POLÍTICA

Incuria

Incuria

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La Revolución institucionalizada nunca entendió que el problema no era resarcir tierras, sino reconstituir pueblos en sociedades adultas

No es el ejido, tampoco el ejidatario. Y no es repudio, es miedo.

Miedo a su mundo comunitario; terror a su posible organización, a lo consistente de sus lazos solidarios, a la raigambre de su identidad ultrajada; a su silencio explosivo, al espejo negro de su mirar, al Huitzilopochtli que guerrea en su sangre, a la injusticia hecha histórica cotidianeidad, a su ígneo despertar.

Dos veces ha despertado de su incuria: dos veces al inicio de dos siglos, las dos tras haber sido despojado de sus tierras.

En la Colonia fue reducido a sus pueblos, expoliado y entregado en encomienda; explotado sin cuartel, convertido a sangre y fuego. Sus dioses fueron reducidos a demonios, sus ritos en pecado, su alegre bondad en deficiencia, su solidaridad en sedición, su tierra en botín.

“Y era nuestra herencia una red de agujeros”.

La Independencia fue un primer despertar, pero la independencia no tardó en olvidarse de ellos. Nuestras clases gobernantes sólo tuvieron tiempo para sus eternas querellas (nada nuevo bajo el sol).

El liberalismo no tuvo retina para lo comunitario, sólo para el individuo aislado, enfrentado a todos y, por supuesto, explotable. Sus políticas atacaron el corazón de los pueblos. Había que meter a sus hombres a la modernidad con sus tierras por delante. El desenlace fue pueblos sin tierras, campesinos acasillados; el mexicano abandonado a la vera del camino, escombro de la modernidad.

Al amanecer del siglo XX despertó por segunda ocasión. Restituyó sus tierras, pero la Revolución institucionalizada nunca entendió que el problema no era resarcir tierras, sino reconstituir pueblos en sociedades adultas. Y así, el ejido devino en agregación de individuos aislados, dependientes y clientelares; en programas gubernamentales hechos botín, burocracia, liderazgos venales y corrupción. La Revolución tampoco supo ver comunidad, únicamente “voto verde”. Generó dependencia y lealtad electorales, no pueblos maduros, autosuficientes y productivos.

Y como la voracidad del ladrón de tierras no tiene memoria, regresó reloaded en versión neoliberal. No alegó encomienda, ni conversión religiosa, ni repartimiento; tampoco teorizó sobre desamortización y terrenos baldíos; fue la “impostergable necesidad” de certificar la propiedad social. Al anunciar el programa de certificación, en abril del 92, un lapsus mentus del speech writer utilizó en el discurso presidencial el término “titulación” en lugar de certificación, cuando titular en materia agraria implica privatizar. El truco fue la misma gata revolcada de siempre: pulverizar la vida comunitaria, desarmar la organización social, aislar al ejidatario con sus tierras certificadas, para, en soledad, titularlas y comprárselas a precios miserables.

“Ni con los escudos puede ser sostenida la soledad”.

El argumento y chantaje fue la inversión en el campo. Si quieren que invierta, dijo el capitalismo depredador, certifiquen la tierra ejidal. Las tierras se certificaron. La inversión sigue sin llegar. En su lugar arribaron el abandono gubernamental, el eclipse total de políticas públicas, el asistencialismo reproductor de miseria, la astringencia financiera y tras ello los ladrones de tierra en su versión de ejidatarios, porque ya no solo se apoderan de las tierras ejidales, ahora se hacen de la organización interna de los ejidos, para desde dentro destruirlos.

Legalmente, para ser ejidatario, se debe vivir en el ejido, pero gracias a comisariados corruptos y autoridades agrarias aún más, tenemos ejidatarios que llegan a las asambleas en sus aviones privados. Es de vómito verlos con sus camisas de marca, mocasines sin calcetín y lentes de sol, pasar lista de presente con sus apellidos extranjeros y su tez blanca artificialmente bronceada, y escucharlos ostentarse como ejidatarios compungidos, para luego gritar y amenazar como encomenderos al auténtico ejidatario que ose mancillar su avidez. Ni Fellini podría imaginar una escena más patética.

Coincidentemente, nuestros próceres congresistas levantaron la prohibición para que extranjeros compren playas. Lo hicieron una vez que los especuladores nacionales las compraron a nuestros ejidatarios en centavos de peso. Hoy las venden en millones de dólares a sus patrones extranjeros (de especuladores y congresistas). Nuevamente, nada nuevo bajo el sol.

Como en la Colonia y el porfirismo, hoy, por tercera vez, a la vera, abandonados como escoria del nuevo México, van quedando cientos de miles de familias campesinas sin tierras, sin comunidad, sin esperanza. Parias que, viviendo en sus pueblos, carecen de tierra, de pertenencia, de identidad, de causa. Extranjeros entre los suyos, en núcleos agrarias controlados a distancia por extraños hechos ejidatarios-patrones.

Y como la Corona Española y los científicos, previo a los estallidos sociales, Peña Nieto, alarmado por la miseria, hambre y explosividad campesinas, anuncia medidas urgentes en una Reforma Profunda del Campo. Para aquéllos, sus medidas resultaron tardías e inútiles. ¿Éstas?


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Anónimo, recogido en La Visión de los Vencidos.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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