PARRESHÍA

Funerario Adams

Funerario Adams

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Lo que más le molesta es que el miserable apode a Acacio con el mote de Caín.

La gallina Hilaria regresaba del mercado y otros menesteres, el plan del pavo real Adriel funcionaba de maravilla, Acacio tenía su día totalmente ocupado, su humor había mejorado y dormía de corridito. Hilaria, como todos en Tepalcates, vivía sin tantos sobresaltos, había vuelto a cantar en la regadera y acudía entusiasmada todos los días al mercado y cada tercero a lo que llama visita conyugal, sin importar que el Juanetes esté matrimoniado.

Cual naranjo en flor esa mañana caminaba como sobre las nubes cuando percibió un olor a azufre que le heló la sangre. Temerosa olfateó el ambiente y comprobó su alarma. Cada vez que Funerario llegaba visitar a Acadio, no nada más lo alteraba de sobremanera, sino que dejaba un resabio azufroso por varios días que no se quitaba con nada hasta que, posiblemente por cansancio, se desvanecía.

El personaje nunca le agradó a Hilaria y, más que eso, le causa miedo. Lo que más le molesta es que el miserable apode a Acacio con el mote de Caín. Años atrás, en un festejo de fin de año, Funerario cayó a dar el abrazo, llegó alumbrado pero peor se puso con los tequilas que se empinó, cuando alguien le oyó decirle Caín a Acacio y preguntó por qué, aquél contestó. “yo no doy declaraciones, pero si él me llama hermano, yo le digo Caín, y así es desde chicos”. Se levantó un silencio sepulcral que hasta las chachalacas callaron. Hilaria, que desconoce la historia entre ambos, no entendió, y prefiere mejor no entender, lo cual no obsta para que le profese una ojeriza rebozada a Funerario.

No había aviso alguno de su llegada y Veshtitsa exige, cada vez con más desesperación, conocer por adelantado quién visita a Acacio y con quién se reúne, así sea accidentalmente. Hilaria sabía que volvía a quedar a dos fuegos, por un lado, un Acacio que iba a terminar de un humor de siete suelas, por otro, aquélla hecha un basilisco y su secretaría de buen gobierno y tortas de frijol con huevo, Campañilla, jode y jode.

Seguramente Funerario ya tenía tiempo de haber llegado porque la peste a huevo podrido se percibía desde antes de llegar a la finca.

En la puerta de acceso la esperaban Adriel, con cara de susto, y, sudando, el General Descresencio. Antes que Hilaria pudiese abrir el pico, el milico gritó:

-¿A quién chingaos le avisó este pendejo?

-Aquí, a nadie, contestó Hilaria, ¿verdad, Adriel?

-Pues yo ya avisé al General Secretario, a ver en qué pinche problema nos mete ahora este apestoso. Como siempre digo, todo lo de La Chingada es de la chingada.

Los tres entraron por el gran portón y desde allí escucharon los gritos.

Acacio, sentado en la mecedora del porche le gritaba a Funerario:

-¡Carísimos nos han salido tus amoríos con Hidra Veloz!

Fuera de sí, Funerario contestó:

-No es ni Hidra, ni es Veloz, se llama ¡y bien lo sabes! “Hiedra Precroz”, y tú me diste tu palabra que la ibas a ser gobernadora.

-Pues como dijo el viejito Ruíz Cortines: “ni modo hermano, perdimos”.

-Más vamos a perder si no pagamos todos los apoyos que le conseguimos a Hiedra.

-Ese no es mi problema.

-Nunca lo ha sido, pinche Caín, desde chico te has desentendido de los costos y facturas a pagar, y siempre mandas a tus pendejos a ensuciarse las manos por ti, y todos sabemos que cuando son descubiertos tú mismo los crucificas antes que el daño te alcance.

Acacio recibió el madrazo sin inmutarse, si alguien lo conocía desde que huyendo recaló en la casa de los Adams, es Funerario, así que, como es su arte, cambio la conversación.

-Yo no fui el que se enredó con Hidra…

-¡Hiedra!, Caín, no te hagas güey.

-Como sea, el empelotamiento, para bien y para mal, es todo tuyo, y tú bien sabes que ya me jubilé de la política.

-Pero no de sobres ni de las bolsas de papel manila., grandísimo mentiroso

-No te metas en esos temas porque puedes terminar barrido.

-Bien sabes que a la barredora la controlo yo y si me barren me llevo de corbata a Candido.

-Con Candi no te metas, ni pretendas jugármelo de moneda de cambio por la Hidra.

-¡Hiedra, Caín, Hiedra! Pero no vengo a pelear contigo, hermano, bastante problemas cargamos y bien sabes que protegeré a Candido en todo lo que pueda, pero ahora ayúdame con la Precoz.

-Sí, pinches conservas, no dejan de atacarnos para acabar la Transacción.

Más pausado Funerario dijo:

-Caín, a las oposiciones las redujiste a confeti, nuestros problemas responden solo a nosotros y a nuestras incapacidades civilizatorias.

-Pues si a incivilidades vamos, tú no cantas nada mal las rancheras, jodiste a Veshtitsa hasta que ni yo pude ya defenderte.

-Ese es otro son, y lo conoces, ella tampoco es una perita en dulce, pero lo que urge resolver es el tema de Hiedra, solo tú puedes hacerlo.

-¿Y cómo te ayudo, hermanito?

-Ordénale a la Chilpachole que la descorcholate para el Paso de Juárez, así primero me la calmas, que La Beatrix y Veshtitsa juntas son una pastilla de clorato comparada con la Precoz enojada y, los más importante, del Paso de Juárez pagamos todo lo que debemos y nos cobramos todo lo que le hemos metido.

-Pues no todo ni todos, como tú comprenderás.

-Pinche Caín, estoy hablando en serio. Necesito que me ayudes cabrón.

-Ahora sí nos entendemos, hermanito, yo ayudo, pero jamás debo, no se te olvide que mi tarea en esta vida es la Transacción.

Funerario lo paró en seco antes de que agarrara el monólogo:

-¡Está bien!, está bien; ya, ya, ya; como tú quieras Caín, pero llámale a la Chilpachole, que a mí ya ni el teléfono me contesta.

-Bueno, ¿Chilpachole? Mira, quiero…

Veshtitsa fue informada de la presencia de Funerario Adams en La Chingada durante la mañanera y en automático despotricó hasta contra el embajador norteamericano, varios días de resbalones y mordidas de lengua le llevó, no resolver el conflicto, sino tan solo sacarlo de la conversación pública, aunque permanece más que presente, entre tantos otros, en la agenda binacional. Más tarde, cuando Chilpachole le contó de las instrucciones recibidas sufrió un shock epiléptico.

Hiedra Precoz, sin convocatoria ni encuestas, fue descorcholatada (sin albur) esa misma noche y juró hacerle imposible la campaña y el gobierno al candidato a gobernador.

Funerario llamó a todos los acreedores del proyecto para asegurarles su pago tan pronto tenga en sus manos la Tesorería municipal.

Hilaria, Adriel y Descrescencio, regañados que fueron por Campanilla, a su vez regañada por Veshtitsa, no se quitan a días de distancia el olor a azufre de la piel.

Juanetes lleva varios días a dieta sin gallina.

Veshtitsa se grita al espejo todos los días.

Y ayer Acacio impuso un nuevo récord en su mañanera tras seis horas frente las pacientes ceibas.


Serie Acadio

Acacio Pirado
Estampas de La Chingada
Cuando Ariel le copió a La Beatrix

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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