RAÍCES DE MANGLAR

Take this badge off of me: disertación sobre el Nobel de Dylan

Take this badge off of me: disertación sobre el Nobel de Dylan

Foto Copyright: lfmopinion.com

Iconoclasta.

“Mi amor habla como el silencio, sin ideales ni violencia”


Love Minus Zero/No Limit, Bob Dylan



Con la premisa de haber creado nuevas formas poéticas en la canción estadounidense, la Real Academia de las Ciencias de Suecia otorgó en 2016 el premio Nobel de literatura a Robert Allen Zimmerman, mejor conocido como Bob Dylan. La noticia, como era de esperarse, causó indignación en gran parte del sector intelectual, algunos de los cuales no sólo consideraron la decisión como una afrenta a los parámetros de la academia misma, sino una representación del estado de decadencia actual de la literatura. Otros menos ingeniosos se dedicaron a comparar el valor estético de la obra del de Minnesota con algunos de sus favoritos, entre los que destacaban Philip Roth y Haruki Murakami, labor inútil que sólo dividió más al público y que retrató cierta ignorancia y desconocimiento por el trabajo de Dylan.

Mucho se hablará respecto a la decisión de la academia pues siempre habrá este tipo de divergencia; sin embargo y en este caso en particular, se dispararon de modo tal que rayaron en el paroxismo. Gran parte del público y del gremio literario se mostraron radicales y mordaces. Más que considerar el aporte a la humanidad de los nominados, parece ser que para ellos el Premio Nobel a la literatura es una especie de coliseo grotesco donde se compara lo incomparable. No veo la necesidad (necedad) de caer en este juego en donde quienes debaten sin argumentos caricaturizan su supuesta inteligencia y sólo exponen tajantemente sus prejuicios clasistas. El mismo Dylan les preparó una trampa a todos estos “críticos” culturales en su famosa “The Ballad of a Thin Man” de 1965. Y a quien le quede el saco.

La importancia de Zimmerman (como lo llamaba Lennon) no sólo radica en sus inéditas formas poéticas. La revolución cultural de los años sesenta sería impensable sin la aportación dylaniana. La influencia de su trilogía discográfica mítica (Bringing It All Back Home, Highway 61 Revisited y Blonde On Blonde) se nota en el trabajo de muchos coetáneos suyos; desde ofertas musicales de alcance masivo como The Beatles, The Rolling Stones o The Who, hasta músicos y bandas de menor popularidad, pero de excelente manufactura, como Tim Buckley, Buffalo Springfield, The Byrds y un larguísimo etcétera. Sus letras llevaron al rock hacia una insólita madurez y compromiso social y personal, concibiendo así la imagen del rebelde con causa en la efigie del Dylan con chamarra de motociclista y gafas para el sol.

Considerando los razonamientos de Aaron Copland, la música de Dylan ayudó a sus colegas a trascender más allá del plano sensual y los guió hacía una nueva y necesaria expresividad artística. Es por lo tanto, actor principal en uno de los episodios más gozosos de la centuria pasada y piedra angular para entender los cambios suscitados en la que quizá sea la única revolución exitosa de aquellos tiempos frenéticos. Ese es el Dylan más alabado y recordado, no el mejor, pero sin duda el más importante.

Dylan en sus canciones

Si algo distingue a Bob Dylan es la imposibilidad de distinguirlo. Este carácter multifacético es el que enriquece enormemente su repertorio. Tenemos al Dylan politizado de “Only a Pawn in Their Game” y “Masters of War” (esta última de una vigencia dolorosa); al confesor íntimo del Blood On the Tracks, crónica de largo aliento que testimonia con añoranza (“Tangled Up in Blue”), melancolía (“You´re a Big Girl Now”), ira (“Idiot Wind”) y hasta resignación (“If You See Her, Say Hello”) el desmantelamiento del amor y de esa mentira llamada matrimonio. Hay un Dylan cruento, como en “It Ain´t Me Babe”, quien confiesa a su amante que no vale la pena gastar su tiempo en algo que jamás podrá ser o el filoso e implacable en ”It´s All Over Now, Baby Blue” y “Jokerman”.

También está el Dylan suplicante de “Standing in the Doorway”, “Temporary Like Achilles” y “I Want You”, verdaderas himnos de desencanto y deseo. La ternura se hace presente en canciones como “Make You Feel My Love” y “Emotionally Yours”. El Dylan más complejo, surrealista y delirante se halla en la trilogía mítica ya mencionada y cuyas joyas son por mucho la híper imaginativa “Mr. Tambourine Man”, la apocalíptica “Desolation Row”, la críptica “Visions of Johanna” y la inmortal “Like a Rolling Stone”, siendo esta última constantemente mentada como la mejor canción de rock de todos los tiempos. Finalmente no olvidemos al Dylan apoteósico de “Forever Young” y “Knocking On Heaven´s Door”, verdaderas obras maestras que serán escuchadas por generaciones enteras.

Bob Dylan es un ente sui géneris. Es parte de ese selecto grupo de gente como Miles Davies o Julio Cortázar que evolucionaron y se reinventaron así mismos y a su arte en innumerables ocasiones. Como ellos, no se define por un estilo, pues va más allá de las etiquetas. Dada su importancia en la cultura del siglo pasado es más una institución que un artista.

Sus seguidores rara vez recibían lo que esperaban, pues Dylan no complacía deliberadamente a nadie. Con cada vuelta de tuerca desataba toda clase de reacciones; no obstante, rara vez desatinó. Dylan ha sido a todas luces un iconoclasta.


Los tiempos cambian

Conceptos risibles, si los hay, la llamada “literatura seria” es el principal argumento de las hordas puristas a quienes la maestría poética de este compositor judío no convence, pero hay que decirlo, no lo logra simplemente por ser una expresión popular. Debo reconocer que desconozco los méritos literarios de algunos de estos favoritos al Nobel, pero dudo mucho que esto sea pretexto para despreciar a uno u otro o para enfrentarlos de la manera más baladí sólo para decidirme por un “vencedor”. lo que sí me queda claro es que muchos de estos reaccionarios desconocen la poética de Zimmerman que va más allá de lo meramente estético: trasciende a través de su enfoque social y sublima lo cotidiano.

Además, ¿quién podría tener esa certeza y con qué parámetros es posible valorar estos asuntos? En lo personal, me queda claro que Dylan se mereció este reconocimiento con plenitud sólo por su aportación a la educación sentimental de millones. No soy tan optimista como para atreverme a fantasear con el inicio de una nueva época de apreciación artística, pero al menos estoy seguro que en un futuro se revalorizará, en mayor o menor medida, a otras grandes plumas de la música como el finado Leonard Cohen, Neil Young, Bruce Springsteen y Patti Smith, entre otros.

Es sorprendente que entre los especialistas y la élite literaria aún existan dudas respecto a la importancia de las expresiones populares y se demerite el esfuerzo de toda una vida en favor del más descarado esnobismo. Porque no es de la estrecha y aristocrática dimensión “intelectual”, sino del extraño vaivén cotidiano del que surge la más ardiente poesía o como explica Eusebio Ruvalcaba: “El mundo de todos los días representa el tramado sobre el cual descansa la simiente del poema”.

Bob Dylan tiene la virtud y el instinto de poder recordarle a la gente que la poesía, como en su canción, se encuentra en el viento y que no espera ser hallada, espera ser vivida.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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