Acacio siendo Acacio
Aún nonato, Acacio ya conflictuaba su entorno; a su madre le tomó tres días el trabajo de parto, los padres de ella, desesperados, fueron hasta la congregación cristiana donde estaba remontada y en cayuco la llevaron al poblado más cercano donde un partero sacó al niño con fórceps. Ya nacido empezó a trastocar su alrededor, la madre lo mimaba y protegía: “es que no lo entiendes, tenle paciencia”, le reclamaba al padre que insistía en su falta de disciplina, orden y respeto. Los hermanos, todos menores, se fueron decantando a su favor o en contra, unos no querían saber nada de él, otros lo adoraban y se beneficiaban de sus locuras, algunos querían ayudarlo y hacían verdaderos esfuerzos por comprenderlo; pero todos sin excepción eran víctimas del desquiciamiento generalizado que generaba a su alrededor.
En la escuela convertía los salones de clase en campos de batalla y caos entre los que lo veían como alguien especial, los que le sacaban la vuelta, quienes lo sufrían y aquellos que lo combatían. Su torbellino también arrastraba a maestros, compañeros y hasta intendentes. No había profesor al que no sacase de sus casillas, para él el único principio de autoridad era el suyo. No fueron pocos los que llegaron a temerle. Acacio siempre fue discutidor, desobligado, mentiroso, revoltoso, refractario al razonamiento y abiertamente conflictivo, tenía una fruición enfermiza por el conflicto; jamás ha reconocido autoridad alguna, fuera de la suya propia que asume como trascendental, nunca se ha sujetado a más regla que a la de él, siempre cambiante, y en absoluto admite culpa o responsabilidad alguna.
Aquellos que ilusamente intentaron comprenderlo y ayudarlo terminaron enredados en problemas, deudas y conflictos por su causa; los que pretendieron meterlo al orden y disponerlo al aprendizaje, empezando por su padre, desistieron por agotamiento, desesperanza y desesperación; su incansable capacidad para levantar tormentas siempre terminó por no dejar nada a su paso más que dolor, pobreza, decepción y odios: tierra quemada. Cuando ya nadie pudo con él, lo enviaron a la UNAM.
En primaria, a un maestro de historia de México, a quien no dejaba dar la clase interrumpiéndolo para exponer su personal versión histórica, tras reprobarlo en conducta y aprovechamiento, le inventó un caso de acoso a una compañera de la que se erigió en osado defensor, la acusación hundió al profesor en una guerra de versiones y fantasías que trastornó a alumnos, profesores, padres de familia y comunidad entera en una discusión que nunca se zanjó y que orilló al profesor a renunciar y mudarse con toda su estirpe a la capital del estado. A la compañerita le creó una fama de casquivana que la marcó de por vida. Fama de la que finalmente se liberó con su suicidio a los 16 años.
Acacio desde siempre tuvo la capacidad de convertir la reprimenda en injusticia y escándalo, tras los cuales suele olvidarse la conducta causante del regaño y discusión. A los directores de las escuelas poco les tomaba entender que era el conflicto en cuerpo de niño y siempre prefirieron mirar para otro lado, comprarlo con favores, becas y permisos, así como asegurar deshacerse de él lo más pronto posible pasándolo al siguiente nivel educativo sin importar su aprendizaje: “qué otros se encarguen del problema”.
El hecho es que Acacio impersona y genera el movimiento perpetuo del caos que devasta todo y a todos a su alrededor. Esa su característica va de la mano de otras dos: su gran capacidad de adaptabilidad y su total ausencia de continuidad. Todo lo que se mueve tarde o temprano termina por topar con algún obstáculo, generalmente es la realidad, como por ejemplo aquella que muestra que no hubo en “México universidades ni imprentas hace 10 mil años”, o que el profesor jamás acosó a nadie, pero eso para Acacio nunca ha tenido la menor importancia, o bien que ayer o hace unos minutos haya sostenido algo y ahora sustente lo diametralmente contrario, cosa que tampoco le preocupa, es más, para él siempre ha sido algo insignificante. Desde pequeño aprendió con su mamá que la gente se inclina a aceptar lo que una persona dice ser, aunque no tenga ningún asidero en la realidad para creerlo, más allá de la determinación inconmovible con que lo diga. Acacio solía atormentar a su hermano menor inmediato en edad, ¡bueno!, de hecho, a todos, pero principalmente a aquél que había osado quitarle el carácter de único en la casa. Le molestaba y hacía llorar, pero luego Acacio lloraba más fuerte y con mayor drama y convicción, y luego, en las explicaciones impedía que el otro pudiese hablar y descarrilaba la discusión con todo tipo de victimizaciones pasadas, acusaciones y distractores, de suerte que el siempre atormentado terminaba siempre reprendido.
