejan cuando a Acacio le da por discursar al espejo con micrófono y bocinas de alta gama, llegando a creerse en el Zócalo de la Ciudad de México. En esos días es gracioso ver el coro de mentadas que levanta y lo acompañan hasta horas después de que calla.
“¿Cuál es para Hilaria y para ti la mayor preocupación con él?”, le preguntaron en la cantina a Adriel.
-Son dos, uno cuando no encuentra su AMLITO para dormir, es cuando peor se pone y, ¿sabes qué?, sus AMLITOs generalmente desaparecen cuando viene Beatrix. Te digo, ¡vivir aquí está de La Chingada! El otro tormento es cuando no podemos distraerlo y ve la mañaneras de Veshtitsa en vivo, ¡Uta!, ¡qué te digo! Se pone como si Cortés le quemara los pies, todo le parece mal, le grita a la pantalla, de sus ojos parece salir fuego, rompe todo lo que está a su alcance, hasta incendios hemos tenido que apagar. El enojo le puede durar días y si se liga con el de una nueva mañanera, suelen hilarse semanas sin fin. Hasta a su ceiba más querida, a la que más le habla, la ha llegado a agarrar a patadas y luego ahí nos tienes a nosotros vendándole el pie y cantándole canciones de cuna para que se duerma abrazado a su AMLITO.
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