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Educar el carácter

Foto: lfmopinion.com


Virtudes.

Si algo urge considerar en la educación actual, es la formación de ese ejercicio práctico de la personalidad para vivir acorde a las virtudes.

No es suficiente que aprendan el idioma o las matemáticas, sino que forjen una actitud más segura de sí mismos con una equilibrada autoestima.

Una amenaza aún más grande que la ignorancia y el ser iletrados, es la inclinación creciente a las adicciones. Y el verdadero antídoto, para esa terrible acechanza, es el carácter seguro de sí mismo; un dominio de los temores y de los impulsos que nos conducen al descontrol y a las emociones tóxicas.

Tenemos que cambiar el enfoque y retomar lo que hizo grande al mundo helénico, formar el carácter de los niños y adolescentes con las virtudes, en especial la valentía. Y no sólo dejar que la escuela informe y refuerce hábitos.

La ética aristotélica no es una ética centrada exclusivamente en las acciones, buenas o malas. Actuar es sólo un aspecto de la vida buena, ya que vivir bien supone sobre todo desarrollar una manera de ser justa, prudente, generosa, que lleve a responder sabia y correctamente a las situaciones de la vida.

El carácter nos dispone a actuar en un sentido o en otro. La persona iracunda reacciona con violencia a lo que le incomoda; el valiente sabe enfrentarse sin miedo al peligro. El carácter consiste en el conjunto de cualidades que vamos interiorizando en nuestro ser a modo de una "segunda naturaleza"

No estamos determinados, las virtudes se aprenden. Es decir, la naturaleza no nos hace de inicio ni buenos ni malos; seremos lo uno o lo otro según sea el conocimiento que vayamos adquiriendo. El carácter nos dispone para la acción. Lo que buscamos, finalmente, es ser felices, estar bien con nosotros mismos y con los demás, gozar del máximo de bienestar posible. Estamos dispuestos a hacer lo que nos agrada y a evitar lo que nos desagrada, acorde al filósofo griego. El problema es que el gusto y el disgusto no siempre coinciden con lo bueno y lo malo, o lo que se hace por gusto acabará llevando a ese bien último que es la felicidad, ni lo que se evita porque desagrada es realmente un impedimento para vivir mejor.

Queremos ser felices, pero tenemos que aprender a serlo, y eso: ¿quién nos lo va a enseñar?

La felicidad individual no puede obtenerse sin la felicidad de otros, no se puede conseguir lo que no hay, razón por lo que hace falta adecuar a que la escuela sea un lugar público donde también se formen virtudes y no sólo se enseñen ciencias y se transmitan hábitos.

Nuestros hijos también tienen que aprender a ser felices y a formar su carácter más allá del hogar. Si es que también hay alguien en la familia que esté en condiciones de enseñárnoslos.

Es tiempo de repensar en que la escuela no se debe de reducir a sólo un plan de estudios que se centre en los contenidos, es decir en las ciencias, y desaprovechar tantos años para dejar de formar el carácter de los alumnos.




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