Para Acacio no existe problema entre la verdad y la mentira, es más, está convencido que la mentira es más vendible, maleable, atractiva y, sobre todo, explotable. A la mentira poco le importa su contradicción para con la verdad, que además cuesta mucho explicar y aburre pronto; la clave está en el convencimiento y firmeza con la que se exprese: “lo que importa es hacerla convincente, sencilla de entender y creíble”. Acacio dice que la gente es floja y se agobia con eso de tener que entender, valorar y juzgar, y entre razonar y creer siempre va a preferir creer, no porque sea racional o lógico, sino porque es más cómodo, sencillo y concluyente, porque no exige más esfuerzo que creer. “Y si esa mentira no funciona, dice, invéntate otra”.
Para Acacio no existe tampoco la contradicción, “la gente, está convencido, no lleva récord de lo que dices, más si se lo cambias todos los días y, si lo llevan, siempre es de sabios cambiar, ¿o no?”
Otra gran habilidad de Acacio es que no rehúye la discusión, es más la provoca y la hace eterna, pero jamás discute en los méritos del asunto ni acerca de él, tiene la capacidad de mezclar temas sin relación alguna, cambiar la conversación en cualquier momento y llevarla siempre a temas donde él es la víctima y el ofendido. Puedes empezar a discutir con él sobre la muerte de Héctor por Aquiles y terminas discutiendo el fraude de Calderón, cuánto gana Loret o García Luna.
Pero su más paradójica y extraña propiedad es difícil de entender, como se sabe de joven mató a su hermano menor de un balazo (la moda de los abrazos sería posterior), la ausencia de expedientes hace imposible conocer las circunstancias, eso, sin embargo, le enseñó que hay en política un poderoso y oscuro factor psicológico en torno al mal y al delito, incluso muchos populismos han desplantado sus liderazgos en la jactancia de delitos pasado y el perfilamiento de posibles en el futuro. En México la afición por las series y corridos sobre el narcotráfico es un fenómeno innegable y aún inexplicado, saber que Guzmán Leyva era un asesino no le granjeaba, sin embargo, animadversión en las poblaciones donde solía esconderse, antes, al contrario, generaba curiosidad, morbo, respeto, ambición, miedo y sobre todo admiración. Cuando Acacio decretó “que la ley no es la ley”, a nadie sorprendió y es muy probable que a muchos haya cautivado. Tiene razón cuando afirma que a la gente no le gusta razonar ni cuestionarse, pero está urgida de creer, incluso lo más increíble posible.
Con todo ello hace fácil entender que a Acacio jamás le haya preocupado la veracidad ni la congruencia, en él no hay un principio de continuidad, al igual que Trotsky afirma: “solo se puede tener razón con y por la Transacción”. Eso es lo único que le importa. Su adaptabilidad va de la mano de la ausencia de continuidad: lo habido y expresado no le obliga y hay que adaptar la forma del envase con que nos llegue la circunstancia, hay que tener fluidez y fluir, como el camaleón, camuflarse con el ambiente, o como el agua, moldearse al continente del devenir y pasar del hielo al vapor como virtud polifacética y mudable; hoy puedes ser el crucificado, mañana el crucificador, pasado la madre en llanto, y cuando es necesario lavarse las manos o bien lavar los pies de tu enemigo, que ya regresara la oportunidad de crucificarlo.
Para Acacio lo único que importa es que el movimiento se mueva, de allí que no pare mientes en la congruencia, para él la única congruencia y verdad son el movimiento moviéndose.
Además, y eso lo sabe muy bien y le teme aún más: si la gente deja de moverse empieza a cuestionarse y ese es el mayor peligro de todo movimiento, que la gente pregunte por el sentido de las cosas, por su destino, por su finitud: el movimiento no puede detenerse nunca, mientras padres, hermanos, compañeros, profesores y hasta presidentes de la República estén ocupados y preocupados por las vorágines que Acacio genera y mantiene, ninguna experiencia, argumento o duda anidará en ellos, tendrán trastornada su capacidad de experiencia y, con ello, de pensamiento; logrado ello no importa qué es bueno o malo, qué verdad o falso, qué bello o monstruoso ni lo que uno diga y haga, porque aquéllos habrán perdido el juicio.
