De Marx Arriaga a Torres Bodet
Recuerdo que mi padre se refería con gran respeto a Torres Bodet cono Canciller de México. Salvo esas menciones no supe nada de él hasta su suicido en 1974, tras 16 años asediado por el cáncer y su nota que recuerdo como si fuese ayer: “He llegado a un instante en que no puedo a fuerza de enfermedades, seguir fingiendo que vivo; esperar, día a día, a la muerte; prefiero convocarla y hacerlo a tiempo. No quiero dar molestias ni inspirar lástima a nadie. Habré cumplido hasta la última hora, con mi deber…”
En recientes lecturas de crítica literaria volví a toparme con él en su otra veta, la ensayista, escritor y poeta, en la que se distinguió con igual brillo que en su carrera pública, dos veces secretario de Educación (Ávila Camacho y López Mateos), de Relaciones Exteriores (Alemán), director de la UNESCO y embajador en Francia, entre otros cargos. Con sorpresa y pesar leo sus memorias; sorpresa del personaje, su vida, su inteligencia, su pluma, su cultura, sus conocidos; pesar por haberlo hecho hasta ahora. Sus memorias son, además de un oasis en el páramo del México hoy, un libro de historia de primera mano.
De ellas recupero un fragmento que por sí sólo exhibe la destrucción de nuestras instituciones de educación y la miseria intelectual de sus responsables. No hace mucho vimos acampar en sus oficinas al mequetrefe de Marx Arriaga, transmitiendo en vivo, como en la Casa de los Famosos, su petulante ignorancia y ccerazón. De cara a ello, vayan en honra de ese gran mexicano que fue Torres Bodet, fundador de los libros de texto gratuito, del programa de la alfabetización de adultos y del Instituto de Capacitación del Magisterio, estas remembranzas.
Regresaba en 1958 al escritorio de Vasconcelos, con quien había trabajado como su secretario particular en la rectoría de la entonces Universidad Nacional de México (1921), tras tomar posesión se quedó solo en su regreso a la Secretaría de Educación Pública. De ese silencio lleno de historia escribió: “¡Cuántas contradicciones en el alma estremecida y profunda de nuestro México! Las que advertía yo en mi oficina no eran sino pálido testimonio de las que atormentaban a todos mis compatriotas. Querían poder, saber y creer; pero sin graduar la altura de los peldaños que hay que subir para creer con fervor en lo que se sabe, realmente lo que se cree y medir el momento preciso en que el poder representa un bien —el de ofrecer a nuestros iguales cuanto tenemos—, o, al contrario, el más negro mal: el de arrancarles lo que poseen”. Imposible no preguntarnos hoy si el poder en México representa un bien o el más negro de los males.
“¿Cómo, se preguntaba, educar a un pueblo tan ávido y tan austero, tan sumiso y tan ambicioso, tan exigente y tan tolerante, tan satisfecho de imaginar que ha llegado a ser lo que aún no es y tan anheloso de ser lo que no parece, desde muchos puntos de vista, dispuesto a ser?... Ansía la técnica – y la desprecia. Guarda caudales de cultura, que no siempre utiliza. Inteligente, hace de la ilusión un fantasma de la esperanza, y de la esperanza un sucedáneo cómodo del proyecto. ¿Para qué programar, si improvisar es tan fácil y, en ocasiones, tan efectivo?” ¡Por fortuna no tuvo que atestiguar lo efectivo del Tren Transoceánico!
