RAÍCES DE MANGLAR

Perfect Day: la apología del perdedor

Perfect Day: la apología del perdedor

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Semblanza de una canción y un exorcismo

Hay que hablar de Nueva York. No de aquel mítico Nueva York color sepia con la “Rhapsody in Blue” de George Gershwin como fondo musical. No, hablemos de un Nueva York más sórdido, pero no menos fascinante. El Nueva York de travestis, prostitutas y proxenetas; el de yonquis, trovadores, vagabundos y de todos aquellos que no vacilan si ven su porvenir en el fondo de alguna botella. Aquel del “hijo europeo”, Delmore Schwartz, tutor del que a la postre sería el cronista callejero y autor de la mejor lírica urbana que el rock haya visto: Lou Reed.

En 1972, después de finiquitar aquel proyecto visceral y súper influyente que fue el Velvet Underground, Lou Reed gozaba de un fresco segundo aire gracias a la contundencia recién descubierta del glam rock liderado por entes andróginos que combinaban drogas duras, pelucas, botas de luchador y sonidos decadentes pero enloquecedores. Con inusitada enjundia y animado por su fan favorito, David Bowie, grabó en noviembre de ese año el que sería su mejor disco comercialmente hablando: Transformer (RCA Records, 1972). Este álbum exacerbó gozosamente los fetiches y fobias del neoyorquino sin preocuparse por la ignominia. Ni rastro de aquel tipo escuálido que recibió electrochoques para "curar" su homosexualidad.

No obstante la actitud desfachatada y rebelde del disco, hay que decir que a casi 47 años de haber sido grabado no ha soportado por completo la prueba del tiempo (algo que siempre ha favorecido los mejores trabajos de Reed). Es Transformer un opus irregular e imperfecto, sin embargo, es irónicamente esto lo que da tanto valor a sus mejores partes (casi todas ellas correosas crónicas de la más extravagante fauna humana). Canciones como “Satellite of Love” y “New York Telephone Conversation”, a pesar de ser divertidas, no han envejecido con la misma dignidad que “Vicious” (dedicada a Andy Warhol), “Goodnight Ladies” o la enorme “Walk On the Wild Side”. El caso de esta última es meritorio porque catapultó a Reed hacia el olimpo roquero que ya nunca abandonaría, pero también ensombreció largo tiempo a la verdadera joya de este álbum: “Perfect Day”.

Quizá lo peor que le pudo pasar a “Perfect Day” es haber sido el lado B de “Walk On the Wild Side”. Para empezar es una pieza sui géneris en Transformer, que poco o nada tiene que ver con el tono general del disco y que no tiene ese arrojo cachondo y pegajoso de la otra canción. Es una balada técnicamente hablando, con un sonido en apariencia romántico. Para algunos no alcanza el nivel de belleza de otras canciones de Lou como “Pale Blue Eyes” o “I´ll Be Your Mirror”; sin embargo, hay en “Perfect Day” una maraña de contradicciones que la vuelven única. Cuando Lou la compuso se encontraba al filo la relación con su primera esposa, Bettyr Kronstadt, esto además de sus problemas con las drogas y su abierta ambigüedad sexual. “Perfect Day” no es del todo una canción: es un exorcismo.

Hay momentos cuando todo se pudre. Un paseo por el zoológico o el parque y todo parece avanzar hacia la dirección correcta. De pronto, buscando entre las cenizas de lo que fuimos y lo que somos, encontramos lo que seremos y el bucle reinicia: “Que día tan perfecto, me hiciste olvidarme de mi mismo. Pensé que era alguien más, alguien bueno”. La voz de Lou, sin florituras innecesarias, narra y luego suplica. Sabe que no puede cambiar, que esta vida nace de un agujero y acaba en otro, y en medio, más agujeros: bocas, oídos, pinchazos de agujas, navajazos, anos, vaginas y el cielo. Todos rellenos de nada. Viene el arreglo de cuerdas de Mick Ronson como un apéndice arrancado de algún vals de Strauss. Luego la aterradora sentencia, de las pocas verdades absolutas: “Cosecharás lo que sembraste”. La mentira suprema es el autoengaño, pues hasta el más sórdido acepta que desearía pertenecer a algo, a alguien, pero el corazón no sugiere; ordena.

