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Arquímedes y las Musas

Alma individual y pensamiento mecánico

“Este dios ya no existe. Tu y yo, bellas ruinas de dios, y en nosotros una insaciable ansia de rehacer el ser perdido, de reunir a la divinidad”
Schiller



En el año 213 a.C. la joven república romana ponía sitio a la ciudad Siciliana de Siracusa confiando en una victoria fácil, pero lo que sucedería durante la campaña se convertiría en materia de leyendas. Durante tres años un sólo griego, con su ingenio, repelería el ataque del imponente ejercito itálico superando una y otra vez la estrategia de sus generales.

Arquímedes, que para la esperanza de vida de la época era ya un anciano con más de sesenta años, aterraría a las huestes italianas con una serie de artificios que para la mentalidad de la época sólo podía entenderse como magia o brujería. Pero el arma de Arquímides en realidad era la mecánica, una forma del pensamiento revolucionaria que él mismo había desarrollado y por el que había sido siempre mal visto en el museo de Alejandría, donde la idea de una realidad entendida mecánicamente era casi una blasfemia: en el pensamiento mecánico el autómata remplazaba al demiurgo, resultando en el fin del pensamiento animista que caracterizaba al mundo antiguo.

En la defensa de Siracusa Arquímedes primero había concentrado la luz del sol con espejos curvos y, reflejándola sobre las naves del enemigo, había destruido una considerable parte de la armada romana. El espectáculo de los rayos lanzados por Arquímedes debió haber sido impresionante, lo único comparable que habría visto una persona de la época era el rayo de Zeus o de Júpiter, pero ahora era un hombre el que lo empuñaba. Es nuestra opinión que este momento marca el punto en que el hombre remplazó a los dioses en el mundo antiguo. Tales de Mileto había escrito que “todo está lleno de dioses,” el mundo, como lo piensa Arquímedes, está vacío de divinidad.

Para detener el segundo ataque romano Arquímedes desplegó un revolucionario sistema de palancas y poleas, una especie de garras que volcaban cualquier embarcación que se acercara lo suficiente a las murallas de su ciudad.

Los romanos estaban anonadados, el asalto había llegado a un punto muerto que duraría bastante tiempo.

Arquímedes había trabajado en el templo de las Musas de Alejandría, pero realmente nunca había podido desenvolverse ahí como a él le hubiera gustado, porque allí se valoraba más el conocimiento teórico que el práctico. A pesar de su brillante talento (ya de joven había desarrollado un nuevo tipo de cálculo matemático que permitía saber con certeza el área encerrada por curvas complejas, parecido al cálculo integral), el siciliano chocaba constantemente con las autoridades de la institución. Todos los grandes matemáticos griegos anteriores a él –Tales, Pitágoras, Eudoxo y Euclides- concebían su disciplina como una entidad abstracta que permitía entender el orden universal pero al cual no le veían un uso práctico. En el Museo se enseñaba que el científico debía de estar por encima de los problemas prácticos, mientras que a Arquímedes eran precisamente éstos los problemas que le interesaban, por lo que terminaría abandonado sus investigaciones en la ciudad de Alejandro en Egipto y regresado a Sicilia para servir a su pariente, el rey Hierón Segundo, donde sabía que su talento sería mejor apreciado.

Su primer trabajo en Siracusa fue encontrar una manera de cerciorarse de que la ostentosa corona del rey efectivamente contuviera la cantidad de oro que se le había dado al orfebre para realizarla. Al parecer Hierón desconfiaba del artesano y sospechaba que éste había guardado parte del oro para sí mismo, pero al mismo tiempo la mencionada corona poseía tan extraordinaria belleza que no valía la pena que se la destruyera tratando de probar el robo.

