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RAÍCES DE MANGLAR

Bruce Springsteen: la maldición del camino y el desencuentro

Foto: lfmopinion.com


Se calman las mareas.

Es difícil saber qué pasaba por el cuerpo y el alma de Bruce Springsteen cuando escribió "Thunder Road", canción descriptiva hasta la médula, pensada como techo para el deseo marginal, para aquellos amores moribundos; último esfuerzo de las parejas que se aman pero que se reconocen imperfectas, incapaces de mantener el agotador ritmo de la pasión más vehemente.

La puerta azota y el vestido de Mary se mece/como una visión ella baila en el porche mientras en la radio suena/Roy Orbison cantando a los solitarios/Es quien soy y te quiero/No me mandes a casa/No me puedo enfrentar a mí mismo otra vez

Es imperceptible como el principio del fin, pero cuando un alma entra en contacto con otra pierde un pedazo de sí misma. Y se deshacen poco a poco hasta que es tarde. Amén del terrible verdugo, el más traicionero y cruel: el tiempo.

Se calman las mareas y en el respiro largo y profundo se nos va en bocanas la juventud. El aire se torna pesado y la pesadez de estos cuerpos conduce a un amor pascuato, increíblemente flojo. El sexo es cada vez menos ambición y más trámite. ¿Cómo es que se nos pasa esa curiosidad concupiscente? ¿Cómo se nos pierde el niño ansioso y juguetón?

Estás asustada y piensas que quizá nunca volvamos a ser jóvenes/Muestra un poco de fe, la noche es mágica/No eres una belleza, pero estás bien/Y eso me basta

Porque llega el momento fatal cuando dos almas se conocen tanto que irónicamente terminan viéndose extrañas y ajenas. La ternura y agradecimiento no bastan para salvar los restos que el olvido exige.

El porche y el capote sucio son insuficientes porque es cierto que un hombre por amor lo da todo, pero también es verdad que nuestras promesas están hechas de vapor. Nuestra voluntad es frágil. Todo lo que ofrecemos es una carnada, algo para hacer este descalabro mas llevadero.

No parece lo más difícil de entender pero es terriblemente confuso. Solemos ser verdugos implacables por ignorancia y apatía. Todo lo que creen saber de nosotros es cierto y es peor.

Vuelve al coche/El paraíso nos espera al final de estos caminos

Pero el óxido corrompe a todos y en las sobras de ese amor jodido hallamos a veces el consuelo y el agradecimiento suficiente para amanecer desnudos y sin remordimientos. Con la sensación efímera pero suficiente.

Con una oportunidad para hacerlo bien de alguna forma/¿Porque qué otra cosa podemos hacer?/Más que bajar la ventanilla y dejar que el viento sople en tu cabellos.

Y él lo sabe porque lo canta y toca esa música tierrosa. Hace vibrar el consuelo, la infancia raptada. "¿Qué otra cosa podemos hacer?". Nada, más que esperar. Así es "Thunder Road" y así es el amor del hombre. Les toca a quienes son cuerpo y espíritu amoroso decidir si quieren cambiar esas alas por ruedas y ser así elevados, nunca reducidos, al objeto del deseo. Fundidos en la carretera del trueno.

Así que Mary, sube/Esta ciudad está llena de perdedores/Yo me largo de aquí para ganar

Cuando las caricias no nos incendien más, cuando dejemos el paso a los demonios del reproche y el rencor, ¿qué nos quedará? ¿A qué nos vamos a aferrar? Escuchar "Thunder Road" no nos librará, pero quizá nos de una pista. Tal vez entre las ruinas y las cenizas quede esperanza. Quizá, y pese a lo que diga Bruce, nos ayude a entender que jamás se trató de perder o de vencer.

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