Y aquí parece haberle escrito a Marxito Arriaga y también a Enrique Peña, cada uno por su reforma educativa: “Los gobiernos creían que los maestros acataban fielmente sus planes —que, a menudo, ni siquiera leían. Entre las razones de Estado, que exponen los funcionarios, y la forma en que muchos de los educadores interpretaban tales razones, media un abismo. En 1921, Vasconcelos pugnó por federalizar la educación. En 1943, imaginé candorosamente que la firme unidad sindical de los profesores (con el surgió el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación) contribuiría a mejorar la federalización ideada por Vasconcelos. Pero, en 1958, me daba cuenta de que, desde el punto de vista administrativo, la federalización no era recomendable en los términos concebidos por el autor de El monismo estético. Por otra parte, la unificación sindical no parecía favorecer de manera muy positiva a la calidad del trabajo docente de los maestros. Habíamos perdido contacto con la realidad de millares de escuelas sostenidas por el gobierno desde Sonora a Chiapas y desde la frontera de Tamaulipas hasta las playas de Yucatán. Nuestros informantes directos eran los inspectores que, como socios activos del sindicato, encubrían en tiempo real las faltas y las ausencias de los maestros, pues no ignoraban que la gratitud de sus subalternos les sería, a la larga, más provechosa que la estimación de sus superiores”. Y eso que no conoció a la CNTE, a Elba Esther, ni a Arriaga.
Y hablando de Elba Esther: “No siempre, preveía él, podían actuar los líderes en la orientación cultural y moral de sus agremiados. En ocasiones, les interesaba más otra cosa, ejercer influencia concreta en la política del país. Algunos lograban insertarse en el sector de los próximos candidatos a diputados o a senadores. Vislumbraban, así, la ruta que podría conducirles, con un poco de suerte, a la dirección de un establecimiento oficial, o —si obtenían apoyos más sólidos— hasta el palacio de gobierno de algún Estado”.
Y en el mismo tenor del sindicalismo magisterial: “Algunos maestros —sin la humilde y viril franqueza de los que traté en 1944— invocan la respetabilidad de su profesión, para exigir aumentos de sueldos y de servicios. Pero olvidan las obligaciones que esa respetabilidad hubiera debido importarles en la cátedra y en la vida”. Qué diría de los energúmenos que hoy le arrancan, ya no aumentos, sino multimillonarias extorsiones a gobiernos fallidos.
Torres Bodet observaba que el apostolado magisterial se iba convirtiendo en una fuerza de choque: “Fue inútil que me empeñase en exaltar la acción social del educador. Dije —y repetí hasta el cansancio— que, en todas las obras del hombre, nada reemplaza al alma y que, de la robustez del alma que diéramos a las nuevas realizaciones de México, dependería su persistencia. El maestro no es solo un profesional de la educación. Es, a lo largo de toda su vida, un ciudadano capacitado para educar. Si, como ciudadano, aspira a una mayor justicia social, como maestro debe ser justo en el interior de la escuela misma. Si, como ciudadano, quiere que cumplan todos sus semejantes con sus deberes, ha de empezar por cumplir él mismo, sin alardes ni interrupciones su deber”.
Veamos ahora los resultados: en 1958 había 30,816 escuelas primarias, en 1964, 37,576 (21.93%); la matricula recibida en 58 fue 4.1 millones, en 64 entregaron 6.6 millones de alumnos en aulas (60.9%).
Ahora hablemos de los libros de texto gratuito. Necesario será recordar que López Mateos fue profesor, al igual que su esposa Eva, y que el esfuerzo presupuestal que significaban era mayúsculo para las finanzas públicas, en algún momento se pensó restringirlos solo a las escuelas a cargo de la federación, pero López Mateos se opuso: “Todos son niños, y todos son parte de nuestro pueblo”, pero: “Eso sí, condicionó, deberá usted velar por que los libros que entregue a los niños nuestro gobierno sean dignos de México, y que no contengan expresiones que susciten rencores, u odios, prejuicios y estériles controversias.
¿Qué diría hoy Jaime Torres Bodet de la ideologización y polarización de los libros de texto gratuito? ¿Qué de Marx Arriaga, de su discurso y dogmático magisterio de sindicato?
¿Qué de la disminución en la matricula, del abandono de las escuelas, de Mario Delgado, de Delfina Gómez, de Leticia Ramírez?
¿Qué de la reducción de presupuestos, de las universidades Benito Juárez?
¿Qué del futuro que le espera a la niñez mexicana?
#LFMOpinion
#Parreshia
#TorresBodet
#Educacion
#MarxArriaga
#TextoGratuito
#LopezMateos
Comentarios