En la película Trainspotting (1996) del director Danny Boyle, la connotación cambia. La aguja se clava en la carne machacada y llega hasta la vena. Como un coito perturbador y torcido, el émbolo succiona vida y la devuelve mezclada con podredumbre. El piso se hunde y la melodía de piano sublima el malviaje sin escalas de Mark Renton (Ewan McGregor). Vista subjetiva desde el nadir más profundo (¿Qué puede ser más profundo para un hombre que su tumba?) y de pronto todo cobra sentido: “Es un día perfecto, tú haces que resista”. Lo arrastran hasta un taxi y de ahí al hospital donde, con la más asquerosa ironía, otra aguja (esta vez cargada de epinefrina), lo arroja de nuevo a este mundo. “Cosecharás lo que siembras” y Mark siente dolor, dolor de existencia.

El lenguaje cinematográfico dio nuevos aires (más ominosos quizá) a “Perfect Day”. Como en el caso de Naked Lunch (1991), donde la película de David Cronenberg se apropia de la música de Ornette Coleman y a su vez, esta da nuevo sentido a las profecías literarias de William Burroughs, “Perfect Day” da un nuevo significado al tropezado mundo de los yonquis con una honestidad aplastante. Otro ejemplo de esto es la visión en Prozac Nation (2001), sólo que en lugar de “azúcar morena”, el elíxir es un antidepresivo. Elizabeth Wurtzel de 19 años (Christina Ricci) es una joven solitaria, introvertida y melancólica. Hija de un matrimonio norteamericano común (o sea fallido), sufre nostalgia por su padre y busca la ternura perdida en otro extravío, aquel que se da con la pérdida de la inocencia en los albores del primer amor. Sacrificada esta, el propio Lou Reed acaricia sus suaves mejillas, abriendo un surco para las lágrimas. De ahí el descenso hasta el más helado infierno, el del hueco en el corazón. De ser una de las alumnas más prometedoras, termina siendo una apestada social y otra vez la sentencia fatal: “Cosecharás lo que siembras”. Este halo que relaciona a “Perfect Day” con las drogas siempre ha estado presente, pero sin duda la cinematografía vino a reforzar una idea que el mismo autor no podría negar.

No obstante, hay en “Perfect Day” añoranza y Patti Smith supo rescatarla como nadie. La jefa Patricia editó Two More en 2007, donde dignifica esta composición. La interpretación de la chicaguense no se aleja abismalmente de la original, pero reivindica su esencia con esa tristeza de la que sólo su áspera y poderosa voz es capaz. En la canción enfatiza la frase “Tú me mantienes de pie”, en un desesperado lamento que eriza la carne. Cosa opuesta ocurre en la versión disecada del grupo pop Duran Duran, quienes, a pesar de la opinión del propio Reed (se mostró satisfecho con el resultado), la plastificaron de forma oportunista y amanerada.

Una vez rescatada esta canción (gracias a la escena antes descrita de Trainspotting), no tardó en ser objeto de publicidad. Algunas veces los resultados fueron grotescos y vergonzosos como en la campaña publicitaria de la marca PlayStation en 2013, otras como la de la BBC de 1997, mostraron el potencial hipnótico (y comercial) intrínseco de la composición. Esta reunió a una serie de luminarias como Bono, Bowie, Elton John, Suzanne Vega y un largo etcétera bajo el mando del mismo Lou Reed, quien abre y cierra la melodía. Debido a la gran cantidad de artistas y estilos vertidos en escasos cuatro minutos, la canción falla en muchas de sus partes, aunque hay que mencionar que dos momentos clave la hacen brillar: la voz de prisma de Bowie cantando el verso “you made me forget myself” y el saxofón soprano de Courtney Pine que, aunque sustituye al arreglo de Ronson, da personalidad y vida propia a esta versión.

Quizá lo peor que le pudo pasar a “Perfect Day” no fue ser lado B de un gran éxito. Tal vez lo peor es que no es una canción para cualquiera o que viene de un Nueva York que ya no existe. ¿Será porque a primera oída suena monótona y aburrida? A lo mejor es su público, quienes también son lados B de otras personas más alegres, bombásticas y elocuentes: una legión de perdedores pues. “Perfect Day” no es una, valga la ironía, canción perfecta. Para eso tenemos a los Beatles, Led Zeppelin o Queen. Tampoco es la cumbre de nada. No va a cambiar al mundo ni será reconocida por la “alta cultura” por la misma razón por la que Bukowski jamás ganó el Nobel: por su honestidad y quizá también por los electroshocks.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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