RAÍCES DE MANGLAR

Roger Waters: activismo en el jet set

Roger Waters: activismo en el jet set

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Capacidad de convocatoria.

El panfleto politizado que Roger Waters arrojó el 1 de octubre de 2016 en la Ciudad de México fue objeto de escrutinio público. Sus seguidores lo elevaron al nivel de líder de opinión, algo que no tardó en volverse ridículo tanto por la intención mercantil de sus conciertos en el Foro Sol como por el carácter circunstancial del ofrecido en el Zócalo capitalino. Del otro lado del espectro, sus detractores lo tacharon de oportunista, muchas veces sin tomar en cuenta su trayectoria como activista político. Entonces, ¿el Roger Waters que levantó polémica por su carta dirigida al presidente mexicano Enrique Peña Nieto fue un charlatán metido en su personaje de actor social o sus preocupaciones fueron genuinas? La respuesta es tan ambigua como la personalidad e intereses del roquero inglés.

Recordemos que a lo largo de su carrera Waters ha manifestado su sentir sobre problemáticas sociales de diversa índole que van desde críticas a la sociedad de consumo, a conflictos como la Guerra de las Islas Malvinas (donde abucheó duramente a su propio gobierno), pasando por su inconformidad por la religiosidad radical del ex presidente estadounidense George W. Bush o su postura en contra de la agresividad israelí y su franco apoyo a los palestinos. Tampoco olvidemos que la mayoría de sus trabajos musicales más importantes contienen una frescura temática tristemente irremediable.

Una de las cartas fuertes de su discurso progresista de 2016 fue la crítica hacia la campaña de odio racial y xenofobia del entonces candidato republicano Donald Trump y su propuesta de levantar un muro en la frontera con nuestro país, situación terriblemente vigente por los casos de tiroteos en Estados Unidos contra la comunidad latina, producto del discurso exacerbado de ese prersidente.

Aprovechando la similitud con su álbum The Wall (1979), el también bajista causó simpatía entre nuestros paisanos quienes reaccionaron incendiariamente a las paisajes musicales y visuales exhibidos durante el show. Sin embargo, no fue del todo un visionario, sino sólo una afortunada casualidad. ¿De qué otra manera explicamos que The Wall pasó de ser un opus-retrato de las fobias del compositor y sus freudianos conflictos personales a la metáfora perfecta del acabose humanitario y el desprecio por los migrantes?

Anteriormente, Waters había sabido aprovechar las circunstancias políticas a su favor, como en el magno concierto celebrado para conmemorar la caída del Muro de Berlín en 1990 en la Postdamer Platz en Alemania. Con el patrocinio correcto y apoyado por artistas de lujo como Sinéad O´Connor, The Band, Marianne Faithfull, Joni Mitchell, entre otros, Waters logró convocar a una audiencia cercana en cantidad a la observada en su concierto en la Plaza de la Constitución (cerca de 200 mil personas). Lo más característico de este espectáculo fue que originalmente se donarían todas las ganancias al Memorial Fund For Disaster Relief, pero después de una serie de vicisitudes, los derechos mercantiles que devinieron de la producción dejaron de ser objeto de caridad tras unos pocos años de rendimiento.

Todo pareciera apuntar que las tendencias políticas de Waters no son más que estrategias para promover su mediocre carrera solista y de paso seguir engrosando su copiosa cuenta bancaria; no obstante, tampoco debemos olvidar que su padre murió en la Segunda Guerra Mundial durante el asedio británico a la ciudad italiana de Anzio. Este hecho lo marcó profundamente y es la probable raíz de su pensamiento antibelicista. Algunos de estos pasajes son retratados en canciones como “When the Tigers Broke Free” y “Another Brick in the Wall, Pt. 1”, sobra decir lo injusto que sería menospreciar su valor emotivo.

En el plano creativo, su obra se ha caracterizado por evitar los lugares comunes y atreverse a transmitir opiniones congruentes con su contexto, como se puede apreciar en Animals (1977), tributo a la obra Rebelión en la granja del gran George Orwell. Publicado en plena época thatcheriana, el álbum arremete contra el neoliberalismo y el aparato represivo y de control. Otro ejemplo es su trabajo The Final Cut (1983), grabado en los albores de la antes mencionada Guerra de las Islas Malvinas. El subtítulo de la obra engloba el sentir general de su autor: “A Requiem for the Post War Dream”. A Waters no le importa dejar la música en segundo plano o como mero vehículo para el mensaje.

Mentiría si digo que Roger Waters no ha sabido aprovechar las circunstancias para nutrir su imagen políticamente correcta, pero independientemente del móvil, ya sea por filantropía o por egoísmo, sería un crimen tener esa capacidad de convocatoria y no beneficiarse de ella. Además, tampoco podemos acusarlo abiertamente de oportunismo cuando su propuesta expresiva siempre se ha fortalecido de esa aura humanística, incluso a pesar de lo paradójica que resulta su posición como multimillonario y rockstar. En fin, si cuando le restregó a nuestro ex presidente sus fallidas políticas fue sincero o no, queda a juicio de cada quien. Por mi parte, le doy el beneficio de la duda, pues al menos no es tan cursi y bochornoso como Bono.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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