Arquímedes sabía que si el orfebre hubiese cambiado el oro por otro metal la corona tendría el mismo peso pero no el mismo volumen, pues la plata o el cobre, metales que probablemente hubieran sido utilizados para el delito por sus cualidades materiales, ocuparían más espacio por su diferencia de densidad. El reto era averiguar si el volumen de la corona era el mismo que el de un bloque de oro del mismo peso, si el volumen variaba se podría probar el crimen del artesano. Pero la forma compleja de la corona no hacía de ésta una tarea fácil. Durante varios días Arquímedes estuvo dando vueltas al problema sin encontrarle solución hasta que, agotado, decidió tomar un descanso y se dirigió a los baños públicos para despejarse. En un momento de ocio, entrando en la bañera y viendo como su cuerpo desplazaba el agua y hacía que ésta desbordara el recipiente le vino la respuesta. “Para averiguar el volumen de cualquier cosa bastaba con medir el volumen de agua que desplazaba. ¡En un golpe de intuición había descubierto el principio de desplazamiento! A partir de él dedujo las leyes de la flotación y de la gravedad específica.” (Asimov)

Entusiasmado Arquímedes corrió de regreso a casa gritando: “¡Eureka! ¡Eureka!” La expresión significaba “lo encontré.” Con el claro sujeto tácito: Yo. Este era un nuevo tipo de entusiasmo que iba contra la misma etimología de la palabra, un entusiasmo que traicionaba su mismo origen, ya no era un entusiasmo divino, un sobrecogimiento en el que los dioses inundaban y desbordaban al hombre, ésta era una manía demasiado humana, un entusiasmo donde lo que robaba al hombre de sí mismo era su Yo, su principio de individuación, no aquello que lo fundía con el todo.

Los estudiosos del Museo de las musas se hubieran horrorizado. El “Eureka” de Arquímedes marca el final de un proceso histórico que había comenzado seis siglos antes con el surgimiento del concepto del alma individual y eterna en oriente y que poco a poco transformaría la concepción de la humanidad en el mundo entero. Hasta entonces los griegos creían que todo conocimiento le venía dado al hombre como una gracia que lo hacía participar de lo divino a través del don de unas diosas mediadoras, que por cierto no tienen comparación en ninguna otra mitología del mundo: las Musas.

Las musas eran diosas de la melodía, del ritmo y la armonía, por eso el nombre de música que aún conservamos. Pero además eran diosas del canto y el discurso pues, para los griegos, todo conocimiento, incluso el matemático, era discursivo y le llegaba, cantado, al hombre como revelación divina. En esta manera de concebir los saberes, en la multiplicidad cúbica de las 9 musas -3.1416-, había una humildad que dejaba claro que no es precisamente que el hombre creé el conocimiento desde sí mismo, sino que más bien participa de él. Para los griegos, pues, el conocimiento era más grande que el hombre, algo superior al hombre quien sólo accede a él mediante la gracias del conocimiento musical, por eso es que la más importante biblioteca y centro de investigación del mundo antiguo era parte de un templo de las Musas en una ciudad que Alejandro Magno había consagrado a las mismas divinidades. Por eso también en todo gimnasio, o escuela griega, había un santuario donde se les alababa.

“Canta, oh Musa, la cólera del Pelida Aquiles” empieza la Ilíada. No era Homero el que cantaba, era la Musa que cantaba a través suyo. Con un “Musa, dime del hábil varón (Ulises)”, comienza también la Odisea. La concepción que el hombre tenía de sí mismo en la era homérica era muy distinta a la que tendría al final del proceso histórico al que aquí nos referimos. Precisamente la Ilíada es un canto a las calamidades que trajo para un pueblo entero la hybris de un solo hombre, Aquiles, cegado por un vano amor a sí mismo. En este sentido podemos aventurarnos a decir, desde una hermenéutica un tanto experimental, que la Ilíada constituye un canto preventivo contra los males que ya por entonces provocaba y vendría a provocar en exceso el proceso de individuación que se vislumbraba en el horizonte. En este sentido la Odisea también puede ser leída como un canto que describe el “largo extravío” en el que cae el alma por el proceso de individuación, y la pugna por regresar a Ítaca como esa búsqueda por el regreso al alma común de la antigüedad que ya empezaba a desmoronarse.

