RAÍCES DE MANGLAR

¿Dónde está mi amor?

¿Dónde está mi amor?

Foto Copyright: lfmopinion.com

Los idilios y los calvarios.

Cerca de una docena reunidos en el crematorio, más de un par llora con desgarro. Destaca de entre la inusual muchedumbre de gente que rara vez se frecuenta -algunos jamás se volverán a ver- una figura solemne y taciturna. Se podría decir que es uno de los anfitriones de tan macabra "celebración". De pronto, sin anunciarse, lo sorprende un recuerdo de hace muchos, muchísimos años. En el se escucha "Lilac Wine" de fondo y el paisaje se ilumina con la luz del día reflejando el verde intenso de las hojas y a un par de niños que sondean el primer amor, el más auténtico o al menos el más imprescindible.

Son los cálidos pininos de la inocencia. Aquella saciedad interrumpida de placeres pequeños, miradas y sonrisas. Las primeras sacudidas, los labios delgados y la piel tersa: el corazón como una planta, captando la luz de rostros sin ojeras, arrugas ni rencores: “Puse mi corazón en su confección, me hace ver lo que quiero ver y ser lo que quiero ser”.

El clamor etéreo de aquel paraíso y de esas criaturas contrariadas por el despertar de sensaciones: oscilan entre la afabilidad y la hurañez. Pasaran meses enteros hasta que él o ella encuentren el valor o el pretexto para ir de la vista al lenguaje. Se preguntarán su nombre, qué les gusta, de dónde son; después vendrán otras preguntas, inseguridades y reclamos, pero estarán por debajo de sus manos temblorosas y del dulce sabor de sus bocas compartiendo el aliento. Ya habrá tiempo para los prejuicios y la resignación, para los idilios y los calvarios.

Vendrán años, lágrimas, celos, escozor y contradicción. Engaños, rechazos, la pérdida de la inocencia y de nuevo aquellos ojos suplicantes: “¿No es ella viniendo hacia mí?”. Estos infantes, cuando ya no lo sean, se arrastraran por el penoso páramo de la vida y sus inquietudes. Encontraran sin buscar lo que jamás pensaron que querían. Se verán empujándose, jalándose, haciéndose la convivencia un suplicio. Creerán que han sacrificado lo más valioso de sí mismos sólo para tener con que dañarse.

Tendrán tiempos buenos: el perdón le dicen. Se enterarán, quizá cuando su piel se encuentre arrugada y marchita, que lo importante es lo no circunscrito. En breves flechazos podrán ver lo que la muerte les aguarda y sabrán entonces del valor que tiene un compañero. Se volverán vino tinto, inestable, como su amor. Si tienen suerte podrán decírselo a tiempo, si no…

Cuando la tragedia los halle verán las cosas tan rápido, tan de prisa. Los demás serán siluetas absurdas y el bocado les sabrá ajeno y sin gracia. Cada pésame será una oportunidad para decir, para cuestionarse por qué: ¿por qué no alguien más? De nuevo estará en sus mentes, un tanto corrompido por las inevitables telarañas de la memoria, aquel columpio, aquel cabello sedoso, aquella soledad irredimible que fueron sus ojos: el paisaje verde.

La ilusión se difumina, la misma pareja muchos, muchísimos años después. Él, parado a su lado, callado, con el nudo de garganta más grande que haya sentido; por momentos siente que lo ahoga. Ella, postrada en la plancha, esperando con el rostro serio, bañado de esa paz perpetua. Pronto, el gas y el ruido del fuego destrozará el soundtrack de aquella vieja ilusión: "¿Dónde está mi amor?"

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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