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RAÍCES DE MANGLAR

Triste niño gris

Foto: lfmopinion.com


Ya nos veremos.

Se fue. Abrió siete veces su hocico hiperventilado, buscando cachar un poco de aire. Fue inútil. Los ojos se le botaron y en un último espasmo estiró las piernas dolorosamente para quienes lo vimos. De alguna forma se las arregló para tornar aquella luz cegadora y salvaje de la clínica en una niebla borrosa y espesa por las lágrimas. El cuadro, insoportable por su naturaleza, nos recordaba nuestra fragilidad. La de todos, hombres y animales.

Fuiste una criatura feliz mientras "viviste" y no me refiero a todas esas tardes de consultas, chequeos e inyecciones, sino a cuando viviste. Un escaso tiempo de calidad diría yo, demasiado breve. Niño gris y rizado. De verdad te amamos. Incluso cuando te sacudías involuntariamente, tristemente.

Me avergüenza reconocer que en algún momento pensamos en abandonarte. Era demasiada la presión y el cansancio, pero luego tus ojos llenos de confusión y miedo. Miedo de todo y a todos. Bastaba verlos para acobardarnos y llenar nuestras almas de amargura y arrepentimiento.

Decidimos luchar porque lo creímos adecuado. Como cuando uno camina por una vereda escabrosa y simplemente sigue. Tu apetito no mermó por largo tiempo y eso nos animaba, pero llegaban las crisis y las sacudidas y la espuma en la boca y otra vez esos ojos desconcertados. Nos decían que en esos ratos perdías la consciencia y nada sentías, pero lo cierto era que no sabíamos. No sabíamos.

Los primeros días fueron por mucho los peores. Chillabas con un sonido tan agudo y lastimero, como finos hilos de hielo chocando uno contra el otro. Tras la convulsión venía la respiración agitada, como si tu pecho marcara el compás de una oda insoportable. Y luego la calma, una angustiante calma, del tipo que precede a la miseria. No la soportaba, por momentos hubiera preferido que reventaras en un último aullido y que tu corazón se cansase de una vez por todas, pero ahora que nunca más te escucharé…

No borró los mejores momentos, aunque es difícil evocarlos ahora. Como las mañanas cuando estiraba la mano y lo primero que alcanzaba era tu suave pelo o las correteadas por toda la casa. Los juegos sin fin e inútiles en su propósito, como todas esas cosas que tanto complacen por banales pero ciertas. El mejor recuerdo: que en mis peores horas sólo tú me encontrases grato.

Y no perdías esas ganas. Una fuerza que ya muchos de nosotros, quejumbrosos por la existencia misma, quisiéramos. Creyendo que al menos te debíamos (yo te debía) unos últimos días de confort, intentamos hacerlos buenos y sabrosos. ¿A poco no te gustó todo ese caldo de pollo con arroz blanco? Sin duda, pocas veces vi relamerse de tanta dicha a alguien por un estofado. Te subestimamos, porque esos días se volvieron semanas y luego meses. Ahora que lo pienso, no fue la peor convalecencia, pero todavía siento que no pude saldar esa deuda. Por egoísmo aplacé tu agonía y no estoy seguro si incluso tu mente mínima y amorosa lo perdonaría.

Escribo estas líneas porque no se me ocurre que más hacer mientras yaces allí, con la mirada perdida, envuelto en una sábana sucia, esperando una resolución. Fui testigo de las siete efímeras bocanadas y del rictus final de tu abandono. Aún así, espero que valgan estas palabras para que sepas lo mucho que me hiciste feliz. Uno nunca sabe que puede querer tanto a un perro, quizá porque en nuestro egoísmo y vanidad como humanos somos profundamente estúpidos.

Descansa amigo y perdóname por no haber podido hacer más que mirarte. Nunca te merecí. Ya nos veremos.

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“Los tontos entran a grandes zancadas donde los ángeles no se atreven”. Tal parece haber sido el caso de Culiacán.

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