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RAÍCES DE MANGLAR

Mobbing: el compañero indeseable

Foto: lfmopinion.com


Pese a los avances, la reforma recientemente avalada por el Poder Legislativo contiene fisuras que más que solucionar, vuelven ambigua la problemática.

Marisol Hernández no es su nombre. El verdadero lo omite pues sin pensarlo aún profesa lealtad a la gente que le puso el pie. Una amiga de la universidad le consiguió el empleo en la empresa naturista Essential Nutrition, propiedad de sus papás. Le ofrecieron apoyo y comprensión con sus compromisos académicos. Un sueldo que, sin ser la gran cosa, le parecía suficiente para enfrentar la vida como una estudiante independiente. Con su inexperiencia laboral vinieron sus primeros problemas, pero las responsabilidades pesaron más y decidió continuar, aguantando la más posible los designios imposibles y exagerados de sus jefes.

Llegó diciembre y también los aguinaldos. Con injustificada vergüenza increpó a su jefa sobre el pago de ese derecho. “Ya te lo dí”, contestó. Ante la insistencia, la jefa cedió, el dinero se cobró y el vaso terminó por quebrarse. Aumentaron las tareas inútiles, como limpiar las gomas en las patas de las sillas o el enrejado que a diario se empolvaba por estar en plena avenida. Se le pidió trabajar días y cubrir horarios que no se habían pactado. Sin una nomina o recibo de pago firmado, Marisol no sabe cómo protestar, menos con la amistad de su benefactora de por medio. Siente que su voluntad es débil y su cuerpo macilla que no responde a sus órdenes mentales. Decidió renunciar.

A diferencia de Marisol, su situación tiene no uno, sino varios nombres. Aunque para ellos es “cargar la mano”, “agarrar de bajada” o “echar carrilla”, para las autoridades y estudiosos se llama acoso laboral o mobbing. En cualquier caso, significa lo mismo: ambiente laboral tóxico. Existen varios tipos, pero resaltan dos: el llamado “jerárquico”, donde una persona con mayor rango abusa de sus facultades para someter e intimidar. El otro es el “acoso horizontal”, donde alguien de igual o similar rango aísla, hace mofa o agrede a un compañero recurrentemente. En el primer caso se trata de un hostigador, en el otro se llama acosador. Son distintos por su terminología, pero los une su objetivo: reducir a la víctima hasta dejarlo sin más alternativas que la renuncia.

En un artículo publicado por la Profesora Gabriela Bermúdez de la Universidad Nacional Autónoma de México, el mobbing “es un problema que ha sido poco estudiado desde el punto de vista jurídico, pese a que causa severos transtornos en la conducta humana como depresión, ansiedad y pérdida de autoestima”. Debido a lo anterior, en 2013 la Suprema Corte de Justicia de la Nación, definió los elementos con los que se puede tipificar el mobbing en México en lo que se refiere al hostigamiento o acoso jerárquico. En cuanto al mobbing horizontal en noviembre de 2016 la Comisión de Trabajo y Previsión Social de la Cámara de Diputados aprobó modificaciones en la Ley Federal del Trabajo a favor de quienes sufran este tipo de abuso, algo inédito en la sociedad mexicana, dado que anteriormente, estos incidentes se “arreglaban” en el seno mismo de la empresa.

Tu palabra contra la mía

No obstante los avances en materia laboral, existen dudas sobre lo práctico de la reforma. El Lic. José Mariano Orozco, profesor de la Facultad de Derecho de la UNAM y especialista en Derecho Laboral, sugiere que existen fisuras en esta ley: “Se ha avanzado, pero todavía falta mucho. Por ejemplo, se tienen que presentar pruebas periciales, testimoniales y judiciales. Sigue siendo un asunto de tu palabra contra la mía, algo sin duda muy difícil de demostrar. Como empleado corres el riesgo de quedar en ridículo. Amén de que hay algunos abogados que contratan testigos para mentir en el juicio”, señala el también miembro de la Red de Docentes de América Latina y del Caribe. Es imposible no preguntarse qué empleado podrá recurrir a este recurso, pese a ser poco ético. Por otra parte, las autoridades competentes aún están pendientes sobre la eficiencia de la reforma: “Es tan reciente que aún no tenemos datos para compartir”, explica la Lic. Abigaíl González, Procuradora Auxiliar en la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo.