Como señala Guthrie, la historia de la Grecia clásica y helenística está marcada por el conflicto entre dos posiciones religiosas distintas. La homérica más antigua y propia de los guerreros hoplitas y las nuevas religiosas mistéricas de procedencia oriental, más propias de los comerciantes. El filósofo de la Religión holandés Jan N. Bremmer argumenta que el proceso histórico que podemos observar en la oposición de estas dos tradiciones religiosas es la transformación del griego de un guerrero conquistador a un político-mercader, y con ello el nacimiento del alma individual y el ocaso del alma colectiva, el nacimiento del individuo y la consciencia individual, no ya completamente en el sentido moderno cartesiano-kantiano, pero con muchas similitudes. El alma antigua reflejaba un pensamiento más centrado en un nosotros que en el Yo: “Las creencias homéricas reflejan la vida de las pequeñas comunidades, estrechamente ligadas entre sí, de los años oscuros, donde la vida de la comunidad era más importante que la supervivencia del individuo. En estas comunidades, la muerte no significa el final de la vida de una persona, sino, más bien un episodio de la historia colectiva y del ciclo de la vida. No obstante, los rápidos cambios que se produjeron en la sociedad griega del siglo viii y en el periodo posterior estimularon un proceso de individuación que terminaría por desarrollar una preocupación por la muerte y la supervivencia del carácter individual.”

“Eureka” -Yo lo encontré- gritaba Arquímedes de regreso a casa. No había sido ya una Musa la que le había dado la respuesta, no había sido una gratuidad ni un don a pesar de que el descubrimiento había sucedido en su rato de ocio y no en el trabajo. El eureka era un logro de la voluntad individual, del proceso de individuación. El conocimiento en esta concepción epistemológica es una posición y un invento humano: una herramienta al servicio del hombre.

El conocimiento ya no es una canción que resuena a través de la realidad y sino un cálculo de poder. Eureka representa la muerte de las musas en el imaginario griego y propiamente marca el final del mundo antiguo y su pensamiento propio.

Hechos los experimentos pertinentes Arquímedes probó la culpa del orfebre y Hierón hizo rodar su cabeza. Tiempo más tarde los romanos, después de tres largos años de sitio, romperían el impasse en la campaña contra Siracusa con un inmenso asalto que abrumaría por completo las defensas Sicilianas. A fin de cuentas el alma individual, con todo y el poderoso pensamiento mecánico de Arquímedes, no era lo suficientemente poderosa como para enfrentarse a un ejército poderoso, para el cual la importancia del individuo desaparecía frente a la importancia de la patria y la comunidad. Para el cual cientos de hombres podían romperse como olas contra las murallas del enemigo y no importaba siempre y cuando la comunidad salía triunfante.
Pero el triunfo del alma común sobre el alma individual que representó la victoria romana en Siracusa no duraría mucho, el proceso histórico ya estaba echado a andar. Los ingenieros de las legiones romanas incorporarían el pensamiento mecánico a su arsenal, creando la maquinaria de dominación más eficiente e importante de la antigüedad.

A lo que tratamos de apuntar aquí es al paralelismo histórico que existe entre el surgimiento del alma individual y el surgimiento de la visión mecánica del mundo, que determina la decadencia del mundo antiguo. Periodo en el cual Grecia y sus musas sobreviven solo dominadas y como mero recurso cultural y discursivo del imperio, y en el cual el politeísmo se ha vuelto un mero protocolo que disimula el razonamiento mecánico del aparato de dominación romano. Apuntamos a que cuando el hombre se cree eterno, para él el mundo pierde toda su magia y misterio para convertirse en una serie de engranes y palancas a su servicio. Apuntamos al solipsismo ineludible del alma individual, a que el hombre sólo se vuelve dios al costo de vaciar a la realidad de su potencia divina y musical.





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