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PARRESHÍA

Mañaneras pseudónimas

Foto: lfmopinion.com


Verdad y no verdad

Verdad y no verdad juegan a muerte todos los días en las conferencias mañaneras. Cómo distinguir una de otra.

En la Grecia clásica verdad y no verdad tenían dos raíces lingüísticas distintas; no les era suficiente que la no verdad fuese la simple negación de la verdad, el triste anteponer de un “no”.

El asunto era un poco más complicado, toda vez que por verdad entendían lo “no oculto”, lo que se muestra. No un enunciado sobre el ente, sino el ente mismo (el ser), que se muestra, que se “des-oculta”; de allí que el enunciado vendría a ser verdadero únicamente en la medida que se adecuara al ente manifestado en cuanto tal (la verdad).

Para Platón el ente y lo “no oculto” (verdad) se identifican; pero, ¿y lo oculto?, ¿qué es y cómo entenderlo? El tema lo desarrolla en detalle Heidegger en “De la esencia de la verdad”. La lógica nos dice que la negación presupone algo negable (feo conlleva la negación de lo bello; la injusticia, la de lo justo), pero qué cuando lo negable es en sí una negación: si la verdad tiene un carácter negativo, lo “no oculto”, la “no verdad” ¿será lo no no-oculto?, donde la doble negación haría afirmativo el “no” de la “no verdad”.

Por ello y por lo que a continuación veremos, “verdad” y “falso” no comparten en griego la misma raíz etimológica. La “no verdad” en griego no enraíza su origen en el vocablo “(no) ocultar”; de hecho, en Píndaro, Demócrito y Heródoto encontramos el vocablo de la “no verdad” utilizado como girar, invertir y desplazar. La voz utilizada por los griegos para la “no verdad” era pseudo: “inversión”: acción de invertir o cambiar el orden. Para aclarar los alcances de lo “inverso”, en tanto falso, Heidegger utiliza el término pseudónimo -que comparte la raíz pseudes: inverso, falso; de pseúdein: mentir, engañar, timar, falsificar; con onoma: nombre; un nombre no verdadero, una designación falsa, una “visión invertida” (entendiendo visión como opinión).

Pero veamos los alcances del vocablo pseudónimo. Dice Heidegger que nombre falso sería llamar esponja a una tiza (gis de pizarrón), pero cuando Kierkegaard publicaba bajo el pseudónimo de Climacus, no nada mas usa un nombre falso, sino que su uso conlleva una connotación adicional: publica bajo ese nombre, es decir, bajo su protección, su encubrimiento, su poder. Estamos ante una develación (lo no oculto) que se hace para ocultar, velar, encubrir. Para resguardar y resguardarse. Algo se muestra, más no es el ente en sí, no es la verdad, que queda mas bien oculta tras lo pseudónimo. Aún más, puede que lo que se muestra en sí mismo sea una verdad, pero se utiliza para engañar, para ocultar otra. Encontramos así, una inversión, un giro, un darle la vuelta a las cosas, mostrando una por otra, con la finalidad de esconder; pero un esconder mostrando algo más, un esconder que devela, pone enfrente, lleva nuestra mirada a otro lado, la hace voltear. De allí el uso de la raíz griega del vocablo pseudes como giro, inversión y desplazamiento. Pero un giro con una doble vertiente, se gira la mirada del espectador hacia otro lado, y se gira o desplaza el verdadero ente en cuanto tal para esconderlo detrás de lo que realmente se muestra y percibe.

Con un agravante, el giro, lo percibido que se nos muestra, bien puede ocultar algo tras de sí, o bien dar la impresión que algo encubre, cuando en realidad atrás de él no hay nada. Se finge entonces un ocultamiento, para en realidad ocultar la nada o la nulidad. Se hace creer que algo hay detrás de la máscara, sin que lo haya. Lo que se oculta es una ausencia o inexistencia, un no ente.

La visión invertida (no verdad) bien puede ser un arte de prestidigitador, pero, en no pocas veces, es un autoengaño, un condicionamiento; de suerte que quien percibe se equivoque al mirar, pase de largo la mirada sobre lo que realmente se le muestra, queriendo y creyendo ver lo que de antemano cree y quiere ver mostrado. No hay más ciego que el que no quiere ver, dice el refrán.

Y así topamos nuevamente con el título de la sección bajo la que publicamos: “parreshía”, que en sentido lato es “decir todo”; en su connotación peyorativa es decir cualquier cosa, sin principio de racionalidad ni de verdad: cháchara. Y en su acepción positiva es decir todo, pero apegado a la verdad: “no ocultar nada de la verdad, decir la verdad sin enmascararla con nada” (Foucault).

Todo este largo divagar para regresar a las conferencias mañaneras de López Obrador, que se acomodan perfectamente, en la mayoría de los casos, al concepto de “no verdad” de los griegos en tanto pseudes, inversión, falsedad, aparentar, enmascarar, ocultar, distraer.

En los hechos lo pseudónimo y el prestidigitador se hacen uno todas las mañanas en Palacio Nacional. Sin tregua se suceden señalamientos y anuncios, las mas de las veces escandalosos, que fenecen cuando las luces y cámaras se apagan. Todo cuestionamiento de la realidad (los medios ya se plegaron a la 4T), es rebasado con un barrunto de insinuación presentada como información puntual, infamante, alarmista e inapelable, aunque, de suyo, también, efímera e inasible. Se invierte el orden de los papeles, prioridades, responsabilidades y temas en un ejercicio de pseudónimos que ocultan lo sustantivo, o bien aparentan un hacer y eficacia que en los hechos pudieran ser cuestionables, cuando no inexistentes.

Cuando los temas prioritarios están a punto de desbordarse del coto presidencial, cuando la realidad amenaza con develarse, el discurso hace su giro, su inversión, se desplaza para ocultarlos tras el escándalo, la corrupción, la denuncia o la estigmatización nuestros de cada día.

Así, los temas sustantivos pierden densidad y presencia; quedan ocultos. No hay tiempo para ellos en la vorágine de giros y sorpresas mañaneros.

Muchas de las bombas que estalla el presidente López Obrador en el pódium de sus conferencias, tienen más de ocultamiento que de des-ocultamiento; las más de las veces hacen ver (aparentan) un hacer múltiple y virtuoso.

Anuncios, gesticulaciones, planes, programas, campañas, estigmatizaciones, denuncias, giras se suceden sin aliento, pero al final todo queda en ruido, en pseudes.

El tema, sin embargo, no depende exclusivamente del emisor, que, sin duda, las más de las veces juega al prestidigitador o ejercita la cháchara; también de nosotros, los receptores: ¿hasta dónde su éxito responde al arte de sus mañaneras pesudónimas y hasta dónde a nuestro errar la mirada; a negarnos a ver o ver solo lo que deseamos ver? Esto último, por cierto, juega para ambos extremos del espectro político: para sus afectos feligreses y para sus acérrimos críticos, ambos por igual, porque la “no verdad”, la inversión de la mirada, -si se me permite, el “pseudo-mirar” (invertir el mirar o el a qué mirar)-, la pasión por no ver más que lo que se quiere o interesa ver, no es monopolio de nadie.





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