Entre el año 2008 y 2009, Enrique Martínez de 30 años, sufrió mobbing por cerca de 8 meses. Tenía 19 años y laboraba en Sirloin Stockade un restaurante ubicado en Plaza Loreto, en la delegación Álvaro Obregón. Fue contratado como lavaloza, puesto que ejerció poco tiempo hasta que fue promovido por el gerente como parrillero. Poco duró su entusiasmo cuando se encontró con Gustavo, parrillero quien pensaba que su derecho de antigüedad también lo facultaba para oprimir e insultar. “No seas tonto. Aprende a agarrar el cuchillo”, decía cada vez que Enrique se equivocaba o no cumplía al pie de la letra con sus órdenes. “Alguna vez lo enfrenté, pero me dijo que si no me gustaba me podía ir”. Enrique recuerda que su acosador pedía un corte de jitomate y que si no se hacía como quería, tiraba la verdura y le gritaba, a pesar de que él mismo no sabía hacerlo. “Sentía coraje e impotencia. Miedo a que se volviera peor”, comenta.

Cuando trabajaba bajo presión, Gustavo aprovechaba cualquier error para insultarlo: “Hay que fijarse, cabrón. No seas tonto”. El parrillero recuerda que era así con casi todos, pero que con él agarró especial saña. Cuando lavaba la campana de la parrilla, él le decía: “Hay que lavarla bien”, y lo obligaba a meter su cabeza en lo más profundo del aparato. Labor que, aparte de sucia e incómoda, también era peligrosa. La situación llegó a su fin cuando Enrique, cansado de su prepotencia, renunció a su puesto. Aunque hay herramientas legales del tipo retroactivo que permiten demandar a su otrora acosador, Enrique no cree que valga la pena, sobretodo con la cantidad de factores que juegan en su contra, como el tiempo transcurrido: “Si no ganara, volvería a renunciar”.

Otro tipo de mobbing ocurre cuando alguna empresa o agencia presiona a los trabajadores para que firmen una renuncia con la promesa de recontratarlos. Una vez firmada la renuncia, los trabajadores no obtienen una liquidación digna de sus servicios, a la vez que el nuevo contrato desconoce su antigüedad. Tal es el caso de Roselia Flores Tapia de 34 años, animadora de la agencia Corporativo Zafiro, quien en el año 2013 fue presionada por su coordinador Arturo Dimas para firmar: “Renuncia o te bajamos el sueldo y te mandamos más lejos”, comenta mientras recuerda con enojo cómo soportó el asedio por cerca de 6 meses. Después de laborar por 3 años y debido al cansancio emocional, Roselia decidió abandonar Corporativo Zafiro.

A sus 32 años, Mara Sanabria conoció una especie de mobbing, complicado tanto por su esencia como por pertenecer a otra problemática, no menos delicada, como lo es el acoso sexual. Promotora de herramientas eléctricas, específicamente de la marca Milwaukee en la sucursal Home Depot Los Reyes, Estado de México, Mara pertenece a una agencia independiente a la tienda donde labora. No obstante, su trabajo sí depende de la colaboración con los asociados de la misma. Abel Villegas es Jefe de Departamento de Ferretería y es quien administra los espacios de anaquel. Según Mara, Abel se acercó a ella, primero como una persona amable, pero no pasó mucho para insinuársele. “Me preguntó que si quería salir con él, a lo que yo me negué”, explica Mara con voz cortada. Lo peor es que no es un caso aislado. El sujeto, un tipo de mediana edad, ha sido acusado anteriormente sin consecuencia alguna.

“Sé de una chica que hasta lo demandó, pero no pasó nada. Aquí todos sabemos que es porque tiene como familiar al Gerente Regional. Como ya casi se jubila, se hacen de la vista gorda. Seis de mis compañeras han subido a gerencia a reclamar. A mí me dijo que todo tiene un precio. Lo dijo en relación a mis espacios para producto”.

Actualmente, Abel Villegas se encuentra bajo observación de la gerencia de la sucursal por esta conducta. María Ortiz de 34 años, empleada de A&A Promociones, asegura que han recaudado firmas y las han interrogado, pero no se ha realizado ninguna investigación oficial. Todo ello a pesar de que ambas conductas, tanto acoso como hostigamiento, están contempladas en la Ley Federal del Trabajo. María explica el modus operandi de Abel:

Al principio me habló bien, me ayudaba. Hasta que me preguntó si quería salir con él. Me negué y no lo tomé en serio. Pasaron los días pero me insistía. Después me empezó a ordenar cosas que no tenían nada que ver con mi trabajo en venta, cosas de la tienda. Sólo me hostigaba a mí.

Llamó y dijo sin argumentos que yo no le servía para nada en la tienda. Incluso le dijo a mi supervisor que le daba más espacios para herramientas si me sacaba de la tienda. Le expliqué a mi jefa, lo que había pasado. Me sugirió que no le hiciera caso. Así me dijo. Después a él lo cambiaron a otro departamento y ya pude trabajar tranquila. Por eso no hice nada. Lo malo es que ya regresó y todo volvió a ser lo mismo. Me quitó espacio y ya no pude avanzar. Mejor pedí mi cambio de tienda.

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