Y eso de acabar con el racismo, el clasismo y el aspiracionismo en Acacio nada tiene que ver con la justicia y la igualdad, responde a algo que aprendió en la cuna. El gregarismo lleva a las personas a agruparse por intereses y creencias, llámense familia, partido, iglesia, sindicato, gremio, clase o raza, y ello implica cierta organización, norma, estructura, estratificación, pensamiento, acuerdo, acción conjunta y sentido, no en balde se llaman grupos de interés, y esa ordenación genera un sentido de identidad y pertenencia, pero todo ello que llamamos civilización en tanto concordia es lo contrario al movimiento que busca exclusivamente el número y su atomización, individualidades juntas pero incomunicadas, sin identidad, pertenencia ni solidaridad. Es más, el movimiento requiere de un enemigo permanente y una lucha de unos contra los otros, sin importar quiénes sean, el enemigo de hoy puede ser el aliado de mañana, y el hermano puede llegar a ser el contrario y viceversa, todo depende del fluir del movimiento. Por el contrario, las organizaciones se fundan en la persona, sus expectativas, aspiraciones y circunstancias, no en el número; las organizaciones requieren orden, esfuerzo y estructura, y ello de un hacer civilizatorio, en tanto que el movimiento prima el poder y la atomización de la monada humana, por ello es necesario desmontar todo lo que esté organizado y estructurado para dejar al individuo totalmente abandonado, aislado y enajenado, solo ante el poder que así adquiere su máxima expresión, en otras palabras, frente al poder la persona debe ser superflua, frente al poder debe haber individuos agrupados pero sin orden ni sentido, sin comunicación ni propósito común: algo, no alguien.
Aún dormía en la cuna Acacio cuando aprendió que podía desquiciar la paz familiar, enfrentar a padre y madre; más tarde lo hizo con los hermanos, compañeros de escuela, equipo de beisbol, iglesia, en los partidos que lo han sufrido y finalmente a México todo. Para escindirlos bastaba con romper sus estructuras y estratificaciones funcionales, denostarlas, tacharlas de injustas y absurdas.
Desde niño intuyó que había que quebrar toda forma de convivencia organizada, de identidad y pertenencia, ello ordena una vida compartida con normas, esfuerzos, sacrificios, libertades, pluralidad y paciencia; al líder lo obliga a atender, entender, convencer y responder a interminables, cambiantes y complicadas negociaciones, equilibrios, inestabilidades y contradicciones. El movimiento, sin embargo, se mueve bajo una dirección y verdad únicas que, como ya vimos, puede cambiar en cualquier momento sin explicación alguna.
De joven Acacio comprobó que la sociedad del México del cardenismo se había complejizado enormemente y que los continentes organizacionales, aun monopolizando la conversación pública, carecen desde hace mucho de arraigo y base social numerosa, sobredimensionado sus alcances y la participación verdaderamente comprometida de sus agremiados, de suerte que a su margen grandes franjas de poblaciones incomunicadas y apáticas coexisten en total desapego e insignificancia correspondida: ellas son insignificantes para el mundo de las organizaciones formales, aquél para ellas y ellas mismas entre sí.
Acacio creció creyendo que el partido hegemónico abarcaba todo y podía todo, pero pronto se percató que el viejo partido era más estructura, pretérito e impostura que efectividad, y que fuera de sus alcances una gran masa social desorganizada y olvidada vivía sin haber sido tocada ni pervertida por los partidos, sus organizaciones y controles. Vio en ello un campo virgen y desdeñado políticamente hablando, mexicanos que eran movilizados electoralmente por las buenas o por las malas, o bien eran utilizados para en su nombre inflar votaciones a discreción, para luego abandonarse nuevamente en el olvido oficial. Hacerse de ese capital humano desorganizado y despolitizado era más fácil que trepar en las intrincadas estratificaciones políticas existentes. Estas franjas, además, marginadas política, económica y socialmente eran fáciles de movilizar en el rencor y resentimiento. Pero no nos confundamos, a Acacio jamás le ha movido la injusticia ni desigualdad en nadie, incluso de los suyos, le interesan, pero no para resolverlas, sino para explotarlas, le atrae el desvalimiento social y las urgencias de creer de la gente que la gente y su suerte.
No solo de allí le devino su odio a los partidos, pero sí su convencimiento de que eran estructuras caducas y en crisis, así haya vivido de ellos toda su vida. Para él los partidos no son funcionales por esa locura de la pluralidad, la complejidad debe ser sometida a un pensamiento único, no acordado, impuesto, de ser necesario con todo el poder del Estado. Por eso, cuando surgió la moda de desprestigiar la política fue de los primeros que hizo política denigrando la política. La oportunidad, como suele decir, le vino como anillo al dedo, si la política es nefasta, “la actual representación política es espuria, además de corrupta; quienes se han apoderado del poder lo hacen para privar a todos de una vida digna, la mejor política es acabar con la política y los políticos”, la representación, los partidos y las élites económicas, que son las mismas que las políticas, son un peligro para el pueblo bueno, son clasistas, no en el sentido de pertenencia a un grupo u organización, como pudieran ser los alfareros o los herreros, sino por ser explotadores. Con ese discurso satanizó la política, al Estado y a toda organización y pertenencia. Otra vez, el solo admite individuos aislados, abandonados, desesperados y urgidos de creer. Veshtitsa en su abandono paterno urgía de creencia de padre, así le ha ido.
