RAÍCES DE MANGLAR

Otra revisitación a la carretera 61

Otra revisitación a la carretera 61

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54 años de (quizá) la obra cumbre de Bob Dylan

El paradigma yace roto, desvirtuado. Hizo falta una guitarra eléctrica y una banda de blueseros para faltarle al respeto a un público ingenuo, tierno como gelatina. Gente supuestamente consciente y políticamente correcta, atascada de retrospectivas y perspectivas, almas flameantes sin gramo de prospectiva. Irritados, no pueden creer en qué se ha convertido su mesías.

Para estos modernos fariseos, amantes del folk más radical y de las guitarras de palo, ya es hombre muerto. Y así que proceden a crucificarlo, sin juicio de por medio, sin un Poncio Pilato que se lave las manos y sin redención aparente.

No obstante el calvario, el sendero de la desolación está marcado. No queda más remedio que la cópula eléctrica, el discurso incendiario y la mirada asqueada, fija en aquellos que se niegan, que no perciben a los tiempos torcerse.

Sin posibilidad de retroceder, el paradigma fue transgredido. Hace 54 años fue publicado el sexto álbum de Bob Dylan y nada volvió a su estado natural. El pálido orden fue finiquitado, el amarillo dejaba de ser color y era "un pollo" y del caos surgió una nueva criatura que reptaba a través de las notas del órgano Hammond que Al Kooper aporreaba y que cuestionaba con inédita iracundia a una vieja amante que lo perdió todo por soberbia: “Qué se siente/Estar por tu cuenta/Sin dirección a casa/Como una piedra que rueda"

Sin importarle la opinión de nadie, de alguien, Bob Dylan logró de manera pasmosa lo impensable. Las manifestaciones melódicas, armónicas y rítmicas de este enloquecido opus violentan los planos musicales que hiciese célebres Aaron Copland: el plano sensual se yuxtapone al expresivo y éste a su vez no teme denigrar al meramente musical. Nada es lo que parece, pero todo importa.

Desde el tarolazo inicial de Bobby Gregg, la energía sin par de Mike Bloomfield, la frescura del ya mencionado Kooper, y sobretodo, la nasal parafernalia de Robert Zimmerman. La convulsión fue total, el público polarizado y el cambio irreversible. A la postre, toda una horda de admiradores darían fe de la importancia del Highway 61 Revisited, entre ellos The Rolling Stones, David Bowie y The Beatles; sin embargo, carcomidos por la comercialidad y el lujo ninguno de estos mitos se ganaría la bendición que la musa excéntrica y prostituta dio al pequeño judío: una sapiencia mordaz y altanera.

54 años después los tiempos siguen cambiando; para bien y para mal, pero se mueven y donde hay movimiento hay vida. ¿Fue Bob Dylan un profeta certero y el Highway 61 Revisited su lúdico vehículo del apocalipsis? No lo podría asegurar, pues como en toda historia de mentirosos y arúspices incongruentes hay corrupción. Lo que es certero decir es que a más de medio siglo sus canciones siguen siendo mis falacias preferidas.

Larga vida y una revisitación más a la carretera 61.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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