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El retrato en la composición literaria

Esteban Sánchez Núñez

Colaborador Invitado



Una composición literaria se sirve de varios elementos para transmitir al receptor (lector), una idea clara del pensamiento del emisor (el autor). En este sentido, es imprescindible describir de manera profunda al personaje, o bien, el paisaje que el escritor quiere “mostrar” a todo aquel que vaya a leer su texto. A esa descripción se le llama retrato.

Honorato de Balzac, es sin lugar a dudas un referente de este tema. El autor concibió en el siglo XIX “La Comedia Humana”: un compendio de obras con un estilo único, en el que el retrato, juega un papel preponderante que hace lucir su trabajo.

En La piel de zapa, obra descrita como “una manifestación del realismo”, este novelista francés describe minuciosamente entonos y personajes que, mientras se está leyendo, pareciera que dentro de las páginas hay una realidad. Es como estar en una sala de cine viendo lo escrito.

He aquí la forma de “retratar” una tienda de antigüedades, a la que Rafael, el protagónico de dicha obra, entra para dejar correr el tiempo antes de tirarse al Río Sena:
“A la primera ojeada, la tienda le ofreció un cuadro confuso, en el que todas las obras divinas y humanas se mezclaban; cocodrilos, monos y serpientes disecados, parecían sonreír a unas vidrieras de iglesia, intentar morder unos bustos, correr tras algún objeto de laca o trepar por las arañas. Un jarrón de Sévres, en que la señora Jacotot había pintado a Napoleón, estaba cerca de una esfinge dedicada a Sesostris. El principio del mundo y los acontecimientos de la víspera, reuníanse en grotesco maridaje. Veíanse un asador sobre una custodia y un sable republicano encima de un arcabuz de la Edad Media. Madame Dubarry, pintada al pastel por Latour, con una estrella sobre la cabeza, desnuda y sobre una nube, parecía contemplar con concupiscencia una pipa india, tratando de adivinar la utilidad de las espirales que serpenteaban en torno de ella. Instrumentos de muerte como puñales, pistolas exóticas, armas con secreto, estaban confusamente mezclados con instrumentos de vida como soperas de porcelana, platos de Sajonia, tazas diáfanas procedentes de China, saleros antiguos y búcaros feudales”.
Ésta, es una muy pequeña parte de lo que de Balzac, recrea cuando el personaje central de la novela, recorre con la vista al ingresar al establecimiento. Pero llama la atención cuando describe, o mejor dicho, retrata al mercader, dueño del mencionado establecimiento:

“Figuraos a un viejecillo escuálido y apergaminado, vestido con una bata de terciopelo negro atada a la cintura con un grueso cordón de seda. Cubría la cabeza con un gorro también de terciopelo negro que dejaba caer a cada lado del rostro los largos mechones de sus canas y que se unía al cráneo, formando un rígido marco a la frente. La bata ceñía al cuerpo a modo de un vasto sudario sin que dejase ver más vestigio humano que el rostro huesudo y pálido. A no ser por el descarnado brazo que semejaba a un palo del que se hubiese colgado una tela y que el viejo mantenía en lo alto para proyectar la luz del quinqué, hubiérase dicho que aquel cuerpo estaba suspendido en el aire. Una barba gris, recortada en punta ocultaba el mentón de aquel ser extraño y dábale la apariencia de esas cabezas judáicas que sirven de modelo a los artistas cuando éstos quieren representar a Moisés. Los labios de aquel hombre estaban tan descoloridos, y eran tan finos, que hacía falta prestar una atención especial para darse cuenta de la línea que marcaba la boca en su blanco rostro. Su frente ancha, arrugada, las mejillas pálidas, rigor implacable de sus ojillos verdes, privados de pestañas y de cejas, pudieran hacer creer al desconocido que el Pescador de oro de Gerardo Dow se había escapado de su cuadro. Una sutileza inquisitorial, traicionada por las sinuosidades de sus arrugas y por los surcos circulares trazados en sus sienes, denotaba una ciencia profunda de las cosas de la vida. Era imposible engañar a aquel hombre que tenía el don de sorprender los pensamientos en el fondo de los más discretos corazones. Las costumbres de todos los países del globo y su conocimiento se resumían en su faz fría, del propio modo que las producciones del mundo entero estaban acumuladas en sus polvorientos almacenes. Se hubiera podido leer en ella la lúcida serenidad de un Dios que le ve todo a la fuerza llena de orgullo de un hombre que todo lo ha visto. Con un par de expresiones y dos golpes de pincel, un pintor hubiera hecho de aquella figura una hermosa imagen del Padre Eterno o el rostro burlón de un Mefistófeles, porque en ella había, junto a un supremo poder en la frente, un rictus siniestro en la boca”.

Estos breves extractos son la prueba fehaciente de la importancia de hacer un retrato de cada personaje o de cada lugar al que se hace referencia en la historia. Pero como en todas las creaciones humanas, cada quien es libre de realizarlas con su propio estilo y sello personal.


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No se ve ni asume como el ampáyer, sino como uno de los contendientes; que no está para arbitrar, para hacer posible y civilizada la convivencia de los diversos, para normarla y, en su caso, aplicar las reglas a su encargo. No admite esa responsabilidad, él tiene que ser parte de la contienda, de la justa y, de ser necesario, de la guerra.

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