Ya montado en el movimiento y sus artes, aprovechó todas y cada una de las bondades de las libertades, derechos y vía democráticos en su favor, asegurándose destruirlos una vez asentado en el poder.
Ya desde el poder le fue muy fácil destruir todo sistema de organización social y política, de comunalidad y convivencia; de todo aquello que hace a los ciudadanos comunicados, pertenecientes, identificados, representados, organizados y protegidos. Se dedicó a quebrar toda jerarquía social y política, y luego toda relación posible, tanto en el Estado, como en las organizaciones intermedias que median entre la organización estatal y los individuos. Le era necesario romper toda estratificación. Apostar al desdoro por la política, de la concordia, de la vida civilizada y en corresponsabilidad hasta drenarla de todo valor y colocarla en la mano del tirano.
El ciudadano debe desentenderse de lo político y de lo público, centrarse en sí mismo en su aislamiento y abandono, de suerte que todo aquello que tenga que ver con los otros, con lo público, lo compartido, lo vea como pernicioso. Hecho ello fue muy fácil desmantelar todo trazo de comunidad, colaboración y agrupación, porque Acacio necesita al individuo aislado, sin comunidad que lo agrupe y defienda, sin solidaridad alguna, sin clases, sin organización, sin estratificaciones. Finalmente satanizó el aspirar, el individuo no debe por sí o con otros aspirar a nada, distinguirse, superarse, incluso prepararse, debe estar convencido que ello es injusto para con los demás y rasga la solidez del movimiento, porque lo único que debe superarse en todo momento es el movimiento mismo, no la persona, no su familia y no la comunidad en su conjunto.
Por tanto, no puede haber más causa que el movimiento y éste debe mantener al individuo abandonado y aislado, ocupado y preocupado, a la defensiva de todos aquellos que quieren acabar con el movimiento por haber sido desplazados de sus privilegios.
Romper los esquemas de organización condena a los partidos a cascarones vacíos, sin capacidad de nuevos reclutamientos y de acuerdos, y así, toda esa ciudadanía no reclutada ni organizada, y previamente desclasada, caé a engrosar las filas de los desclasados y desanclados, listos para el movimiento: atomizados y extraviados, solos. Lo importante, como en la casa familiar, fue desorganizar, desestructurar, enfrentar, acabar toda certeza y valor hasta hundir el mundo familiar en el caos. La misma técnica, hoy bien lo sabemos, también aplica para naciones.
Acacio crio un ser con dos características esenciales: aislamiento y abandono; aislado de toda organización y compañía, y abandonado a su suerte por los otros y por sí mismo.
Éstos, desestructurados, obvio, voltearon a reclamar de sus desgracias al sistema imperante, pero aquél ya estaba contra las cuerdas, estigmatizado, disfuncional y hundido en la ineptitud y corrupción. Le llaman solidaridad negativa o solidaridad en contra. Esta solidaridad, que no es a favor de nada, no genera gregarismo, ni comunica, ni crea pertenencia, porque cada uno reclama lo suyo y para sí, solo e impotente, en una sobreconcentración del yo sin lograr constituir algo común. Con ello Acacio logró una sola masa proveniente de dos vertientes, por un lado, la de los sumidos en la brutalidad y el atraso; por otro, la de los aislados, desclasados y vaciados de relaciones sociales y políticas. Unidos, finalmente, en el rencor y el resentimiento.
Finalmente logró que el individuo quedara como número, no como persona, solo ante el poder, sin ayuda alguna a su alcance. Sin lazos sociales, incluso familiares, sin amigos, sin lugar en el mundo, solo parte de un movimiento.
Pero el movimiento exige de una lealtad absoluta, por eso no puede haber nada, ni organización, ni demanda concreta que le compita, en él solo se puede ser fiel al movimiento mismo y a su abstracción mercadológica y propagandística, eso que Acacio llama “La Transacción”. Nada de estructuras programáticas, solo la fidelidad al movimiento. Éste, al no tener eje ni contenido, puede en cualquier momento cambiar de objetivo, dirección, verdad, incluso de pasado, de promesa, compromiso, hasta de compañeros.
Este texto está basado en el tercer capítulo de la obra de Hannah Arendt, “Los orígenes del totalitarismo”.
Todos los personajes de esta serie son ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia
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