La insomne
Fuera de sí marcó por la red, llamó y llamó sin respuesta. Tuvo que acudir al directorio del sector público nacional para recordar el nombre del subsecretario del ramo y digitó su número, pero el teléfono rojo sonó hasta cansarse. Temerosa dejó de tentar su suerte. Llamó entonces a la ayudantía castrense, ésa que, como los Granaderos, ya no existe; al primer timbrazo una voz varonil contestó: “A sus órdenes Comandanta Suprema”, por el auricular ella llegó a escuchar el chocar de tacones de las botas del militar y lo imaginó cuadrándose y saludando militarmente en la soledad de la noche que compartían.
-¿Con quién habló? preguntó, necesitaba cerciorarse que no todo el mundo la habían abandonado
-Capitan Finisterre, Comandanta Suprema, a sus órdenes, y nuevamente el chocar de tacones.
-No localizo a la secretaria Campanilla y me urge hablar con ella.
-La señora está en Tepalcates con el señor presidente, perdón, ¡con el señor Acacio!, Comandanta Suprema, ¿quiere que le marque?
Finisterre, como los demás telefonistas de la guardia, tenía instrucciones de manejar estos temas con especial cuidado, pero dada la urgencia no tenía margen posible.
-Entiendo, dijo Veshtitsa con derrotada voz; no, no la molesté, gracias capitán. Colgó.
Se meció el cabello que, rebelde, empezaba a encresparse. Nuevamente aislada y abandonada de su propio gobierno. No era la primera vez, anocheciendo eran trasladados en hato en avión militar a Tepalcates y regresaban directo al Gabinete de Borrado de Desaparecidos, Defensas Guindas, Campañas Adelantadas y Procuración de Impunidades, donde todos guardaban silencio mientras Inverso Ramírez le envenenaba el poco entendimiento que le quedaba antes de someterla al tormento de La Mañanera de rigor.
Veshtitsa olvidó la crisis que la había despertado aquella madrugada, su pánico ya para entonces se centraba en qué nueva locura y crisis le llegaría ahora desde Tepalcates.
Sin saber por qué, marcó de nuevo.
-A sus órdenes, Comandanta Suprema.
-¿Por qué nadie me informó de ese vuelo y quién más viajó en él?
-Desconozco Comandanta, pero enseguida averiguo y rindo parte.
Veshtitsa entró en pánico de quedarse otra vez en absoluta soledad, se dio cuenta entonces que había marcado para oír una voz y sentirse acompañada, que vivía en una soledad absoluta plagadas de aislamientos y abandonos.
-¡No, no, por favor, Finisterre, no cuelgue!; digo, no es necesario, ya me informara la secretaria cuando regrese.
-Las instrucciones de la superioridad, Comandanta Suprema, es que todas las tardes se tengan listas al menos dos aeronaves y planes de vuelo, por si acaso llegan instrucciones y la lista de pasajeros, a mi entender, aprobadas por usted.
Ardiendo de rabia Veshtitsa contestó: “Así es Capitan, entre tantas cosas se me olvidó que ayer lo autoricé”, disculpe,
-¿Hay alguien más con quién quiera le comunique?
Por más que Veshtitsa pensó con quién podría hablar, así fuese solo para acompañar su insomnio, no pudo pensar en nadie, su mundo era un vacío.
-No Capitán, gracias, descanse.
-Buenas noches, Comandanta Suprema.
No había manera de seguirle el paso a Acacio, su incesancia era enfermiza, delirante, agotadora. Veshtitsa creyó que los años y el aislamiento en Tepalcates podrían llegar a serenarlo, pero fue todo lo contrario, se levantaba marcándole, a sus secretarios los atosigaba sin horario, todas sus instrucciones las discutía, peor aún, las revertía, modificaba o simplemente anulaba. Llamaba para criticar sus declaraciones, para corregir sus argumentos, para ordenar a quién atacar o a quién defender, para recomendarle asuntos, nombramientos y candidatos, para reclamarle la frialdad con que trataba a sus hijos o por no defenderlos debidamente y también a él. A veces solo llamaba para gritar sin sentido, y luego volvía a marcar para llenarla de halagos y reconocimientos, y a los pocos minutos para recetarle clases de historia patria y leerle párrafos de los libros que mandaba escribir bajo su nombre. El equipo de trabajo de Veshtitsa vivía en la esquizofrenia entre las órdenes de ella y las contraórdenes de Acacio. De día y de noche la atosigaba y recriminaba, hasta del baño ordenaba le sacarán cuando marcaba.
-Dígale que ningún pinche retrete va a detener a "La Transacción", que conteste de inmediato.
Aquella madrugada, como alma en pena, en camisón y descalza recorrió como tantas otras los fríos salones del Palacio en la oscuridad; al asomarse a la Plaza Mayor se quebró en llanto al verse tras murallas de acero de tres metros de altura, sabedora que no eran precisamente para protegerla.
Encorvada en posición fetal se dijo: ¡Eli, Eli! ¿lama sabactani? (Padre, padre, ¿por qué me has abandonado?).
Todos los personajes de esta serie son ficticios, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia
.Serie Acacio
Acacio Pirado
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Cuando Ariel le copió a La Beatrix
Funerario Adams
Acacio siendo Acacio
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